NO TODO VALE POR IGUAL

En su artículo del jueves 23 de octubre, titulado “La ética del merenguero”, el novelista, poeta, filólogo, educador, crítico literario, ensayista, investigador y filósofo dominicano, ganador del Premio Nacional de Literatura 2004, comenta, al referirse a una de las actitudes del dominicano, lo siguiente: “En estos días está circulando un pequeño libro del reconocido filósofo español Fernando Savater, titulado “Invitación a la ética”, y copiaré su breve y sustancial definición: “Llamo ética a la convicción revolucionaria y a la vez tradicionalmente humana de que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros, de que esas razones surgen precisamente de un núcleo no trascendente sino inmanente al hombre y situado más allá del ámbito que la pura razón cubre”.

Sobre la tradicional convicción humana de que no todo vale por igual, yo me permito transferirla a los que han estado haciendo algunos arquitectos, y políticos, en el centro histórico de la ciudad de Santo Domingo, en el que al parecer, todo es igual, o vale por igual (escuchar el tango Cambalache). De ahí, que la opinión pública meta en un macuto a superficiales, y a los de verdad. El merenguero, en nuestro caso, es el que se atreve a ponerle las manos a un monumento. Al realizar su interpretación no se guía de los cánones internacionales de conservación, sino que coloca las notas del pentagrama donde mejor le parece. Y eso es, precisamente lo que ha estado ocurriendo en nuestra Ciudad Colonial. Una sinfonía de Beethoven interpretada a ritmo de merengue, como sugiriera una amiga.

Pero, de hecho, a esto no era a lo que me quería referir al señalar los valores de cada uno, a los que se refiere Fernando Savater, que nos refiere Andrés L. Mateo.

Desde hace algún tiempo, ha ocupado mis sentidos lo concerniente al reconocimiento de valor de quienes realizan alguna actuación a favor de su país, de una causa cualquiera, o de la humanidad. A unos cuantos de estos, le preguntamos cuán importante ha sido para su país, su causa, o la humanidad, para que se les hayan otorgado reconocimientos (condecoraciones, pergaminos, placas, etc.), sin que se los merecieran.

Es así, como a algunos se les han otorgado condecoraciones, al más alto grado, sin haber hecho nada importante para merecerlas, mientras a otros no les han impuesto ni una estampita de la Virgen. Como no acostumbro mencionar a quienes me refiero, ni en bien ni en mal, aprovecho la ocasión para mencionar mi nombre, entre los que han hecho bastante por la causa a la que se ha dedicado y, después de casi cincuenta años de servirla, las únicas menciones que ha recibido en su país son la de “As Intelectual del Año”, correspondiente al 1971, otorgada por el Ateneo Dominicano, Inc., y un “Voto de Reconocimiento”, por el Ayuntamiento del Distrito Nacional”, en 1973.

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Virgilio Hoepelman Pte. del Ateneo, en mi casa colonial de la Padre Billin

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Aplicando aquello que dice, que la peor cuña es la del mismo palo, o nadie es profeta en su tierra, los más altos reconocimientos recibidos, merecidos o no, han provenido de playas extranjeras. De ahí, que en el año 1977 “Juan Carlos I, Rey de España. Por cuanto queriendo dar una prueba de mi aprecio a vos. He tenido a bien otorgaros por Mi Real Decreto de 31 de mayo de 1976, la Encomienda de la Orden de Isabel La Católica.” Condecoración que me fuera impuesta el 18 de noviembre de 1976 por el Embajador de España en nuestro país, Exmo. Sr. Javier Oyarzun, en el transcurso de una cena de gala en los salones de la Embajada.

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Se podrá alegar, condecoraciones como esta son otorgadas por razones políticas, o por conexiones (enllaves) personales. Lo que no es falso. En mi caso, fue por el hecho de haber realizado una obra a favor del patrimonio nacional dominicano, de origen español. Y lo mejor de todo es, que el mismo Monarca, en su primera visita a Santo Domingo, después de haber sido proclamado Rey de España, tuvo la gentileza de decírmelo, en uno de los encuentros que sostuvimos durante tan histórica visita.

Pasados algunos años, en el 1993, tuve la satisfacción de ser honrado por el Presidente de la Nación Argentina, Carlos Saúl Menem, Gran Maestre de la Orden de Mayo Al Mérito, en grado de Caballero. Habiendo sido otorgada en el trascurso de su visita a Santo Domingo, durante la cual fue inaugurada la Casa de La Cultura Argentina, de la que fui Fundador y Presidente.

