MÁS DE LO MISMO

Quienes leyeron mi anterior elucubración en la que menciono al Arq. Graziano Gasparini, se habrán podido dar cuenta del personaje al que me estoy refiriendo. Y por qué me he sentido orgullo de su comentario.

Pues bien, Gasparini fue para mí el ejemplo que debería seguir en la carrera que escogí como arquitecto restaurador de monumentos. Algo similar a lo que me pasó con Ricardo Alegría, responsable del rescate y revalorización del Viejo San Juan de Puerto Rico.

Conocí a Gasparini en San Juan de Puerto Rico durante mi permanencia allí, del año 1965 al 1967. De manera que cuando nos volvimos a encontrar en Quito, Ecuador, durante la celebración de la reunión de la OEA en la que se redactaron las Normas de Quito, ya yo empezaba a ejercer mi compromiso con mi país, y con el gobierno del Dr. Joaquín Balaguer de servir como Director de la recién creada Oficina de Patrimonio Cultural (OPC). Lo que fue una agradable sorpresa para Gasparini.

Desde la fecha en que nos conocimos empecé a recibir, directamente desde Caracas, Venezuela, el BOLETÍN  del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, interesante publicación que creara y dirigiera el Arq. Graciano Gasparini. La que continué recibiendo hasta el mes de julio de 1979. Es decir, casi un año después de mi destitución del cargo de Director de la OPC. Cuando me fui a vivir con mi familia a la ciudad de Coral Gables, Florida. Razón por la que yo deduzco no siguieran llegando a mis manos con la puntualidad acostumbrada.

De 1965 a 1979 recibí y conservo 25 ejemplares del Boletín, que he leído y repasado varias veces. Colección que pienso donar a alguna institución que le dé el mismo uso que yo le he dado.

Y CONTINÚA LA DESESPERANZA……..

Amigos, y no tan amigos me han venido repitiendo que mi posición frente a lo que se debe hacer para que nuestro patrimonio histórico pueda convertirse en una verdadera atracción es incorrecta, debido a que lo único que tenemos los dominicanos que pueda concitar cierto interés cultural en que visitantes de diferentes partes del mudo se avoquen a turistear en nuestro país, es la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Y que la misma no reviste la importancia que se le ha querido atribuir, dada su escasez de monumentos histórico-arquitectónicos de verdadera importancia, y bien conservados. Que los que hay no están en las condiciones necesarias para ser exhibidos. Ejemplo: El Alcázar de Colón y el Museo de las Casas Reales lucen internamente descuidados, carentes de guías profesionales, y falta de aire acondicionado, entre otros inconvenientes.

Todo ello viene a colación a raíz de la esperanza que concita la intervención que se viene llevando a cabo en el centro histórico santodominguense que, a decir verdad, todavía se  desconoce en detalle, por lo que no externaré opinión alguna, hasta tanto no culminen los trabajos que llevan más de cuatro años de iniciados.

A los que se expresan como dije al inicio, y a la infinidad de indiferentes, que representan la gran mayoría de los dominicanos, al igual que a los que les da igual una cosa u otra, yo me permito decirles lo siguiente: El turismo, como el que se ha estado explotando mundialmente, es una industria sumamente compleja. Es un negocio que cada país explota como puede lo que posee. El turismo cultural, por ejemplo, en nuestro caso llamado a complementar al turismo de sol y playa, y el de aventura, donde existe, no necesariamente cumple con un patrón específico.

Se encuentran los que explotan riquezas  extraordinarias, y abundantes, tanto en lo monumental, en lo histórico, como en lo artístico. Desde países y ciudades que cuentan con historias milenarias, relevantes, representadas en sus monumentos y sitios, o en sus ruinas, y museos, hasta los que disponen de recursos exclusivos como es el caso de República Dominicana, en cuyo territorio se desarrollaron las primacías europeas en el Nuevo Mundo. Tales como las primeras edificaciones, y las primeras explotaciones industriales, como los ingenios  azucareros que se levantaron en la Isla durante el transcurso de los primeros años de aquel extraordinario acontecimiento histórico. Todo consiste en saber explotar esa riqueza sin intentar modificarla, ni crear falsos espectáculos.

