PARA LOS QUE IGNORAN ESTAS COSAS

“En 1930, la Ermita de San Antón fue destruida por el ciclón San Zenón. Fue reconstruida por el ingeniero José Ramón Báez López-Penha de la Comisión de Monumentos, utilizando ladrillos y piedra como material de construcción y basándose en fotografías y pinturas existentes sobre la iglesia.” (CONECTATE.COM.DO)

Si la iglesia fue construida de piedra, y los dos portales también, como se puede advertir en la foto antigua, es hasta comprensible que quien la reconstruyó decidiera utilizar otros materiales para hacerlo, y empañetarlo.  Pero ¿Por qué reconstruir los dos portales de ladrillo?

Hubiese sido permisible que lo hiciera en épocas que no existían las normas internacionales de restauración, y se había iniciado el programa de Patrimonio Cultural en 1967, como lo hizo el mismo ingeniero en el palacete de Engombe. Pero cuando se realizaron los trabajos de San Antón (Década de los años ochenta) ya se habían hecho varios trabajos en los que las faltas se completaron con el mismo material. El Alcázar de Colón lo dice todo, habiendo sido anterior.

Con esa práctica hemos tenido que lidiar con los que todavía no acaban de entender que sí es aceptable completar los faltantes, dentro de lo posible, con el mismo material. Siempre que se hagan notar los materiales nuevos.

Y así seguimos. La reconstrucción del Hotel Francés es la muestra más reciente.

Fiel reconstrucción en la que se notan los sillares que quedaron, y los dos portales de ladrillo.

Los ladrillos corresponden a la restauración del Ing. Baez. 

Fotografía que aparece en la obra Los Monumentos Arquitectónicos de La Española, de 1946.

La ermita data de los primeros años del Siglo XVI. Construida antes que el Monasterio e Iglesia de San Francisco, con las mismas piedras extraídas de una cantera ubicada en la barriada de Santa Bárbara, que se encontraba a corta distancia. Y de donde se extrajo todo el material pétreo que se utilizó en la ciudad de Santo Domingo. Tanto para levantar muros y demás componentes (cornisas, jambas y dinteles de vanos, arcos y columnas, etc., al igual que para producir cal.

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UN MERECIDO RECESO

En esta oportunidad me he apartado de los temas acostumbrados: historia, monumentos, restauración, arquitectura, viajes, ciudades del Mundo, y algo de política, etc., con los que cada semana trato de poner a mis tolerantes lectores a entretenerse o mortificarse. Mi … Continue reading

NO ES LO MISMO LO QUE SE VE SIN INVESTIGAR QUE LO QUE HAY

“A propósito de una hermosa fotografía pegada en Fecebook por Guillermo Armenteros se me ocurrió pegar estas tres, en las que se puede ver el frontis de la Capilla del Rosario de la Iglesia de Santo Domingo antes y después de ser liberada de las manos de pintura de aceite color gris, con lo que se trataba de imitar mármol.”

Una portada extraordinaria, única de cuantas existan en cualquier parte del Mundo, que solo en nuestro país los encargados de mantener sus condiciones originales fueron capaces de recubrir con pintura el material con el que fue construida. Sin que nadie dijera nada.

El primer párrafo fue el que coloqué en Facebook refiriéndome al frontis de la capilla. En esta oportunidad me referiré a la bóveda antes y después de liberada de la enjalbegadura, que tenía desde hacía tiempo.

La bóveda como se encontraba desde hacía mucho tiempo, y que fue capaz de confundir a visitantes y expertos. Sin que nadie se preocupara por rescatarla, y demostrar lo que era, hasta después de iniciado el programa a cargo de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), en el año 1967.

Nótese el cambio que se produjo en toda la estructura, incluyendo la media naranja que se encuentra encima del retablo. También es perceptible una tonalidad verdosa en el centro de la cúpula, que podría ser producto de humedad.

Quiero referirme, igualmente, a la interpretación que hiciera de la misma el investigador Erwin Walter Palm, publicada en su magistral obra “Los Monumentos Arquitectónicos de la Española”. En el capítulo IV dedicado a las REPRESENTACIONES COSMOLÓGICAS DE LA CAPILLA DEL ROSARIO, (pag.143), Palm dice al referirse al frontis de la capilla: “Efectivamente los estucos están aplicados sobre la bóveda de las postrimerías del gótico, cuyo sistema de nervios y centro en forma de círculo, corresponde a las techumbres góticas tardías de algunas de las demás capillas…”

En otro párrafo (pag.145) Palm dice; “El mismo estucador intervino también en el exterior de la capilla…”

En Internet aparece esta explicación del término estuco: “Masa de yeso blanco y agua de cola que se emplea para enlucir paredes interiores, hacer molduras, relieves en muros y bóvedas, e imágenes para pintar o dorar. Y estucador: “Persona que tiene por oficio estucar.”

Por supuesto, lo que describió Palm a ojo de buen cubero, sin haber investigado, pudo haber sido estuco, y no talla y escultura en piedra, que fue lo que apareció después de haberse realizado los trabajos de restauración, a cargo de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC).

En el epílogo que escribió para la reimpresión de su obra (1983), en la que hace algunas anotaciones sobre lo que vio cuando volvió a Santo Domingo, con respecto a la Capilla del Rosario Palm se limitó a decir: “Los trabajos de limpieza ejecutados en el arco de entrada a la capilla descubrieron un detalle oculto bajo las enjalbegaduras sufridas en el pasado.” Completando la idea sin siquiera mencionar el estuco que supuso era lo que se había efectuado en vez de piedra tallada.

Lo sucedido en la descripción de la Capilla del Rosario por el genial historiador alemán, quien hubo de ocuparse por las reliquias arquitectónicas coloniales con mayor profundidad que cuantos lo habían hecho, nos demuestra que para referirse a cualquier edificación colonial de la ciudad de Santo Domingo, que fue objeto de innúmeras intervenciones se requiere una profunda investigación arqueológica de las mismas antes de proceder a describirla o intervenirla. Es de ahí, que hemos criticado lo que ha estado haciendo el actual gobierno en un sin número de casas particulares de la Ciudad Colonial, a cuyas fachadas se les han aplicado pintura sin saber lo que hay detrás.

Con relación a esta capilla, lo cierto es que se debería emplear tiempo y recursos suficientes para convertirla en una de las principales atracciones de nuestra Ciudad Colonial. Y no solo para investigadores y expertos, sino para todos los amantes de la arte medieval, gótico tardío y plateresco, que se encuentran en la Ciudad Primada. Conjuntamente con la fachada de la Catedral, que es otra de las más interesantes obras de arte que se encuentran en la arquitectura de los monumentos que nos legaron los colonizadores españoles. Diferenciándose una de otra, en que mientras a la capilla lo único que se hizo fue eliminarle la pintura que recubría sus valiosas esculturas y relieves, a la Catedral le fueron añadidas estatuas y relieves, en flagrante violación a las normas de conservación establecidas por expertos reunidos en congresos internacionales, en los que se produjeron las Carta de Atenas, la de Venecia, así como las Normas de Quito.