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Como ya me he referido al affair suscitado en el país a raíz de los trabajos iniciados por la firma francesa Accor en el Hostal Nicolás de Ovando, asunto que hubo de llegar a las más altas instancias de la Nación, mi actuación a favor de la causa fue determinante, para que la misma prosiguiera hasta llegar donde ha llegado. Con anterioridad, me correspondió la dicha de haber intervenido entre el Presidente Balaguer, y el Embajador de Francia, para que el gobierno dominicano le otorgara al francés, la posesión, en calidad de usufructo, de dos de las casas que fueran edificadas por el Gobernador Frey Nicolás de Ovando, en la calle Las Damas, de la Ciudad Colonial, para instalar el Centro Cultural de Francia. Posteriormente, el gobierno francés decidió trasladar la sede de su Embajada a la parte de la esquina de las edificaciones, que suscitó reacciones adversas por parte de algunos intelectuales dominicanos, que alegaban el hecho de que el local había sido otorgado para operar como centro cultural, no gubernamental. Mi intervención, en aquella oportunidad, fue determinante para que se sofocaran los ánimos opositores, el presidente Balaguer impusiera su propio juicio, y la Embajada pudiera mudarse sin ningún problema.

Fue producto de tales actuaciones, y no por una acción graciosa de parte de los franceses, que el 16 de abril de 1999, “Le President de la Republique Francais Gran Maestre de L´Ordre National du Mérite nomme, par décret de ce jour, Monsieur Manuel Emilio Del Monte Urraca, Architecte, Directeur du patrimoine cultural dominicain OFFICER DE L´ORDRE NATIONAL DU MERIT.”

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En el año 1998 fui enviado al exilio dorado como Embajador en Colombia. La misión que llevé a cabo debió ser tan positiva para los colombianos, que antes de cumplir los dos años reglamentarios para ser objeto de reconocimiento oficial, el 13 de noviembre de 2000, “El Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Gran Canciller de la Orden Nacional al Mérito certifica que: El Presidente de la República, Gran Maestre, confirió por Decreto Número 2468 de 27 de noviembre de 2000 la condecoración de Gran Cruz de la Orden Nacional al Mérito a Su Excelencia el señor Manuel Emilio Del Monte Urraca.”

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Tan solo estos honores me bastan para sentir, y repetir una parte de la definición de Fernando Savater: “que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros, de que esas razones surgen precisamente de un núcleo no trascendente sino inmanente al hombre, y situado más allá del ámbito que la pura razón cubre”.

LA PIEDRA, EL ENCALADO, Y LOS ACESORES INTERNACIONALES

El presente trabajo lo dedico a los arquitectos, y a las personas interesadas en lo que se ha venido haciendo en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, de 1967 a la fecha. Sé que no serán muchos los que presten atención a lo que voy a relatar a continuación. Pero…no olviden, que por ese desinterés es que las cosas están aquí como están.

El arquitecto dominicano que ha pretendido convertirse en conservador de monumentos, no obstante haberse comportado como seguidores del “complejo de Guacanagarix”, lo mejor es que dejen esa vaina, y se dediquen a otra. Creer que los arquitectos conservadores extranjeros están en mejores condiciones de ponderar, y determinar, lo que se ha estado haciendo en la Ciudad Colonial, es estar equivocado. Para algunos de los nuestros, las opiniones de los foráneos son más importantes que las que ellos mismos sustentan.

“El Problema es que este complejo no solo se relaciona con las inversiones extranjeras, sino también, en los profesionales. Nuestros profesionales son excelentes, pero si llega cualquiera que haya hecho su profesión o un mísero curso en algún país extranjero, los empleadores le dan preferencia por encima de nuestros profesionales locales, importándole poco si estamos mejor preparados y más capacitados, solo por el hecho de que su titulo es de fuera” (Iban Marrero)

De ahí las invitaciones a esas “primadonnas” internacionales, para que opinen sobre lo que estamos haciendo nosotros. En tal sentido, mi participación en varios congresos internacionales del área de conservación y restauración de monumentos, me permitió valorar a muchas de estas primadonnas, que aprovechándose de los cargos que les ofrecen las organizaciones internacionales se desplazan de un país a otro haciendo creer que lo que ellos dicen es palabra de Dios. Y, créanme, eso no es así. En la mayoría de los casos tienen menos conocimientos de que los que predican los mismos anfitriones.

Asistiendo a esos congresos de “guruses” latinoamericanos, me pude percatar que la mayoría de los mismos apenas estaban consientes de lo que tenían entre manos, en sus respectivos países. Y por ello, desde que se me ocurrió invitar a uno, escogí a un español, que asistía a todas las reuniones interamericanas, en su calidad de conservador de algunos de los principales conjuntos monumentales de España. Después de todo, lo que tenemos aquí es exactamente igual a lo que vino de allí, con las variantes propias de la climatología de nuestro territorio, de la imposibilidad de encontrar mano de obra especializada, y materiales de construcción, entre otros.