Desde la llegada de Cristóbal Colón al territorio bautizado por él como La Española, y tener que enfrentarse a civilizaciones totalmente diferentes a las conocidas hasta entonces, su afincamiento en la costa norte de la Isla, y fundación de La Isabela, dos años más tarde (1494), hasta la invasión del corsario inglés Francis Drake, a finales del siglo XVI, nuestro país dispone de innumerables recursos, únicos en América, para convertirse, sin grandes pretensiones, en un polo de atracción turística cultural de primerísima categoría.

De manera que contamos, no solo con lo que queda explotable en la Ciudad Primada, por supuesto, rescatado y puesto en valor como corresponde, para poder atraer un turismo de calidad, y en cantidad suficiente, que contribuya a complementar el de sol y playa existente, habría que explotar otros recursos  monumentales. Como es el extraordinario conjunto de los primeros ingenios azucareros en diferentes condiciones de conservación, esparcidos por la región suroeste del país,  instalados desde los primeros albores del proceso colonizador de La Española. Incluyendo el llamado ingenio de los Colón, que perteneció a Diego Colón*, ubicado en las cercanías de Santo Domingo. Eso sí, siempre y cuando sean sometidos a un serio proceso de consolidación, e investigaciones arqueológicas, y se organice la Ruta de los Ingenios, bien concebida, a la que se le instalen paradores y lugares de descanso.

 

Engombe

Palavé

Boca de Nigua

  

Diego Caballero

  

Cepi-Cepi                                                          Alomso Suazo

Por otro lado están los yacimientos arqueológicos de las otras ciudades erigidas durante los albores de la conquista, tales como Concepción de la Vega, y el primer Santiago de América. Ambas fundadas por el propio Descubridor, al igual que La Isabela, donde todo comenzó.

De igual manera disponemos de otros yacimientos, tan importantes como los otros. Tal es el caso del monasterio que se encuentra debajo de sus propios escombros, y destartaladas viviendas, en la ciudad de Puerto Plata, ubicado frente al cementerio de la ciudad, fundado por Fray Bartolomé de las Casas, y donde este se consagrara como el primer sacerdote católico ordenado en tierras americanas.

Compostela de Azua, ciudad sureña desde donde el adelantado y conquistador Diego Velázquez de Cuellar partiera hacia la conquista de la isla de Cuba, y donde fungiera como escribano el capitán extremeño Hernán Cortés, desde cuyas playas saliera la expedición conquistadora de México, y donde se conservan (?) las bases de la casa que edificó para su propia vivienda, constituye otro interesante lugar a ser rescatado, y puesto en valor, conjuntamente con las diversas ruinas de ingenios azucareros, cercanos, construidos y explotados por los principales personajes de la colonia de Santo Domingo.

Pueblo Viejo – Compostela de Azua

Y como si fuera poco, completar el proyecto del entorno donde se encuentra la restaurada casa fuerte de Juan Ponce de León, en San Rafael de Yuma, Higuey, y el embarcadero desde donde salieron sus dos expediciones conquistadoras de la isla de Puerto Rico y la península de La Florida. Consistente en rastrear y excavar el lugar donde se presume fuera fundada la primera villa de Salvaleón de Higuey, previa a su actual ubicación. Y cercana a la casa de piedra del Conquistador y la la bahía de Boca de Yuma. En cuya ermita se ha dicho fue expuesta por vez primera, para su veneración, la imagen de Nuestra Señora de Altagracia. Cuyo nombre fue tomado de Salvaleón, municipio español, perteneciente a la provincia de Badajoz (comunidad autónoma de Extremadura), cercana a otra provincia de la misma comunidad, de donde vinieron los Hermanos Trejo a La Española.

De esta bahía de Boca de Yuma partió Ponce de León y su la flota con rumbo a la isla de San Juan (Puerto Rico), y posteriormente a La Florida.

De igual manera, poner en valor los conjuntos victorianos de las ciudades de Santiago, La Vega, Puerto Plata, Montecristi, y San Pedro de Macorís es otro de los retos que tenemos por delante, si es que verdaderamente queremos posicionarnos como el principal polo turístico del Caribe insular. No como un conjunto de parques temáticos, sino de verdaderos recursos históricos de diversas categorías recatados y puestos en valor correctamente.