A mí entender lo que contenía esa fachada antes de ser intervenida era lo que quedó después que las huestes haitianas mutilaron el escudo, y las tallas de la parte baja de las pilastras que bordean el frontis. En cuanto a las figuras pintadas en el fondo de las hornacinas era lo que contenían desde no sabría decir cuando. Pero por la calidad de las mismas debieron haber sido pintadas en algún momento de la accidentada historia de la ciudad. Lo que les atribuía un gran valor histórico y artístico. No obstante fueron reemplazadas por unas estatuas confeccionadas en España, con piedra de sabrá Dios donde. Al igual que el águila bicéfala que bordea lo que quedó del escudo, y que las convierte en un falso antiguo. Después de este desastre, ¿que se le puede decir a quienes pregunten?

He querido aprovechar esta oportunidad para referirme a la fachada de la Catedral de La Habana. Muy famosa por su barroquismo, y la que cuanta con cuatro hornacinas, dos a cada lado del portal principal, algo similar a las de la Catedral de Santo Domingo. Aunque con dos siglos de diferencia. En dichas hornacinas nunca fueron colocadas estatuas, hasta que a principios del Siglo XX se les ocurrió colocar una en cada una de las de abajo. Lo que no fue bien acogido por la población, y la Catedral tuviera que ser objeto de reformas. Según el historiador de la ciudad Emilio Roig de Leuchsenring esta reforma incluyó la eliminación de todos los objetos que se consideraron de mal gusto. Adornos y altares fueron sustituidos por cuadros al óleo, en su mayoría copias de originales. Y las estatuas de la fachada eliminadas. Una ejemplar decisión de los cubanos.

 

Fotografías antiguas de la hermosa fachada barroca en las que se ven las dos estatuas que fueron colocadas en las dos hornacinas de le parte de abajo, en fecha que no he podido averiguar.

Una hermosa fachada barroca detrás de una formidable plaza, y bordeada de magníficas edificaciones coloniales que le permiten lucirse con mayor amplitud. Solo un edificio construido en época reciente ubicado del lado derecho de la Catedral le resta valor y antiguedad al conjunto.  

 

 

OBRA DE NUESTRO PATRIMONIO DESAPARECIDA COMO POR ENCANTO

50 obras como esta, de diferentes rincones de la Ciudad Colonial, de las 60 que fueron colocadas, desaparecieron. 

Uno de los tantos encantos que se acumularon en la primera versión del Hostal Nicolás de Ovando, inaugurado en el año 1974, fue la obra de Plutarco Andújar, magistralmente descrita por la crítico de arte señora Marianne de Tolentino. Obra que fuera colocada en cada una de las 60 habitaciones del hostal cundo abrió sus puertas. Igualmente se colocó otra pintura de Andújar en el desayunador.

Los cuadros de las habitaciones eran de dimensiones modestas, como lo fueron los recursos disponibles para adquirirlos en aquel entonces. En cambio, el que se colocó en la cafetería, que representa un mercado criollo, es de dimensiones más respetables.

Esa “serie de escenarios de la ciudad “intramuros”, como la describiera Marianne, se mantuvo engalanando las habitaciones y el restaurante desayunador hasta sabrá Dios cuando, ya que al momento de recibir el hostal, en  el año 1996, de manos de la señora Verónica Sensión, quien fungía como administradora en aquellos momentos, los que se encontraron fueron diez de los que estaban en las sesenta habitaciones, Deseo significar que esta no ha sido la primera vez que me he referido al tema. Ya que como dominicano, y como responsable de que aquella obra continuara expuesta al público, que tanta lucha me diera obtenerla, no cejaré de repetir esta denuncia, que al parecer, no será resuelta jamás, al igual que como sucede en nuestro país con todo lo relacionado al robo del inventario público, durante el transcurso de la existencia de la República Dominicana.

Para concluir no puedo dejar de decir, que los diez cuadros que fueron rescatados por mí, en mi condición de Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), en la segunda ocasión que tuve la oportunidad de dirigirla, se encuentran en las dependencias de la Dirección Nacional de Patrimonio Monumental, conjuntamente con otras obras. Oportunidad en la que fuera acompañado por el señor Santiago, Director de la Corporación de Hoteles del Estafo Dominicano (CORPHOTEL), de la que dependía el Hostal. Dejándolo todo en el mismo lugar cuando tuve que irme, desencantado de lo que se le presentaba a un hombre honrado y luchador, que no ha estado acostumbrado a bregar con acciones típicas de la política dominicana cuando se siente tratado como un comodín de los gobernantes de turno.

Finalmente, me animo a solicitarle a quien se encuentre en poder de una de esas obras substraídas al gobierno dominicano, que su deber es entregarla y, de serle posible, declarar la forma en que la adquirió.

Como estoy seguro que nada de eso sucederá, al menos habré de sentirme tranquilo por haber hecho lo que muy pocos funcionarios se han atrevido hacer.

 

 

DESPUÉS DE LOS SUCESOS DE LOS AÑOS 1966 Y 1967

Ay, si las piedras hablaran, cuanta mediocridad quedaría mal parada.

Después de un puntual recorrido por los años 1966 y 1967, en el que narré algunos de los hechos más importantes de los que me vi envuelto, muy particularmente, los relacionados con el patrimonio histórico de mi país, que quienes lo recorrieron con migo debieron haberse persuadido de lo que he querido decir. A continuación comentaré algunas de las razones que me han llevado a decir algunas cosas, que solo yo, y muy pocas personas más, lo han entendido.

Es incomprensible y reprochable para algunos que un joven estudiante por razones políticas no pudiera graduarse de la carrera que estudiaba con el propósito de convertirse en un hombre de bien. Que tuviera que ausentarse de su país sin que lo hubiera planificado, y sin que la mayoría de sus conocidos se enteraran, y que tuvo la dicha de poder dar sus primeros pasos en su nuevo destino sin mayores inconvenientes. Y que regresara, siete años más tarde, estrenando la dirección de un organismo oficial que fuera propuesto por él, y dar sus primeros pasos exitosamente. Estremeciendo a un grupo de arquitectos, que también habían hecho esfuerzos por hacer lo mismo, sin haber podido lograrlo.

Era comprensible, pero no aceptable, para algunos de los que fracasaron en sus intentos manifestarse de alguna manara, como por ejemplo colocando un pasacalle con un lema similar al que colgaron al inicio del gobierno de Trujillo, en el que se leía “NO PUEDE SER”. Refiriéndose al presidente de la República que recién juramentado no lo querían dejar gobernar. Pero cuyo empeño no prosperó como esperaban sus adversarios.

Dicho esto, advierto que no trato de hacer comparaciones, ni con la posición, ni con el personaje que provocaba el citado pasacalle. Lo que se procuraba esta vez, en mi caso, era deshacer lo que se le había encomendado a un inexperto en las lides arquitectónicas e históricas de responsabilizarse en dirigir la nueva agencia gubernamental encargada de velar por el patrimonio cultural dominicano, hasta entonces convertido, institucional y efectivamente, en un verdadero desastre, ante los ojos de todos. Era necesario, según los proponentes, que se nombrara un reconocido arquitecto, que con sus supuestos atributos profesionales, encabezara un grupo de colegas que empezaba como él a venderse como la única solución posible, evitándose que se intentara colgar el mencionado pasacalle.