Cuando el arquitecto José Manuel González Valcárcel vino a Santo Domingo, a finales de 1967, acompañándome de nuestro regreso de Quito, no pudo opinar gran cosa de lo que íbamos a hacer. El terreno estaba virgen, y los trabajos que teníamos proyectados, ni siquiera se habían empezado. Su consejo fue que tuviéramos mucho cuidado antes de empezar. Que se estudiara lo más posible la historia y la configuración del monumento. Por lo demás, el propio monumento, después de despejado de su camuflaje, nos diría lo que tendríamos que hacer.

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En el encuentro de expertos convocado por el responsable de la restauración de las Casas Reales, del que anexo un comentario que apareciera en el periódico El Caribe, al que asistieron, además de González Valcárcel, el historiador alemán Erwin Walter Palm, de grata recordación para los dominicanos, y el arquitecto boliviano José Mesa, con quien compartí algunos de los congresos a los que asistí.

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Después que hayan leído el comentario periodístico, continúen leyéndome. Habrán notado, que González Valcárcel, de gran experiencia en el campo de la restauración, se mantuvo casi sin opinar. Buen diplomático como arquitecto, entendía que no era nada fácil emitir su opinión a la ligera, y, menos, contradecir los otros dos, uno de los cuales, Palm, no era arquitecto, ni experto en conservación de monumentos. Había escrito una excelente obra sobre los monumentos arquitectónicos de La Española, en momentos en que todo nuestro patrimonio se encontraba totalmente desfigurado. Su confusión fue tal, que había catalogado la casa colonial en tres estilos diferentes. Y resultó, que al nosotros empezar los trabajos de restauración del palacio de Nicolás de Ovando, pudimos comprobar que los estilos catalogados por Palm no eran como él decía. De hecho. Que no eran más que una sola edificación dividida en tres.

La conclusión de esta aclaración nos hizo pensar, que había que esperar a que le tocara su turno a cada una de las edificaciones a intervenir, para decidir el tratamiento a seguir.

El tercer experto invitado, el arquitecto Mesa, procedente de Bolivia, con toda y la sapiencia que pudiera tener, nos encontramos que la diferencia, en todo sentido, de la arquitectura colonial boliviana difiere, considerablemente, de la dominicana. Su criterio, al igual que el de Palm, de encalar los exteriores de los monumentos, no se compadecía con lo que debíamos hacer. El que la piedra tenía que ser recubierta y encalada, tampoco coincidía con mi propio criterio. Ni con el del restaurador de las Casas Reales. Por más que se lo explicara, se mostraban incrédulos de mi posición, de tener en nuestra Ciudad Colonial toda una serie de edificaciones, totalmente diferentes a las de Bolivia, y de casi todo el resto de América. Para mí sus opiniones no resultaron válidas.

En lo referente a lo expuesto por Mesa, que la piedra y el ladrillo son materiales deleznables, y la mejor forma de conservarlos es encalándolos, mi opinión es, ¿qué sería de los monumentos milenarios de Europa, y el resto del mundo, en su mayoría compuestos de piedra y ladrillo? Hoy, pasados unos cuantos años de aquellas disquisiciones, a veces arbitrarias, ¿Qué sería del Alcázar de Colón, de la Torre del Homenaje, de la totalidad de las iglesias, de las casas de Nicolás de Ovando, y de las Casas Reales, entre otras monumentales estructuras? ¿Ponerlas igual que la Iglesia del ex Convento Dominico, la Puerta del Conde, y otros, desastrosamente vueltos a camuflar?

Otro detalle que se discutió fue el de la cornisa que remata las dos edificaciones que componen las llamadas Casas Reales, colindantes, pero totalmente diferentes. La cornisa, en este caso tan llamativa, y unificadora, había sido construida en épocas relativamente recientes y aún con todo el esfuerzo que había que dedicarle, lo correcto hubiera sido eliminarla, sustituyéndola por la que debieron haber tenido. Sin duda, de piedra.

Y de esta manera se escribe la historia. Historia que es escrita según el color del cristal con que se mire. Cristal que nos permite ver a través, pero que no debe tener color alguno. Lo que no podrá nunca ser. De ahí aquello de los intereses creados, que logra hacerle cambiar el color a cualquier cosa.

OSCAR DE LA RENTA

Conocí a Oscar Renta Fiallo durante una época en la que comenzaba a trajinar por el reducido mundo de mi país, allá por los finales de los años cuarenta. El tendría unos catorce o quince años, y yo once o doce. Nos veíamos con frecuencia en el Parque Independencia, que entonces lindaba, de norte a sur, con la calle Pina. Recuerdo que él iba a ese lugar en busca de las flores de un árbol de ilan ilan, que se encontraba en el lugar donde estaba la “rosa de los vientos”. De poco hablar, no obstante decía que el perfume de esa flor era algo que le fascinaba. De hecho, con la combinación de esa fragancia y otras, se produjo su perfume “Pour Lui”, según he sabido.