  

De Sanchez solo queda el recuerdo, las bases de su puerto, y la Iglesia

El Reloj de Montecristi

Casa de Máximo Gómes o del Manifiesto

Ruinas de la casa de Doña Emilia                

Hotel  Mercedes a principos del Siglo XX

  

Dos hermosos ejemplares de casas victorianas de Puerto Plata. La Novia del Atlántico.

Todo esto, antes de que continúen desapareciendo los cada vez más exiguos recursos arquitectónicos de estas ciudades. La última de las cuales llegó a convertirse, junto a Sánchez, en la panacea económica de la joven república, durante la llamada “Danza de los Millones”, calificativo que proviene de su rica industria azucarera, de finales del siglo XIX, y principios del XX, la primera, y por convertirse en el principal centro portuario y bancario de la República la segunda. Ya casi talmente despojada de su interesante riqueza victoriana, como de su puerto centenario, del que solo quedan algunos hierros.

  

Antigua Ferretería Mory, y lo que quedó de una de las obras del Arq. checo Antonín Nechodoma. Ambas en San Pedro de Macorís.

Casa en ruinas de las que quedan en San Pedro de Macorís, llamada la Sultana del Este

Ahora bien, esto no se logrará por arte de magia, ni por obra y gracia de los que aspiramos lo mejor para nuestros recursos monumentales. Ni esperando que vengan de fuera a sacarnos del hoyo unos cuantos extranjeros, como lo han venido haciendo los explotadores de nuestras minas, y otros tan “inteligentes”, como los constructores de mega proyectos, dirigidos por empresarios corruptos de la firma brasileña ODEBRETCH que vienen, conjuntamente con políticos dominicanos, a “sacrificarse” por nosotros.

Estoy seguro, como lo he estado desde hace tiempo, que los beneficios que aportan el sol y la playa continuarán inyectando suficientes recursos a la complicada situación política, económica, y social que vive nuestro país. Por supuesto, siempre que esa modalidad de turismo continúe tan pujante, conjuntamente con la cultural, siendo la principal proveedora de divisas, generación de empleo, y otros beneficios.

Así las cosas, continuaré esperando que las autoridades nacionales se acaben de ponelas pilas, ejerciendo su autoridad, para que las cosas se hagan como corresponde, tanto en lo concerniente a nuestra Ciudad Colonial, como al resto del patrimonio histórico del país, llamado a contribuir con el bienestar nacional.

Y que se reanude la institucionalidad pérdida, y el respeto a los organismos oficiales responsables, casi a punto de desaparecer. Además de escoger y reforzar tanto la parte administrativa como técnica, no política, con expertos en cada una de las áreas que componen el patrimonio cultural de la Nación. Muy particularmente, la correspondiente a sus monumentos, y conjuntos, sus ruinas, y todo lo que todavía se conserva de estos en el territorio nacional.

  *Como  casi nuca se menciona el ingenio de los Colón, he querido hacer la merecida mención. “Este estaba en el arroyo Yuca (Justicia 12), que es un afluente del rio Ozama, y corre paralelo al Isabela, pero más al norte. En la ribera sur de este arroyo están los pueblos de Villa Mella, San Felipe e Higuero.

  Otro ingenio en ese mismo arroyo era el de Diego Caballero, el Mozo. Según Oviedo, este ingenio se desmanteló muy temprano, pero pudiera ser que sus ruinas persistan en el lugar.
El que sí se menciona en el rio Isabela es el ingenio de Astorga, y no debe haber estado muy lejos del de los Colón, pues en un mismo documento se recomienda un solo cura para los dos ingenios.”

OBLIGADOS A CUMPLIR Y DEFENDER

Nuestro país, al igual que la mayoría de los países del Mundo dispone, y ordena, constitucionalmente, la necesidad de velar y proteger el patrimonio natural y cultural que posee. Por lo que estamos obligados a cumplir y defender la riqueza que nos dotó la naturaleza, entre los que se encuentran algunas especies únicas en el Mundo, al igual que el que hemos heredado de nuestros antepasados, muy particularmente del que componen las edificaciones que todavía se conservan,  levantadas por los conquistadores españoles, los sucesivos colonizadores y pobladores de La Española.