Fue de esa manera, entre otras, como los perínclitos profesionales de la arquitectura criolla, cuyos diplomas les permitirían ser los escogidos para conducir la barca con experiencia de excelentes barquilleros, se dieron a la tarea, desde el mismo inicio de la gestión del improvisado personaje de emprender una campaña desestabilizadora, hasta lograr sus frustrados objetivos.

Quienes tan pronto empezaron a ver los primeros resultados quedaron atónitos. Por un lado, la piedra comenzaba a aflorar, cual Alcázar de Colón, dejando atrás los recubrimientos de las paredes de la mayoría de las edificaciones, y mis adversarios, atónitos, empezaran con sus eternas diatribas, formulando una absurda similitud entre el Arq. Del Monte Urraca y el Siglo XVI. Para estos, la piedra se acostumbraba usar en esa centuria, y los tiempos transcurridos habían hecho cambiar aquellas costumbres medievales por la que se iniciara a partir de finales del Siglo XIX. Pero yo al enterarme del “mote” decía, tranquilamente, y así continuaré siendo mientras esté al frente de la institución rectora, posición que me había ganado a base de talento y timbales.

Antes y después de restaurada la casa No. 9 de la calle Atarazana. Primera de las que sirvieron de comprobaciones para confirmar quien tenía la razón.

Pero resulto, entre otras cosas, que quien había llegado desde el exterior con otro documento que no era el tan mentado título, aunque daba la sensación de ser una mansa paloma había aprendido en tierras extrañas a sacar sus garras como un señor gavilán, que con la ayuda del maestro de la política dominicana, quien si entendió en lo que se había metido, sugirió, y fue acepado así, que los principales integrantes de la componenda fueran designados miembros de la Comisión “Ejecutiva” de Patrimonio Cultural, creada con ese disparatado calificativo por los que se fajaron a redactar las leyes y reglamentos que regirían el programa creado el 15 de junio de 1967, entre los que me encontraba yo. Y quienes como perfectos ejemplares de dominicanismo puro aceptaron complacidos, aunque ignoraran, o no captaran a tiempo, lo que les venía. Viéndose obligados a bajar la guardia en sus pretensiones.

Pero, como los mañosos si no logran hacer lo que pretenden a la entrada lo tratan de hacer a la salida, en una de las primeras reuniones de la comisión el Director de la OPC, y presidente de la misma, presentó varios proyectos que habían sido elaborados por su equipo para una vez consensuados presentarlos a la consideración del Presidente, algo que dejó pasmados a los miembros en cuestión. Una vez puestos de acuerdo entre ellos mismos, sugirieron que les entregáramos los proyectos para estudiarlos con más detenimiento.

Pasados los días sostuve una nueva audiencia con el Dr. Balaguer, y de la manera acostumbrada, hube de tratarle lo que estaba ocurriendo en el seno de la comisión, y al notar su molestia con lo que le decía sobre los tres proyectos me ordenó que los recabara de inmediato, y se los llevara. Ahí mismo se presentó el primer artercado de la supuesta guerra fría.

Así fue como en los próximos días le llevé los tres proyectos al Presidente, siendo estos aprobados de inmediato. Consistieron los mismos en la primera etapa del Sector de la Atarazana (calle Presidente González), cuyo nombre le fue cambiado al inaugurar los trabajos por el de calle Atarazana; la Fortaleza de San Felipe en Puerto Plata; y la Casa de Ponce de León en San Rafael de Yuma, Higuey. Proyectos que complacieron al presidente, y abrieron las compuertas a otros que, por cierto, nunca más fueron presentados a la consideración de la comisión por disposición del mandatario, contradiciendo lo ordenado por el reglamento. Y a partir de entonces esta quedara sin efecto. Fue así, como sin proponérmelo, me convertí en ley, batuta y constitución. Disponiendo, únicamente, del competente personal que me venía acompañando desde los mismos inicios del programa.

Calle Atarazana, antes y después.

Fortaleza San Felipe de Puerto Plata

Casa de Ponde de León, en San Rafael de Yuma, Higuey

A los pocos meses de aquella experiencia nos enteramos que el Dr. Balaguer les había concedido una contrata a los arquitectos Eugenio Pérez Montas y Manuel Valverde Podestá consistente en la restauración de la antigua edificación originalmente conocida como Casas Reales. De lo que nos fue posible enterarnos  una vez iniciados los trabajos. En este país se acostumbra a decir cuando suceden cosas como esta:”Cosas veredes, Compay”, o Sancho.

Siempre hemos entendido que al presidente de la República le asiste el derecho de otorgar contratas de obras del Estado a quien le parezca. Que no tuvo nada de malo el que se otorgaran a estos arquitectos, no solo esta, sino otras más. Lo objetable consistió en no comunicárselo a la agencia rectora del programa, tanto por parte del gobierno, como de los beneficiados de las contratas.

Reglamento No. 4195 sobre la Oficina de Patrimonio Cultural.

JOAQUIN BALAGUER Presidente de la República Dominicana.

Artículo 4.- A fin de que las actividades de la Oficina de Patrimonio Cultural se desenvuelvan dentro de un riguroso marco de responsabilidad técnica y que los intereses históricos y arqueológicos de los bienes patrimoniales cuya adecuada restauración y uso se persigue estén perfectamente garantizados, la Oficina de Patrimonio Cultural contará con un Comité de Honor y una Comisión Ejecutiva, integrados de la forma siguiente:

Artículo 8.- Las obras que se realizaren en los edificios declarados Monumentos Nacionales estarán siempre bajo la vigilancia de la Oficina de Patrimonio Cultural. Si ésta creyere que no se ejecutan con arreglos a lo acordado se procederá a suspenderlas.

DADA en Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, Capital de la República Dominicana, a los veinte días del mes de septiembre de mil novecientos sesenta y nueve años 126º de la Independencia y 107º de la Restauración.

JOAQUIN BALAGUER

Casas Reales, antes y después

Compuesto por dos edificaciones diferentes este monumento había sido objeto de sustanciales transformaciones, que lo desfiguraron por completo del original. Durante su restauración salió a relucir lo que fue. Piedra de sillería y mampostería dividen la fachada. Lo que es fácil advertir. Conservándose la cornisa decimonónica, que desdice de su diseño original.   

Como ya a la altura en que iba el partido me había “dado cuenta” de las jugadas políticas del Doctor, lo que hice fue enviar una comunicación a los arquitectos en la que les señalaba que de acuerdo al Reglamento No. 4195 era obligatorio presentar los proyectos a la consideración de la OPC. Lo que, finalmente, tuvieron que hacer. Y ocasionar otro altercado.