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“El Olor que definitivamente me remonta a mi niñez es el de la flor del Ilan-Ilan , arboles que aún se conservan en el parque Independencia de esta Ciudad. Oscar de le Renta lo utiliza en sus perfumes.
Jaime Enrique De Marchena, Santo Domingo, República Dominicana”

Pasaron los años, y en el año 1968, estando yo como director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), se presentó Oscar a mi oficina. El placer de verlo, y en mi despacho, fue inmenso. Aunque todavía no se había convertido en lo que llegó a ser, sentí que su presencia me transportaba al Parque Independencia. Después de un abrazo, entre viejos amigos, le pregunté cual era el motivo de su visita. Su respuesta no se hizo esperar, tenía interés en adquirir una casa antigua en la Ciudad Colonial, y pensó en mí para que lo ayudara. Le propuse un recorrido por el mejor de los sectores del centro histórico, y sin pensarlo dos veces salimos rumbo a ese sector.

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Después del recorrido me manifestó que la casa ubicada en la calle Padre Billini, justamente a un costado del Parquecito del mismo nombre, y junto a la nuestra, en la que Manuel de Jesús Galván escribió su obra “Enriquillo”, fue la que más le llamó la atención. Iniciadas las gestiones, para las que hice las veces de intermediario, me comuniqué con uno de sus propietarios, el Poeta Franklin Mieses Burgos, quien estuvo de acuerdo en vender. Lamentablemente la negociación no prosperó. Oscar hizo una oferta por debajo de lo que aspiraban los propietarios, y ahí quedó todo. Lo que lamenté enormemente. Posteriormente, la casa fue adquirida por dos ciudadanos italianos, uno de los cuales era un gran amigo del modista italiano Gianni Versace.

Tres años después volvimos a encontrarnos. Una mañana Volvió a mi oficina acompañado de su primera esposa Francoise Langlade, entonces editora de la edición francesa de la revista Vogue. La visita fue con motivo de su última colección. Quería presentarla en Santo Domingo, su ciudad natal, y deseaba que se llevara a cabo en el Alcázar de Colón. Con el propósito de dar a conocer el evento, me solicitó la sede de la OPC, incluyendo su patio, donde se celebró un coctel.

EL sábado 17 de marzo de 1971, de la Renta presentó su última colección de primavera en los jardines del Alcázar de Colón, evento que obtuvo un resonado éxito. Con esta presentación Oscar adquirió una notoriedad en su país, que hasta el momento no había logrado. Se sabía de sus éxitos en New York y otras ciudades del mundo, de galardones como el premio Cotty, y otros, se sumaron a su incipiente notoriedad, que continuó creciendo hasta el día de su muerte.

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Posteriormente, estando residiendo en Miami, fundé con un grupo de amigos la Cámara Dominico Americana de Comercio, Inc., que tuvo un éxito impresionante. Para celebrar su primer aniversario nos propusimos llevar a cabo un gran evento social. Y este fue el motivo para que Oscar y yo volviéramos a encontrarnos. Con la aceptación de la directiva, y los magníficos comentarios que surgieron, lo llamé para preguntarle si le interesaba exhibir su última colección en Miami, y luego de su aceptación viajé, acompañado de otros dos miembros de la directiva a New York. Era la primera vez que presentaba una de sus colecciones en La Florida, y el éxito fue rotundo. El evento se llevó a cabo en el recién inaugurado Hotel Pavillion, ubicado en el centro de la ciudad. Fue amenizado por la Super Orquesta San José, del maestro Papa Molina, y contó con la actuación de la vocalista dominicana Rhina Ramirez.

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Desde entonces solamente volví a ver a Oscar muy ocasionalmente. No obstante debo decir, que el diseñador de modas dominicano Oscar de la Renta, dejará profundas huellas en nuestro país, país que él supo llevar bien alto donde quiera que estuvo, y que desde hace tiempo reunió los atributos para pertenecer al círculo de dominicanos gloriosos de nuestra época.

OTILIO MELÉNDEZ URRACA

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A mi abuelo materno, Felipe Urraca Vidal, no tuve la dicha de conocerlo. Falleció cuando mi madre y sus hermanos eran pequeños, por lo que no tuvieron la dicha de que su padre los pudiera criar, conjuntamente con su madre, Martina Arias Bengoa (Mariquita), mi abuela.