La Rosa de Bayahibe (Pereskia quisqueyana), Flor Nacional, se encuentra en la provincia de La Altagracia, al Este de nuestro país.

La Cotorra (Cotica) dominicana, o de La Española (Amazona ventralis), habita en los bosques maderables de la Isla, tanto húmedos como secos.

Ambos patrimonios los hemos considerado imprescindibles para nuestra identificación como país soberano, al igual que como nación compuesta por ciudadanos capaces de comprenderlo, protegerlo, y plasmarlo en sus documentos rectores, como son su constitución y sus leyes.

Para procurar que se cumplan estas obligaciones, y tratar de intervenir cuando sea necesario, se han creado sendas instituciones dotadas de sus respectivos reglamentos, y presupuestos, así como del personal requerido.

Para velar por el patrimonio natural, compuesto por sus diferentes variables; tierra, ríos y arroyos, lagos y lagunas, valles y montañas, plantas y animales, y todo lo demás que contribuya con el sostenimiento del clima, de las diversas especies, y de las condiciones medio ambientales, además de la producción de alimentos capaces de cumplir con el sostenimiento de su población, fue creado el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, que cuenta con el apoyo de las fuerzas del orden público de la Nación, y de instituciones sin fines de lucro.

Con anterioridad fue creada para velar por el patrimonio cultural, compuesto por el patrimonio arquitectónico y monumental, artístico, arqueológico, y  documental, fue creada la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), en el año 1967, posteriormente desmembrada, y modificado su nombre  por el de Dirección Nacional de Patrimonio Monumental (DNPM), que en sus inicios cumplió con la responsabilidad de velar por los sectores que lo componían. Permaneciendo dentro de la unidad rectora original solo el patrimonio arquitectónico y monumental, y creadas otras instituciones para velar por las demás derivaciones. Con lo que yo, personalmente, no estuve de acuerdo, habiendo existido la posibilidad de crear secciones dentro de una misma institución, aunque fuera necesario  modificar su estructura dentro del organigrama existente en la administración pública.

Más adelante, la Dirección Nacional de Patrimonio Monumental pasó a depender del Ministerio de Cultura, teniendo como intermediario a un Vice ministerio, paso este que la convirtió en la entelequia que ha seguido siendo desde entonces. Evitándose con ello, que quien dirija la institución se vea compelido a obedecer lo que se le ocurra al Ministro de turno, desconocedor, la mayoría de las veces, de lo que corresponda hacerse. Además, tener que obedecer más a las decisiones politiqueras que a la sensata decisión que se debe tomar en cada caso.

Pasemos, ahora, a otros aspectos relacionados con el mismo tema.

Para que ambos patrimonios puedan ser favorecidos con los instrumentos legales que fueron dispuestos desde el mismo inicio de los dos programas, hacen falta dos cosas. Que los organismos creados para hacerlas cumplir funcionen, o los dejen funcionar, y que la población a la que pertenecen esté suficientemente concientizada para aceptarlos, y defenderlos, así como contribuir con ellos. Lo que solamente se consigue implantando una campaña concientizadora, bien concebida, y repetitiva.

Y esto es, a mi entender, lo que no ha estado ocurriendo en nuestro país. A una gran mayoría de la ciudadanía no le interesan estas “pendejadas”, y si le llegaran a interesar, los problemas a debatir no deberían afectar sus propios intereses. Consiguiéndose con ello los frecuentes enfrentamientos que se arman entre las autoridades y los afectados. O entre los “ocupantes” y los auténticos propietarios de una tierra, o de una edificación.

En términos de lo que sucede en el área del patrimonio natural, por ejemplo, tierras que han sido declaradas parque o reserva nacional, o de interés social, los que se han apoderado de estas se oponen, tajantemente, a ser desalojados, sin importarles que estos desalojos sean dispuestos por la justicia. Tenemos un ejemplo en los Haitises, donde en lo que el palo ha ido y vuelto se han destruido bosques, tan necesarios para la biodiversidad.

En cuanto al patrimonio cultural, en su versión arquitectónica o monumental ha sucedido, que los planes que se diseñaron, originalmente, para la Ciudad Colonial de Santo Domingo, por ejemplo, lo que se ha estado y se continúa haciendo al respecto, desde 1978, ha sido lo contario.