En una próxima ocasión me llamó el Ing. Bienvenido Martínez Brea, director de la Oficina Supervisora de Obras del Estado, para decirme que al día siguiente el presidente giraría una visita a la OPC, y que tuviera a mano lo relacionado con el proyecto del Hostal. Y así mismo sucedió a la mañana siguiente. Siendo conducido el Dr. Balaguer y sus acompañantes a la Plaza España, y frente al Alcázar nos detuvimos a conversar. A continuación hice traer el “rendering”, perspectiva de lo que sería el Hostal Nicolás de Ovando.

Después del presidente contemplar la imagen, y de habérsele explicado su contenido me dijo que le parecía muy bien, y que podía empezar. A lo que yo le repliqué, que no podía hacerlo en esos precisos momentos, pues las casas de Ovando estaban siendo ocupadas como depósito por los arquitectos que estaban trabajando en las Casas Reales. A esta aclaración el presidente pregunto por el Arq. Pérez Montas, que había visto hacía un momento. A seguidas el arquitecto se puso frente al presidente, y este le ordenó desalojar las casas, que el Arq. Del Monte iba a empezar la obra. A seguidas el Dr. Balaguer y su comitiva abandonaron el lugar después de despedirse de los presentes.

Hostal Nicolás de Ovando, antes y después. El Presidente Joaquin Balaguer autorizaza la obra.

Otra de las ocurrencias del presidente Balaguer consistió en haberles otorgado otra contrata a los mencionados arquitectos. Esta vez se trató de una pequeña casa del Siglo XVI, ubicada en la calle Pellerano Alfau, al lado de lo que sería el Palacio Arzobispal, y que sería facilitada a la Iglesia Católica. Una mañana realizaba un recorrido con el Dr. Ricardo Alegría, director del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y al pasar por la citada calle me topé con que en dicha casa se estaba haciendo algo. Al reconocer que yo no sabía nada manifesté una de mis sonadas protestas, a lo que el Dr. Alegría expresó su sorpresa, pues entendía que el director de la OPC estaba supuesto a saber de los proyectos que se realizaban en la Ciudad Colonial. A su inquietud le respondí que debía recordar que no estábamos en Puerto Rico, y a continuación nos dirigimos al periódico El Caribe al que hice una denuncia. Al día siguiente salió publicada en primera página con gran titular: “Denuncias restauraciones clandestinas…”.

Pasado el tiempo, una mañana recibí una llamada telefónica del Lic. Andrés Hermida, encargado del protocolo de Palacio en la que me dijo que el presidente me ordenaba organizar la inauguración de los trabajos de la casa en cuestión. A lo que yo le dije, que esa obra no había sido realizada por la OPC. Y a seguidas me contestó, que él solamente me transmitía la orden, que por lo demás no tenía más que hacer. Y así fue como me vi envuelto en el “rebulú”, y sin pensarlo dos veces tuve que pronunciar las palabras inaugurales de lo que ni siquiera conocía. ¿ Sancho, te das cuenta?

Casa calle Pellerano Alfau. Inauguración de las obras.

Hago un paréntesis para decir lo que acababa de suceder en esta y otras ocasiones concerniente a las decisiones tomadas por el Presidente Balaguer con respecto a las notables diferencias entre los arquitectos Del Monte Y Pérez Montas. Por un lado, el jefe de estado necesitaba dejar bien claro quién era que mandaba. Lo que es una determinación sumamente política. Que quería decirme a mí que él respaldaba mis actuaciones. Y no era por contradecir a uno de sus seguidores, que no era mi caso. De lo que se trataba, según mi propio criterio, era de lo complacido que se sentía con mis actuaciones, y de las obras que había hecho, como había sido la restauración de una hilera de casas de la calle Atarazana. Por lo que debía preservarme para continuar lo que él entendía estaba bien hecho y a él le convenía al igual que a su gobierno.

Por el otro lado, al presidente no le interesaba crearse inconvenientes con ningún individuo, que aunque pertenecieran a parcelas políticas diferentes a la suya, entendía que se trataba de profesionales valiosos que luchaban por sus propios intereses. Y que convenía más tenerlos como colaboradores que como enmigos. Y de esa manera era como Joaquín Balaguer se manejaba, y pudo alzarse con el santo y la limosna cada vez que tenía que lidiar en casos conflictivos. Puedo estar equivocado en mi concepción de esta faceta del “monstruo político”, pero ese es mi criterio. Y el de mi querido amigo Víctor Vargas, quien me recalcaba a cada momento la expresión: “Manuel, la política es así”, que él sabía no me agradaba.

Con estas anécdotas pongo punto final, momentáneamente, con estas, y otras dilucidaciones. No obstante me despido por el momento.

 

 

 

    

 

 

 

1967

Ya con mi mente puesta en el regreso a la patria, me volví a reunir con Ricardo Alegría en el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Fui con el propósito de saludarlo y tratarle sobe los planes que tenía en mí mente. Pero resultó que él tenía, también, algo que decirme y aguardaba el momento oportuno para hacerlo. Con el interés acostumbrado entre los buenos amigos, tan escasos hoy día, me comentó lo sucedido en una reunión que había sostenido con unos arquitectos dominicanos, que habían venido a verlo para consultarle sobre un proyecto que venían esbozando con el propósito de que llegara a implementarse.

El Arq. Eugenio Pérez Montas y sus colaboradores le habían solicitado al Dr. Alegría una cita para recabar su opinión sobre el proyecto en cuestión. Resultó, que desde hacía algún tiempo venían ideando como rescatar la Ciudad Colonial de Santo Domingo, que después de transcurrida la revuelta cívica de 1965 había caído en el peor estado de conservación de su precaria existencia. Y que mejor podían encontrar de ejemplo que el Viejo San Juan, centro histórico de la capital de Puerto Rico, cuya responsabilidad era de Ricardo Alegría.

Y esos planes fueron los que, precisamente, me expuso el amigo Alegría. Al darle las gracias le dije que ya yo estaba enterado de lo que planeaban. Que al igual que él yo no estaba de acuerdo en que un proyecto de tal envergadura fuera conducido con el patrocinio de una multinacional extranjera, en este caso la empresa gasolinera Esso Standard Oil, S. A. Ltd. Lo que según decían sus promotores sería una contribución del sector privado al rescate de la Ciudad Colonial.

Estas fotos corresponden al proyecto calle Atarazana patrocinado por la ESSO. Nótese en el dibujo de abajo como algunas casas, incluyendo la de piedra, considerada por el Padre Vicente Rubio la primera casa de piedra de Santo Domingo, conservan el balcón corrido de principios del Siglo XX, que no se correspondían con las edificaciones del Siglo XVI. Algo similar a las del Viejo San Juan de Puerto Rico, que en su gran mayoría son de los siglos XVIII y XIX. Igualmente, fíjenese en la casa No.13, al extremos izquierdo del dibujo, que es de una planata y aparece de dos.

Estas fotos, incluyendo la de cómo se encontraban las casas, corresponden al proyecto calle Atarazana realizado por la Oficina de Patrimonio Cultural (1968). 