No obstante esa pena, a los cuatro hermanos Urraca Arias Dios les deparó un padre adoptivo quien, además de ser su primo, se trataban como hermanos. Se trata del Doctor Otilio Meléndez Urraca, quien mi madre nos decía, que fue un excelente padre, que los trataba con una dulzura inigualable. Su muerte, inesperada, fue penosísima para los hermanos Urraca Arias, no obstante haber sucedido después que ellos arribaran a su mayoría de edad.

Otilio Meléndez Urraca fue el médico personal del Presidente Horacio Vásquez. Falleció el 28 de diciembre de 1925, víctima de un edema pulmonar, precisamente cuando iba acompañando al mandatario en un viaje a Bayaguana. El Dr. Meléndez Urraca era conocido como “el médico de los pobres”. Su pérdida, muy a destiempo, se constituyó en un duelo para la mayoría de la ciudadanía capitaleña.

Su cadáver fue colocado en un túmulo funerario en la Fortaleza Osama, donde se le rindieron honores de Estado, con una guardia de honor durante el tiempo que permaneció en aquel histórico recinto militar. El Editorial del Nuevo Diario de entonces dijo del Dr. Meléndez Urraca “que fue un político sin eclipse ni mutaciones durante cinco lustros, además de ferviente masón”. A sus funerales asistió prácticamente toda la capital. El féretro fue escoltado en ruta al Cementerio de la Avenida Independencia por Capitanes de la Policía Nacional, envuelto en la bandera nacional.

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ABC (Madrid) – 05/02/1926, p. 32 – ABC.es Hemeroteca
En caché NA (Puerto: Rico) -El, doctor don Otilio Meléndez Urraca, En- WBYMOTJTH, (Inglaterra) -El doctor Thomas Browfte, LA PUBLICACIÓN. DE UNA ESQUELA DA …

El diario ABC de Madrid, España, del 5 de febrero de 1926, página 32, en su sección HEMEROTECA, publicó una nota mortuoria que dice: “En San Juan de la Maguana (Puerto Rico), falleció el Doctor Don Otilio Meléndez Urraca.”

La nota madrileña fue escrita con dos errores. En el primero, menciona San Juna de la Maguana, cuando fue Bayaguana. Y el segundo refiere Puerto Rico, en vez de Santo Domingo, República Dominicana. Lo que no debe sorprendernos, dado el oscurantismo en que se mantenía nuestro país a nivel internacional. No obstante el prestigio ganado, y la fama del Dr. Meléndez Urraca.

El Dr. Meléndez Urraca se graduó de Licenciado en Medicina en el Instituto Profesional en 1901. Fue el primer jefe del Cuero d Médico del Ejército Nacional. Definido como “un devoto de la ciencia médica que vivía en su consultorio con un libro en las manos”, fue exaltado ante la tumba por el notable orador y gran amigo del fenecido, Alberto Font Bernard, el mismo que el 5 de enero de 1926 elevó una instancia junto a otros munícipes para que el Ayuntamiento de Santo Domingo designara una de las calles de la ciudad con el nombre del Dr. Meléndez Urraca.

La conocida periodista Ángela Peña escribió un interesante trabajo sobre el Dr. Otilio Meléndez Urraca, en el cual, al referirse a la calle que llevó su nombre dice: “Purga exaltada borró de la ciudad el nombre de un ciudadano meritorio.” Continuando con el relato de Ángela Peña, extraemos del mismo el siguiente párrafo. “En 1962 se cambió el nombre de varias calles de Santo Domingo por que las personas y sitios homenajeados con esa distinción guardaban relación con el pasado régimen dictatorial que padeció la República. Aunque la mayoría de los eliminados estuvieron vinculados al régimen, otros ni siquiera vivieron en la Era de Trujillo.” Como es, precisamente, el caso del Dr. Meléndez Urraca, quien murió cinco años antes de que se iniciara dicha Era.

La calle que permaneció con su nombre hasta el año 1962, fue designada con el nombre de Luis Manuel Cáceres (Tunti), en homenaje a uno de los héroes del 30 de Mayo. Errores, que con el propósito de desvestir un santo para vestir otro, se han cometido, hasta la saciedad en este país tan especial. Lo que no se podrá cambiar, ni olvidar, es el nombre del Dr. Otilio Meléndez Urraca, héroe, no de batallas, ni por haber actuado a favor o en contra de un político, sino por haberle prestado un eminente servicio al pobre pueblo dominicano. Cuya memoria será recodada por los ciudadanos de bien, que no dependen de la política, ni de ningún político, aunque haya sido el jefe del Estado más difícil de entender.

Al cumplirse, el próximo 28 de diciembre, los ochenta años de su muerte, uno de sus parientes, hijo de una de sus hijas adptivas, se siente orgulloso de rendir este sencillo homenaje a una de las glorias de su familia materna, que sin necesidad de que su nombre sea reconocido por una de las calles de su ciudad natal, reconocimiento que sabemos lo ostentan muchos que no se lo merecen, habrá de ser reconocido, algún día, como el Doctor de los Pobres.