Empezando por el final de la larga batalla, cuando se debió haber trabajado, simultáneamente, para mejorar las condiciones de sus calles y del cableado del servicio eléctrico y telefónico, y al mismo tiempo ir rescatando, no maquillando lo más importante: el conjunto monumental con similar fisonomía externa al que existió. Que no pudo ser conservado por haberse iniciado un erróneo proceso de transformación, a partir de las primeras décadas del Siglo XX. Durante las cuales su componente más antiguo y valioso, histórica y arquitectónicamente, hubiera podido ser adecuadamente recatado y revalorizado, conjuntamente con lo que quedaba del componente habitacional. Sin ser destruido (Hospital de San Nicolás), modificado extremadamente (Palacio Consistorial), ni transformado en parque temático, en el que una gran parte de sus edificaciones particulares sean convertidas en “sepulcros  blanqueados”. Perdón, coloreados.

Sobre esto último, no puedo dejar de repetir, que el problema no está en las sábanas. Que el ambiente que se ha debido estar creando no sea contemplativo, falso. Sino de índole social (acogedor para residir o pasar parte del tiempo en él), cultural (enriquecedor y propicio para el desarrollo de las artes), y turístico (ofreciendo lo que busca una buena parte de los turistas). Por otro lado, a ninguna familia se le puede ocurrir radicarse en ambientes descompuestos, o a nadie se le ocurre llevar turistas a estos lugares, no importa que estén compartidos con joyas aisladas. Que lo que interesa es el conjunto de todos esos factores. Y eso solo se logra, como he dicho, repetidamente, saneando el lugar y su entorno inmediato, dotándolo de seguridad, sin necesidad de contaminarlo de guardias o policías y, en dos palabras, convirtiéndolo en algo similar a lo que otros centros históricos  han podido lograr, como es, por ejemplo, el Viejo San Juan de Puerto Rico.

Para dar una idea de lo que quiero decir, a continuación verán algunos ejemplos.

Las dos primeras casas son propiedad privada. El gobierno dominicano intervino en sus fachadas, cumpliendo con su política “fachadista”, y en las que sus propietarios no se deciden por hacer algo, interiormente. La tercera es propiedad del Gobierno, y está ocupada por una agrupación de índole patriótica, que al parecer carece de los recursos necesarios para darle un adecuado mantenimiento, al igual que a la exhibición de lo que les interesa dar a conocer.

Es notable el interés turístico, y político, al aparecer como responsable un ministerio ajeno al tema, en vez del institucionalmente responsable. En este caso la Dirección de Patrimonio Monumental. Su interior ha permanecido de forma similar al que lucía cuando estaba habitada. No interesa el tema socio ambiental. ¡Que gobiernazo este que tenemos¡

 

Esta casa, indiscutiblemente del Siglo XVI, permanecía así hasta que el gobierno, a través del Ministerio de Turismo decidió rescatar se fachada.

  

Interiores de la casa, actualmente. Un perfecto ejemplo de sepulcro banqueado. Tanto estructural como habitacionalmente.

Igualmente, casa del Siglo XVI, restaurada durante los diez años del Dr. Balaguer, en la que se conservó la fachada del Siglo XX. Y vuelta a pintoretear actualamente por los responsables del proceso de maquillaje a que ha sido sometida la Ciudad Colonial. 

Sus interiores, independientemente del proceso de deterioro visiblemente ostensible, acumula una serie de elementos propagandísticos, que desdice de su manifiesta intención política. 

En esta versión del patrimonio cultural hemos estado confrontando diversos problemas. A saber:

1.- Durante el transcurso del Siglo XX se fueron creando estilos de vida diferentes a los anteriores. Y con estos, se fueron modificando los tipos de viviendas originales, tanto interior como exteriormente.

2.- Al modificarse las viviendas fueron cambiando los estilos de vida de sus ocupantes. Y, consecuentemente, el cambio de estos. Lo que llegó al extremo de que estos últimos no han tenido los recursos necesarios para mantener las viviendas que ocupan de la misma manera que los anteriores. En la mayoría de los casos han llegado a compararse con edificaciones existentes en barrios marginales.