En diciembre de 1966 fui de vacaciones con mi familia a Santo Domingo. Estando en casa de mis padres vino a visitarme un viejo amigo de mi familia que deseaba saludarme, y preguntarme sobre mi interés en nuestro patrimonio histórico. El Dr. Eudoro Sánchez y Sánchez se había enterado por unos amigos de lo que yo les había dicho en el transcurso de una visita que habían efectuado a San Juan. Al yo comentarle de lo que se trataba él me ofreció llevarme donde el Dr. Joaquín Balaguer, a la sazón con solo cuatro meses como Presidente de la República. Y así fue como el entonces Secretario Administrativo de la Presidencia contribuyó para que el sueño que llevaba acariciando por tanto tiempo se acercara a la realidad.

Llegado el momento del encuentro con el presidente, a quien el Dr. Sánchez y Sánchez había puesto al tanto de quién era yo, y que le iba a tratar, fui recibido, muy gentilmente. Después de exponerle mis ideas, que le parecieron magníficas, me pidió que le trajera una idea concreta de lo que se trataba. Al salir del despacho presidencial tuve la percepción de que había entrado en un camino sin retorno. Que mi sueño se convertiría en realidad, no obstante los pasos que estaban dando los arquitectos del proyecto Esso.

Lo solicitado por el presidente Balaguer no me fue  nada complicado. Resulta que yo había trabajado en un proyecto de restauración de una casa colonial del Viejo San Juan, y lo que hice fue preparar una presentación apropiada para cumplir con lo solicitado.

Mientras completaba la presentación, y esperaba el momento oportuno para realizar un nuevo viaje a Santo Domingo, sin que este entorpeciera mis compromisos en Toro y Ferrer, me puse a revisar todo lo que pude relacionado con nuestro patrimonio histórico. Al igual que adquirir las obras que se habían publicado sobre el tema, como era el caso de Los Monumentos Arquitectónicos de La Española de Erwin Walter Palm, que obtuve en el economato de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en fecha 28 de diciembre de1966, cuando estuve de vacaciones. Con la mente puesta en lo que estaba tratando continuaba escribiendo artículos para la prensa de mi país. Con anterioridad había publicado un extenso artículo que resultó ser de casi página completa en el periódico El Caribe, de fecha 8 de enero de 1966. Justo un año antes de lo que me encontraba haciendo. Y como dije antes, siempre estaba muy atento, desde que se sucedieron aquellas premoniciones en Brooklyn, New York.

Finalmente, llegó el día tan esperado. Entré, nuevamente al país el 9 de febrero de 1967, y salí el día 14. Uno de esos días que permanecí en Santo Domingo fue el que fui a ver al presidente Balaguer para entregarle el proyecto que me había solicitado en diciembre recién pasado.

A propósito de acontecimientos que se sucedieron antes de la mentada cita, se produjeron varios encuentros con un viejo amigo y compañero de estudios universitarios, Arq. Vinicio Báez Berg, quien a la sazón ocupaba la posición de Secretario de la Liga Municipal Dominicana, y Presidente de la Comisión de Acción Inmediata, organismo creado por el gobierno del Dr. Balaguer para encargarlo de mejorar las condiciones en que se encontraba la ciudad capital después de los sucesos de 1965. Actividades estas que lo mantenían vinculado con la Embajada de la OEA en el país. Que fueron determinantes para solucionar el tema en el que estaba por introducirme.

Fue para mí, y para la causa que traía pendiente con el fin de favorecer el patrimonio histórico del país, la participación del Arq. Báez Berg y de la misión de la OEA, en cuyo seno se encontraba un norteamericano, Sr. George Turner,              determinante. Tanto estos dos funcionarios como el Embajador del organismo regional en Santo Domingo, Sr. Orlando Cuervo, asumieron la causa con el mismo entusiasmo y responsabilidad.

Llegado el momento de la audiencia me presente al despacho del Dr. Balaguer con mi proyecto debajo del brazo. El encuentro no pudo ser más cordial, además de lamentable. El presidente quedó totalmente convencido, y lo vio con prometedores resultados. Pero, no todo fueron rosas, ya que la respuesta definitiva fue la de posponer lo propuesto hasta tanto el gobierno tuviera los recursos económicos, que en esos momentos no disponía.

A mi salida del despacho presidencial me estaban esperando Báez y Turner para enterarse de cómo me había ido. Al yo desembucharles la noticia estos me dijeron que a continuación iban a ver al presidente, y que le tratarían la solución que tenían guardada en las mangas. Y que sería la de que la OEA se comprometía a cubrir la totalidad de los gastos de instalación de la nueva oficina, incluyendo la restauración de la casa donde se instalaría, y su equipamiento. Y así fue como nació la OFICINA DE PATRIMONIO CULTURAL (OPC).

Al día siguiente antes de regresar a Puerto Rico, volví a reunirme con los amigos de la OEA, quienes me comentaron lo ocurrido el día anterior, y advertido que me fuera preparando para el regreso, el que se efectuó el 25 de junio de 1967, pasados varios días de haber recibido una comunicación de Palacio en la se me informaba que había sido designado en el cargo de director de la OPC, con efectividad a la toma de posición.

La asunción del cargo de una nueva agencia estatal requería una experiencia que yo no tenía, y de la que solo saldría airoso con la ayuda de Dios, y de los amigos que me respaldaron para que pudiera llegar a donde me había propuesto. Un respaldo como el que me dio el Presidente Balague y todos los funcionarios que dependían de él, fue verdaderamente imprescindible para mantenerme firme en una posición que no solo representaba un gran reto, sino que debería mantenerme en guardia frente a los adversarios que jamás se conformarían con perder lo que buscaban, y que en lo adelante harían lo imposible por verme fracasar.

Pero desde el principio, a todo lo que me enfrentaba le dedicaba el tiempo, y el modesto talento que Dios me había dotado, además de la seguridad que siempre he puesto en mis acciones, y en los timbales que me proporcionaron la fortaleza que necesitaría para enfrentar las diversas situaciones.

El año 1967 fue un año de prueba al que debí enfrentarme a una diversidad de asuntos a los que nunca antes me había enfrentado. Desde buscar los colaboradores que necesitaría, tanto en el área de la arquitectura, como de secretaría, y personal de apoyo. De la primera y más importante sabía que no encontraría a ninguno con experiencia en conservación de monumentos. En el país no existía nadie que pudiera hacer lo que hacía falta. Los que lo habían hecho, mejor hubiera sido que no lo hicieran.

Antes de que iniciáramos “a lo que vivimos” el gobierno organizó una reunión a la que asistió el Presidente Balaguer, los Secretario Administrativo de la Presidencia, y de Obras Públicas, acompañado este del Director de Edificaciones de OP, el Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo, el Secretario de la Liga Municipal Dominicana, el Secretario sin Cartera, encargado de la Dirección General de Turismo, el Embajador de la OEA, acompañado de dos técnicos de la misión, y el recién nombrado de la Oficina de Patrimonio Cultural. En la reunión se trataron todos los temas relacionados con la nueva agencia oficial, incluyendo las leyes y reglamentos imprescindibles, de manera que todas las actividades estuvieran regidas por normas y principios de índole nacional e internacional.