ALGO MÁS SOBRE LA IGLESIA DEL EX CONVENTO DOMINICO

Al volver a referirme a los trabajos que se llevaron a cabo, no hace mucho tiempo, en la Iglesia del ex Convento Dominico que se encuentra en nuestra Ciudad Colonial, he dicho que los mismos desfiguraron, penosamente, el hermoso exterior del templo, construido en el siglo XVI, cuyas fachadas principal, posterior, y lateral norte deberían estar hablando por sí solas.

Como se me hace muy difícil dar una explicación comprensible por esta vía, teniendo que utilizar términos que desconocen la mayoría de mis lectores, expondré una serie de fotografías que deberían poner a pensar a cualquiera. En las mismas se podrá ver como un recubrimiento que nunca existió en las edificaciones coloniales de este tipo, en su época (siglo XVI), tanto en España como en su primera colonia americana, ha sido ocultada la piedra, olvidando que sus constructores provinieron de esa nación. Y más aún, mayoritariamente, de Extremadura, desde donde vinieron los principales conquistadores.

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Cáceres, Extremadura. De donde vino Nicolás de Ovando, y la mayoría de los conquistadores al Nuevo Mundo.

Que al proceder, recientemente, a camuflar el exterior del templo, no fue la primara vez que se hizo, ya que, desde épocas pretéritas se empezó a emplear ese sistema, aunque no tan dramáticamente, que no fue, ni ha sido, una respuesta inteligente, en momentos en que lo que estamos haciendo es totalmente diferente a lo que hicieron nuestros antepasados. Estamos tratando de rescatar, de poner en valor, no de mantener o, concederle un “look” diferente, a los monumentos. En el pasado se hizo, tratando de mejorar la apariencia de estructuras desgastadas. En el presente, hemos aprendido a hacer lo que las cartas internacionales de conservación, y los nuevos aires, nos han enseñado.

Pero si el recubrimiento, esta vez, más grueso, hecho a base de una mezcla cargada de cemento gris, ha contribuido a desfigurar aún más los monumentos que se han intervenido, como en el del caso que nos ocupa, a este hay que añadirle lo distorsionador del color. Como no puedo pensar que se trata de la puesta en marcha de una fórmula que alguien mantuviera debajo de la manga, ni que quien lo ordenara es alguien que quiso exponer uno de sus caprichos, pienso, que más bien fue producto de un concepto que viene practicándose en la Ciudad Colonial desde hace unos cuantos años, y que, de no ser frenado, tendremos que conformarnos con pensar, que no hay más nada que hacer.

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                        Ventanas de piedra, como las paredes, pintadas de blaco.

Por último voy a repetir lo que he dicho infinidad de veces. Esta vez, tratándose de un ejemplar ícono de la arquitectura colonial de nuestro país. Que el exterior del templo dominico fue construido de piedra, no me cabe dudas. Y como tal así tiene que ser mantenido, aunque los discípulos de los cursillos italianos no lo entiendan, o no les de las ganas de entender. La piedra no fue usada como un elemento estructural a ser empañetado, cual estructura moderna de hormigón armado. Como dijo uno de los que nunca han entendido en lo que están metidos. O, han dicho, recientemente, las del clan de arquitectas metidas a restauradoras.

Con afirmaciones como estas, además de la que proponen, consistente en embarrarlas de diferentes colores, cuyas muestras, correspondientes a principios del siglo XX, han podido descubrir en investigaciones arquitectónicas, dan ganas de llorar. O, más bien, de reír. A lo que cualquiera se pregunta, ¿cómo puede una nación que se respete verse impelida a tener que disponer de ignorantes para cuidar sus valores más preciados?

Pero, no obstante cuantos disparates puedan seguir saliendo a la luz, es de esperarse que algún día podamos ver nuestros monumentos lucir como fueron, aunque para ello no necesariamente tengan que producirse cambios políticos significativos. En un país en el que la política está por encima de todo, solo por política suceden cosas como estas, especialmente, en momentos en que tratamos de enrumbar nuestro futuro por senderos de civilización y modernidad.

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La foto que aparece a continuación es producto de una manipulación digital realizada por el competente fotógrafo Papío Báez, en la que se muestran las diferencias entre la chapucería y lo auténtico. Lo que se hizo fue plasmar, gráficamente, lo que estamos seguros fue plasmado en por los constructores del siglo XVI. Como se podrá ver, hemos puesto la piedra donde todavía existe, con excepción de las paredes de la entrada lateral al templo, y la galería sobre esta, que no fue posible componer por inconvenientes técnicos. Pero, donde estoy seguro, también se podrá encontrar la piedra camuflada.