3.- Y ahí es donde está el grave problema. Consistente en un tortuoso y largo enfrentamiento entre propietarios y ocupantes. Lo que ha contribuido al deterioro ambiental, independientemente del que aportan las edificaciones,  impidiéndose que la Ciudad Colonial pueda volver a adquirir sus condiciones anteriores.

4.- Además de los estilos de vida a los que ha llegado a soportar nuestro  principal centro histórico, confrontamos la incapacidad de las autoridades legalmente constituidas, al igual que de la multiplicidad de organismos competidores, llegándose a extremos tales que nadie sabe qué hacer, ni donde ir para solucionar su problema, o el del entorno en que habita o trabaja.

De lo brevemente expuesto se puede colegir el por qué la Ciudad Colonial no ha podido llegar a ser lo que se ha pretendido, disponiendo de una riqueza monumental, aunque aislada, después de medio siglo de intentos fallidos. Y no obstante la inversión que se ha hecho, tanto por parte del sector público como, minoritariamente, del privado.

NUESTRA SEÑORA DE ALTAGRACIA

Desde pequeño tuve una inquietud, provocada por la devoción a Nuestra Señora de Altagracia, y por el cuadro que se venera en Higuey. Ya mayor de edad pude empezar a obtener algunas respuestas. En el año 2010 cumplí con un viejo anhelo de visitar algunos de los lugares ligados a dicha Virgen, y en compañía de Urania hicimos un recorrido de casi tres semanas por Extremadura, España. Ya era de mi conocimiento que esa era la región de la Península donde se veneraba, y existían capillas y ermitas en las que se veneraba a Alta Gracia, como es llamada allí.

Con el propósito de dejar un testimonio de dicho viaje, en el que igualmente me interesaba ponerme en contacto con mi personaje favorito, Frey Nicolás de Ovando, empecé, no hace mucho tiempo, a escribir un recuento, que  tenía el propósito de complacer mi doble inquietud.

Durante el recorrido por Extremadura visitamos Cáceres, Brozas, Alcántara, Garrovillas de Alconetar, perteneciente a la provincia de Cáceres, Badajoz, y Mérida. Lamentablemente, me faltó visitar Plasencia, ciudad de origen de los Hermanos Trejo, y Siruela, que pertenece a la provincia de Badajoz, donde pude enterarme, posteriormente, que se venera la Altagracia con similar devoción a la de Garrovillas.

Investigando todo lo que podía logré reunir una buena cantidad de datos que, según mi parecer, eran suficientes para completar la lucubración que me había dedicado a escribir. Hasta que me enteré de la existencia de un libro “La Historia de la Virgen de Altagracia”, publicada en el año 2013 por los señores Santiago Milano, Cándido Serradilla, y Dionisio Martín, que una amiga me ha prometido encontrar, y enviar desde Alcántara.

En momentos en que ya tengo escrito bastante del artículo, y enterado de la noticia de la existencia de dicho libro, me enteré de la existencia en Santo Domingo de un señor llamado John Fleury, que había estudiado todo lo relacionado a la devoción y al cuadro de Nuestra Señora de Altagracia. Sorprendido con la noticia, nueva para mí, pero de larga data en nuestro país, busqué comunicarme con él para poder enterarme, personalmente, de los estudios que había realizado.

Una vez logrado mi propósito, lo visité el domingo recién pasado, siendo recibido en la Casa de la Anunciación, en esta ciudad, y para mi sorpresa fui obsequiado con un ejemplar del libro de su autoría titulado “Historia de Nuestra Señora la Virgen de Altagracia”, publicado en el año 2006.

Gratamente sorprendido de que una persona de su categoría reside entre nosotros y, por supuesto, del contenido de su libro, decidí posponer mi artículo hasta recibir el libro de Extremadura, que me permitirá hacer la debida comparación entre los dos, y de esa manera quedar completamente edificado y convencido de la inquietud que empecé a tener desde niño.

Recomiendo a los amantes de la historia y, muy particularmente, de la eclesiástica dominicana y, por supuesto, de la correspondiente a la Madre Espiritual del pueblo dominicano, y a sus vínculos con la extremeña, a que traten de adquirirlo, y puedan enterarse de una inquietud que debería ser de todos los dominicanos.