De izquierda a derecha (De espaladas) Ing. Milton Ginebra, Director de Edificaciones de OP, y Angel Miolán, Director General de Turismo; Ing. Michel Lulo Gite, Secretario de Obras Públicas; (Cubierto) Orlando Cuervo, Embajador de la OEA. (De pie alrededor del Presidente Balaguer) George Turner (OEA); Arq. Vinicio Báez Berg, Secreario de la Liga Municipal. Del lado derecho, de derecha a izquierda, Dr. Vctor Gómez Verges, Canciller de la República; Arq. Del Monte Urraca, y Dr. José Lacret (OEA)

Una experiencia que no puedo dejar de comentar fue lo sucedido una mañana. Encontrándome reunido con el Arq. Báez Berg, único funcionario del gobierno al que conocía, además del Dr. Eudoro Sánchez, precisamente para que me recomendara un par de arquitectos y un dibujante. Al tratarle lo requerido hizo una pausa y a seguidas me dijo.”Manuel ahí afuera se encuentran dos jóvenes arquitectos buscando empleo, uno de los cuales es hijo de una señora amiga de mi mamá”. Se trataba de Teódulo Blanchard Paulino y un amigo, Orlando Vázquez, que a seguidas hizo pasar. Después de comunicarles de lo que se trataba quedamos en que se presentaran a casa de mis padres, donde tenía instalada una especie de oficina provisional, en lo que se produjera la definitiva.

Al volverme a encontrar con los dos jóvenes arquitectos conversamos, ampliamente del tema, y les advertí, que la tarea a la que nos enfrentaríamos, consistiría en algo que ni yo mismo me consideraba tan seguro. Que lo que tendríamos que hacer lo iríamos solucionando sobre la marcha. Con la ayuda de algunos expertos extranjeros, como el que llegó a venir al término de la reunión de Quito, en diciembre de ese mismo año (1967), que consistió en el Arq. José Manuel González Valcárcel, experimentado restaurador, encargado de la ciudad de Toledo. Y quien vino varias veces al país a darle seguimiento a lo que estábamos haciendo los dominicanos.

En cuanto al aspecto económico y financiero del nuevo programa dispusimos de un contable, que se ocuparía de manejar la cuenta de los recursos que fueron aportados por la OEA, y manteniendo informadas la autoridades gubernamentales correspondientes. Con esos recursos se resolvieron entre otros, los trabajos de restauración de la casa que ocuparíamos, la adquisición de equipos y mobiliarios, los sueldos del personal por un año, y gastos correspondientes.

Entre los primeros proyectos a los que nos enfrentamos fue la restauración de los daños causados al Alcázar de Colón por la guerra del 65´. Para su ejecución los trabajos fueron contratados con la oficina del Arq. Edgardo (Gay) Vega. No obstante fueron ejecutados por canteros de los que trabajaron con el Arq. Javier Barroso en la restauración del Alcázar (1955), dirigidos por Juan Fidelio Guzmán Ramos, quien igualmente había sido capataz de los obras del Palacio Virreinal.

Reunión en el despacho del Sr. Ángel Miolán, Director General de Turismo, en el que fue subscrito el contrato del Alcázar entre el Arq. Edgardo Vega y el Arq. Manuel E. Del Monte Urraca, Director de la OPC. Se encontraban presentes, de izquierda a derecha, el Dr. José Lacret, Orlando Cuervo, Embajador de la OEA, George Turner (de pie). A la derecha (semi oculto) el Arq. Vinicio Báez Berg.

Además de esta obra fue restaurada la casa contigua al Alcázar (Casa de los Aybar), en la que se instalaron las dependencias de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), y el nuevo Museo Virreinal, y acondicionadas las fachadas que dan frente al monumento.

La mejora y organización de la plaza frente al Alcázar y el estacionamiento, al igual que de los jardines laterales fueron objeto, igualmente, de una tratamiento provisional, en lo que poníamos en marcha el proyecto integral del Complejo Museográfico del Alcázar, del que formó parte el Museo Virreinal, con piezas museográficas del Palacio, que entendíamos, y seguimos entendiendo, no deberían formar parte de su ajuar.

Composición de un conjunto de piezas procedentes del Alazar de Colón, que según entendidos en muesografía no encajaban en el Palacio. 

Con ese conjunto de obras, además de la organización y puesta en marcha de la OPC, y nuestra asistencia a la reunión de la OEA en la ciudad de Quito, Ecuador, a finales de diciembre, en la que se redactaron las Normas de Quito, y la donación por parte de la OEA de un automóvil, cerramos los seis meses de actividades, y nos preparamos para abrir el año siguiente de 1968.

De esa manera se iniciaron los trabajos, y así mismo concluyeron, hasta que la cizaña se metió por el medio.

En esta foto recuerdo, y puedo distinguir algunos de los asistentes a la reunión. En el centro, el Presidente del Ecuador, Otto Arosemena, y Guillermo De Zéndegui, Director Adjunto del Departamento de Asuntos Culturales  de la OEA, y organizadordel evento, José Manuel Castillo Negrete (México), y José María Vargas (Colombia). De pie Hernan Crespo, (Ecuador) Carlos Flores Marini (México), Graciano Gasparini (Venezuela), José Manuel González Valcárcel (España), Manuel E. Del Monte Urraca (Rep. Dom.), Christopher Tunnard (EEUU) y al final de la fila, Renato Soeiro (Brasil).

Pero no todo estuvo circunscrito a la Ciudad Colonial. Durante los seis meses de actividades que se desarrollaron en el año 1967, fueron organizadas sendas visitas a los sitios arqueológicos prehispánicos. Una de estas se llevó a cabo a la provincia Dajabón, a la que asistieron, entre otros, Don Ángel Miolán, Director de Turismo, y el Dr. José Lacret en representación de la OEA y señora, acompañados por el Director de la OPC y señora.

Aprovechando el viaje a la región fronteriza del norte, se efectuó una visita a la casa de Máximo Gómez en Montecristi, cuyo proyecto de restauración había sido iniciado, cuyo financiamiento fue aportado por la comunidad de cubanos residentes en nuestro país.

Para concluir con el año 1967, de tan vital importancia para el patrimonio cultural dominicano, la OPC se adhirió a las inquietudes de la Dirección de Trismo, el Secretariado Administrativo de la Presidencia, y del Banco Central de la República, presentando una ponencia.

Hasta aquí el recuento de lo ocurrido entre 1966 y 1967, relacionado con la creación y puesta en marcha de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), cuya continuación no me propongo desarrollar en estos momentos. No obstante haré algunos comentarios ad hoc.

 

 

1960 – 1967

Lo que van a leer a continuación no es un capítulo de una biografía, ni el ensayo para una novela historicista. No. Se trata de algo que tenía guardado en mi pecho, desde hace tiempo, con el propósito de expresar en pocas palabras quien me considero ser, y no lo que otros piensen. Al menos en un aspecto poco conocido de mí, que algunos, o muchos de mis conciudadanos, se han atrevido a juzgarme según sus propios criterios y experiencias. Conceptos que dependen de quien sea, y, o, por motivos de cual haya sido su relación con migo. Si familiar, social o profesional.

Veamos.     