El hecho de que no se hayan tomado en cuenta estas atrevidas observaciones, no es problema nuestro. Sabemos que en este país no prospera la verdad, sino lo que más convenga a los intereses del momento, aunque sea falso.

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Las partes color naranja no pudimos ponerle la piedra, como debe ser.

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (24) NO PODIA FALTAR LA POLÍTICA (5)

A los pocos días de encontrarme al frente de la DNPM recibí un oficio procedente del Secretario de Cultura en el que me reprochaba que me estuviera comunicando directamente con el Presidente. Ya que como subalterno de la Secretaría que él comandaba yo tenía que dirigir mis comunicaciones a la presidencia al través de él. Con este primer altercado se demostró que el paso de trasladar la dependencia de Patrimonio de la Presidencia a Cultura fue un grave error. Esa tramitación burocrática entorpecería mis gestiones, acostumbrado como estaba que ningún carajo se interpusiera en mi camino. Lo que resultó fatal para la institución, que empezaba a decaer, hasta llegar a donde ha llegado.

Después de haber sufrido los cambios producidos por presidentes, no estadistas, que lo único que han hecho ha sido acomodar las cosas a sus intereses, el traspaso de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC) de la Presidencia de la República a la Secretaría de Cultura, primero, luego Ministerio de Cultura, los resultados, desde el principio, han sido catastróficos. En un país como el nuestro, en el que la envidia, las zancadillas, serruchaderos de palo, y no sé cuantas cosas más, proliferan, interrumpiendo, cuando no obstaculizando a quienes dedican su tiempo a producir hechos concretos, disponer que un organismo, o un funcionario cualquiera, pase a depender de otro organismo, o funcionario cualquiera, conociéndose las arbitrariedades propias de los dominicanos, no deja de ser un grave error.

Lo demostró el presidente Balaguer, estadista de por sí, conocedor la las trapacerías de sus gobernados, cuando al crear la OPC, en el año 1967, llevándose de consejeros internacionales, la puso a depender de la Dirección General de Turismo. No tardó un año en darse cuenta que esa medida no procedía, y la traspasó a la Presidencia de la República, permaneciendo así, hasta que los genios del populismo corrupto determinaron traspasarla al llamado Consejo Presidencial de Cultura, presidido por un canta autor, más adelante convertido en Secretaría de Estado de Cultura, para terminar como Ministerio.

De ahí, que se necesitaría disponer de ángeles del Cielo para que los organismos dependientes de otros organismos puedan realizar las tareas que le han sido encomendadas, sin tropiezo alguno. O con el menor de los inconvenientes posibles. El gobierno que se inició en 2004 se inició nombrando como Secretario de Cultura a un empleado de la Fundación Global de Desarrollo (FUNGLODE), quien se convirtió en el responsable de los males que empezaron a aquejarle a la autoridad responsable, legalmente, de dirigir los destinos del patrimonio cultural de la República.

Más adelante el gobierno actual (2012-2016) repitió los mismos errores, nombrando a otro canta autor en el ministerio, sin entender nada de lo concerniente al patrimonio cultural. No siendo su culpa, sino del jefazo que los puso donde no cabían.

Volviendo atrás, y actuando con mi propia responsabilidad, en el transcurso del mes de marzo de 2005 organicé una excursión a las ruinas del Ingenio de Engombe, con el propósito de dar continuidad a nuestro propósito de dar a conocer nuestro patrimonio histórico donde quiera que existiera. A la misma asistieron los Embajadores de EEUU, España y Alemania, al igual que el Nuncio Apostólico, amigos personales, y parte del personal de la DNPM.

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Otro de los tropezones que tuve fue con la Subsecretaria de Cultura para Patrimonio Cultural, a quien después de un lamentable intercambio de palabras en su despacho, me retiré, para no volver a tratar temas de los que no entendía. Otro, que fue, precisamente, el último de las desavenencias con el Secretario de Cultura sucedió cuando me vi precisado a viajar a los Estados Unidos en procura de resolver un asunto relacionado con mi salud. Después de obtener los permisos de viaje correspondientes me fui directo a casa de una de mis hijas en New York. No hice más que llegar recibí una llamada telefónica de mi asistente, la señora Luicelle Everts de Imbert, quien entre sollozos me dijo, que el nuevo Subsecretario de Cultura (la anterior se había ido del país para acompañar a su marido, que iba a España como Embajador) se había apersonado a las oficinas de Patrimonio, enviado por su jefe, a solicitar las llaves de mi despacho, del escritorio, y del carro que tenía a mis servicios.