Transcurrió el tiempo, vertiginosamente, a partir del 15 de octubre de 1960, día en el que me vi forzado a abandonar mi país con rumbo a New York. Debí hacerlo cuatro meses después de ser excarcelado del penal de La Victoria. Tema del que no me apetece volver a hablar más, después de esta lucubración, mientras vida tenga. Fue de esa manera como a partir de esa fecha me vi forzado a vivir  expulsado de mi patria por culpa de unos insignificantes chivatos, que organizados en el funesto Sistema de Información Nacional (SIN) se otorgaron las decisiones de manejar las relaciones del gobierno con la ciudadanía, en algunos casos sin que la más alta jerarquía gubernamental estuviera informada. Tiempo, que se tornaría indefinido, en el que se suscitaron tantas arbitrariedades, que hoy cincuenta y siete años después, disfrutando de buena salud, y una vida apacible y cargada de recuerdos me han entrado ganas de desentilichar algunos para complacer o poner a pensar a algunos.

No fue nada fácil para quienes me conocían admitir que por el simple hecho de decir “ese cargo se lo darán a quien diga Chapita”, cambiado por la fiscalía por el de haber estado escuchando Radio Rebelde de Cuba, fui encarcelado y excarcelado seis meses después. Sin que ni siquiera se tomara en consideración mi estrecha amistad con la hija del Dictador. Amistad que conservo todavía.

No llegaron a transcurrir cuatro meses para que me fuera concedido el permiso de salida del país. Gracias a un amigo que había estado preso junto con migo que fue quien llevó mi solicitud al Gobernador del Distrito junto a la de él. Con el permiso en mis manos me dirigí a la Dirección de Pasaporte, y de ahí al Consulado norteamericano. Ya, con toda mi documentación en mi poder me dirigí a la aerolínea Varig para adquirir el pasaje para viajar a New York. Y en términos de 24 horas me encontraba en el aeropuerto de Santo Domingo para tomar el vuelo.

A mí llegada a la ciudad de los rascacielos, a media noche del mismo día, fui recibido por Diamela Werzl Del Monte y Viola Selig Del Monte, dos primas hermanas que residían en Midtown Manhattan con quien nos dirigimos al edificio donde vivía mi tía Josefa Del Monte. Llegamos a nuestro destino, cargado de regalos y productos, que tiempo después no serían posible introducir a los EEUU.

Antes de subir al séptimo piso en el que vivían mis parientas abrieron la puerta de uno de los dos apartamentos de la planta baja, donde residía la familia Guerreo Castro, ansiosos por enterarse de las últimas noticias. Siendo tal la alegría y el entusiasmo del grupete reunido allí, que fue necesario llamar a la tía para que se integrara al encuentro, que duró hasta altas horas de la madrugada.

Consciente de que había llegado a una ciudad que soñaba conocer desde que tuve uso de razón me acosté sin haber visto más que por donde pasábamos, desde La Guardia, que era como se llamaba el aeropuerto de New York, hasta la calle 108 entre las avenidas Broadway y Amsterdam de Manhattan. Que no fue mucho, dada la oscuridad de la noche.

No pasaron más de tres días cuando mi prima Diamela me acompañó a sacar el carnet del Social Security, para lo que no hacía falta ser residente legal, y a seguidas fuimos hasta Brooklyn, donde según un anuncio de periódico se solicitaba un draftman (dibujante) en una compañía de arquitectos. Una vez llegamos a Borough Hall, frente al City Hall, donde se encontraba el edificio de Court Street 22, nos dispusimos a subir a la planta 22, que era donde se encontraban las oficinas de Beatty & Berlenbach Architects.

Acomodados en el despacho del Arq. George Eduard Beatty, FAIA, fui atendido por este. Terminada la entrevista, haciendo uso de mi precario inglés, fui aceptado, y contratado según los términos dispuestos para el caso. Me es imposible ocultar la emoción que sentí en lo más profundo de mi alma, al verme integrando a unas oficinas en las que la totalidad de sus componentes, si no me doblaban la edad, al menos me llevaban unos cuantos años, y que tan gentilmente me recibieron todos, desde la secretaria hasta el más joven de los arquitectos, que al ser descendiente de italianos pudimos entenderno mejor.

Al día siguiente, sentado frente a la mesa que me había sido asignada, junto al ventanal corrido que bordeaba tres de los lados del amplio salón, atraían mi atención los trabajos de restauración del City Hall, dependencia antigua de la  alcaldía del Condado de Brooklyn que se encontraba en deplorables condiciones. Y fue en esos precisos momentos en los que sentí el primer llamado que determinaría mi futuro como arquitecto restaurador de monumentos. Y desde cuando se fijó en mi turbada mente el deseo de rescatar el patrimonio histórico de mi país, entonces en precarias condiciones.

Fotografía de la Alcaldía de Brooklyn (1848) a cuyo lado derecho se encuentra el edificio en cuyo penthouse se encontraban las oficinas de Beatty & Berlenbach.

Otra de las experiencias que contribuyeron a forjar en mi espíritu la ambición de convertirme en conservador de monumentos con o sin título fue mi último trabajo para la empresa, en la que llevaba alrededor de cinco años, consistente en la responsabilidad que se puso sobre mis hombros de hacerme cargo, conjuntamente con otro compañero, de los trabajos de levantamiento de un antiguo hospital que había dirigido la Santa Madre Cabrini, y diseño del nuevo uso que sería un edificio de apartamentos en la modalidad de cooperativa, en boga en aquellos tiempos en el Estado de New York.

Mother Cabrini Memorial Hospital ubicado en Washington Hight, New York

Sin detenerme ni siquiera a pensarlo, me había envuelto en un proyecto de restauración y revalorización de una estructura histórica, que si bien no era tan antigua como las del Santo Domingo Colonial, reunía la condición de haber sido la sede del hospital que fundara y dirigiera la primera santa norteamericana.

Al ir pasando los días, las semanas, y los meses, me fui percatando de cuantos detalles me fueran necesarios para poder integrarme de cuerpo y alma, no solo a la empresa en la que estaba trabajando, sino a la gente de la ciudad y el país que me habían acogido, a quienes veía muy dispuestos a ofrecerme lo que fuera necesario para hacerme sentir parte de ellos. Lo que siempre he agradecido a Dios por permitirme obtener una formación que de no haber sido así, nunca hubiera llegado a ser lo que soy, ni realizado lo que he hecho. No obstante haber permanecido fiel a mis costumbres y enseñanzas impartidas por mis padres, y los hermanos del Colegio Dominicano de La Salle.

Junto a mis compañeros del Colegio de La Salle

No había transcurrido mucho tiempo de estar prestando servicios a la empresa cuando el Arq. Beatty, con quien trabajaba de cerca, me sugirió que debía terminar mis estudios de arquitectura en la Universidad de Columbia, para lo cual me ofreció su colaboración. A continuación le solicité al Arq. Teófilo Carbonell (Teofilito para mí), que fue uno de mis profesores en la Universidad de Santo Domingo, además de gran amigo de mi familia, mi record en la facultad de ingeniería, que era como se llamaba entonces.

Mientras esperaba el documento solicitado el Arq. Beatty le dirigió una comunicación al Decano de la facultad de Arquitectura de la Universidad newyorkina,  Kenneth A. Smith, que por su importancia incluyo aquí.

El próximo paso consistió en solicitar una beca al gobierno dominicano, presidido por Donald Reid Cabral, la que me fue concedida con los recursos necesarios para inscribirme en calidad de part time. Teniendo mi documentación en orden, le fue solicitada una cita al decano Smith, con quien tuve el encuentro solicitado.

Aceptada mi solicitud fui informado de los pasos a seguir, consistentes en tomar clases nocturnas, y los sábados. Pasos que pude cumplir estrictamente. Cumplidos varios semestres recibí la noticia de lo acontecido en abril de 1965, y poco después la cancelación de la beca. Lo que significó para mí, y mi padrino no muy buenas noticias, en cuanto a mi futuro en la empresa y mi estadía en New York.

Con esta situación quedaba imposibilitado mi deseo de terminar la carrera de arquitecto, no así mis posibilidades de ejercerla, y obtener el triunfo que el destino me tenía reservado. Si Le Corbusier, padre de la arquitectura moderna, le ocurrió algo parecido, por qué a mí, definitivamente sin el menor asomo de compararme con aquel genio, no podía pasarme algo inesperado.

Mientras trascurría el tiempo laborando en la misma empresa aprovechaba la hora del lunch, uno que otro día, para dar vueltas por Brooklyn Heights, barriada que During the 1800’s, New York and Brooklyn boomed and many of New York’s wealthiest investors settled in Brooklyn Heights.durante los 1800’s, Nueva York y Brooklyn prosperaron y muchos de los inversionistas más ricos de Nueva York se establecieron en ese lugar, vecino de donde me encontraba trabajando, que por haber sido la más antigua se había puesto de moda entre las personas que aspiraban a disfrutar de una de sus casas para restaurarlas y convertirlas en sus viviendas. Visitas que contribuyeron a continuar afianzando en mi espíritu el sueño que tenía de convertirme en restaurador de monumentos y sitios. Y lo que puse en práctica restaurando mi primera casa colonial. Que llegara a convertirse en la primera desde que se iniciara el proyecto de la Ciudad Colonial. Confirmando lo que se dice. “Practica lo que predicas”.

  

Promenade (Paseo costero) de Brooklyn Heigh, hermoso lugar junto al río Harlem

Mis asuntos profesionales y de trabajo se desarrollaban con normalidad. Por otro lado había contraído matrimonio y me había convertido en padre de una hermosa niña que llamamos Carolina María. No pasó mucho tiempo, y no obstante lo agradable que transcurría la vida para nosotros tres, aposentados en un simpático apartamento ubicado en Laurel Hill Terrace, calle ubicada en una simpática barriada del alto Manhattan que bordea el Harlem River Drive, y de nuestro vecindario, y vecinos, tomamos la decisión de acercarnos a la patria, a la que no procedía regresar, todavía, dadas las condiciones en que permanecía como consecuencia de la Revolución del 65´.

  

Urania y Manuel con su hija Carolina María de siete meses frente al edificio de apartamentos donde vivíamos, en Laurel Hill Terrace, especie de malecon que bordea el rio Harlem. Soportando el crudo invierno, principal motivo de nuestra ida de New York.

Así fue como el acercamiento al lar nativo, por un lado, y el alejamiento del que nos había proporcionado tanta satisfacción y alegría se produjo otro milagro. Viajar con lo que habíamos podido acumular, incluyendo nuestro carro, a San Juan de Puerto Rico. Pero como cada cosa tiene sus bemoles, y el principal de estos para nosotros era nuestro sostenimiento, fui primero a la Isla del Encanto a buscar trabajo. Uno que se pareciera al que tenía, y en el que me había ido tan bien.

La mañana siguiente a mi llegada a San Juan me dirigí a Santurce, donde se encontraban las oficinas de Toro Ferrer, Arquitectos, cuyas referencias eran excelentes. Habían sido los responsables de diseñar, entre otras obras, los hoteles Caribe Hilton, la Concha, y el Banco Popular. Una vez en compañía del Arq. Osvaldo Toro, una de las dos cabezas de la empresa, no tuve muchas cosas que decir. Fui contratado, e iniciaría mi compromiso tan pronto regresara a la Isla.

Casi tres años laborando para tan reconocida empresa fueron suficientes para volver a arreglar los bártulos de regreso a Santo Domingo. Pero, no puedo despedirme tan rápido de la que fuera uno de los exitosos eslabones de una cadena interminable, que todavía hoy (2017) no es capaz de cerrarse.

Durante el corto lapso de tres años mis modestos servicios a la empresa llegaron a ser suficientes para darme a querer por Osvaldo Toro, Miguel Ferrer, y todo el staff de la empresa. Siendo una de las muestras para ello el haberme dado la oportunidad de participar en el diseño del hotel Curazao Hilton, así como acompañar al Arq. Toro a Santo Domingo, con el fin de visitar el hotel Jaragua, que tiraba los últimos cartuchasos de su larga y exitosa existencia. El propósito de la visita era explorar las posibilidades de efectuar una remodelación para uno de sus principales clientes, la cadena hotelera Hilton. Lamentablemente, la decisión fue la de descartar la idea, y proponer la de levantar una nueva estructura dotada de lo más moderno de la hotelería.

Otro de los logros que obtuve durante mi permanencia en Puerto Rico fue mi contacto con el Viejo San Juan, que daba sus primeros pasos para su restauración integral, que estuvieron a cargo del Instituto de Cultura Puertorriqueña, con cuyo director Don Ricardo Alegría llegara a establecer una estrecha amistad. Y de cuyos contactos terminaron por inoculárseme el virus que me había contagiado durante mi permanencia en Brooklyn, New York.

Pero antes de partir de regreso a la patria, tuve la dicha de que Dio nos regalara un hijo varón, a quien le dimos mis dos nombres. Y a quien preparamos para viajar a Santo Domingo.

 

Continuará.

 

 

 

 

 

 

DE MI INTERÉS, ESPERANDO QUE TUYO, TAMBIEN

En esta oportunidad me voy a tomar un descanso. Y para sustituir mi lucubración semanal voy a dejarles algo muy interesante. Se trata del Padre de la Arquitectura Moderna, Charles Édouard Jenneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Y la única obra que diseñara, aunque no la construyera, en Sur América. Se trata de la  Casa Curuchet, erigida en la ciudad de La Plata, Argentina.

Aquí encontrarás tres links contentivos de la obra de Le Corbusier. Ábrelos y verás.

Si no eres arquitecto, o algo pardecido, no os preocupeis. Es como si no fueras artista y te enfrentas a un Miguel Angel. ¿Que tendrías que hacer? Pues extraer lo mejor de tu cerebro y ponerlo al servicio de la obra.

A partir de este sábado, día 5 de agosto de 2017, publicaré mis lucubraciones cada otra semana. De manera que, hasta el 19 de agosto, si Dios lo permite.

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