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Para hacer la historia más corta diré, que el sujeto al que me refiero es hijo de un primo hermano mío, quien frustrado por la pésima gestión que había cumplido, como muchacho de mandado, se sintió avergonzado, y renunció. A pocos días de ese último altercado, provocado por los desaciertos de uno de los funcionarios más queridos por el Presidente, fui hospitalizado para ser intervenido de cáncer. Intervención que resultó tan exitosa como lo ha sido el post operatorio, hasta el día de hoy, casi diez años después.

No había regresado al país, cuando fui sustituido en mis funciones y, sin consultármelo, fui nombrado Consejero del Poder Ejecutivo, cargo del que ni me juramenté, ni fui llamado a nada. En cambio renuncié. Para no dejarme en el aire, procedieron a pensionarme. Concluyendo, de esa manera una carrera al servicio de mi país, país, que como lo podrán notar, no anda muy bien que digamos.

Después de concluido un largo período de mi vida, tan largo como más de la mitad de la misma, he permanecido sentado en las gradas, desde donde me he permitido observar lo que ha venido ocurriendo en la República Dominicana, en su gloriosa capital, y en su principal centro histórico, atreviéndome a decir que con las políticas llevadas a cabo por el presidente Fernández, y su sucesor, al igual que las de los distintos alcaldes del Ayuntamiento del Distrito Nacional, me hacen pensar en que algo tendrá que pasar, y ojalá no sea muy grande.

En el interín me he dedicado a escribir artículos sobre el tema que domino, y sobre algunas de las memorias que no llenaron las expectativas en BATALLAS DE UNA VIDA, y por ello, estas anécdotas.

Como he decidido tomarme un “brake”, con esta remembranza doy por terminado este recorrido virtual, que he acompañado con fotografías de algunos de los encuentros en los que he participado, que guardan relación, exclusivamente, con mi traumático paso por la política.

DESPEDIDA FLAMENCA

Transcurría la década de los setenta, años de realizaciones y de atenciones, le ofrecimos una despedida en nuestra casa colonial al Embajador Aurelio Vals, quien ya se había constituído en un gran amigo nuestro.
!Época hermosa¡ En la que surgía un sueño, que parecía imposible de espantar. Pero….

La deliciosa velada fue amenizada por un grupo de amigos pertenecientes a la Rondalla de la UASD.

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ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (23) NO PODIA FALTAR LA POLITICA (4)

Estando en Bogotá, Colombia, ejerciendo las funciones de Embajador a la Carrera, viajé a Cartagena de Indias, para participar en la reunión del Grupo de Río al que se había hecho miembro nuestro país. El presidente Fernández asistió en compañía del Canciller Eduardo de la Torre.

Concluida la cumbre, llegó el momento de despedirnos de la heroica ciudad amurallada. Esa mañana fui a desayunar al comedor del regio Hotel Santa Clara, donde nos hospedamos, y una vez allí me dirigí a la mesa en la que estaba la delegación dominicana. Le comenté al Canciller mi necesidad de viajar antes que el Presidente. Había un tranque de vuelos, y si no tomaba el que tenía reservado, tenía que quedarme sin saber hasta cuando. Este me dijo que no habría ningún problema, pero que fuera a decírselo al Presidente. Al no verlo, pregunté donde se encontraba, y me dijeron que estaba sentado solo en otra área del comedor, al otro lado de donde ellos estaban.

De inmediato me dirigí a la mesa donde se encontraba el Presidente solo, y de pie, sin que me pidiera sentar, le expliqué el caso. Sin inmutarse me contestó, que no me preocupara. Que me fuera sin problema.

Durante su visita a Bogotá, adonde había sido invitado por el presidente Andrés Pastrana, tuve varias oportunidades de verlo, y en ninguna de estas pude conversar a solas con él. No parecía que yo era su representante en Colombia. Solo estuve con él, acompañándolo, junto a su comitiva, a una gira por librerías.

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No volví a ver a Leonel Fernández, hasta que empezó la nueva campaña en procura de la presidencia de la República la que, por cierto, volvió a ganar. Todavía conservando el sabor amargo de la experiencia anterior, acepté la propuesta de mis compañeros del Comité Gestor Pro Turismo Cultural, que trabajaba en mejorar las condiciones de la Ciudad Colonial, de organizar un encuentro con el nuevamente candidato a la presidencia, que se llevó a cabo el 20 de noviembre de 2003, en el Hostal Nicolás de Ovando. Nuestro propósito fue advertirle, una vez más, de la necesidad de ponderar la situación en que se encontraba la Ciudad Colonial, y hacer algo por ella. Acto al que asistió un numeroso público de interesados en el tema. En sus improvisadas palabras Fernández manifestó su interés en el tema, y dando minuciosos detalles de lo que nunca cumpliría, sorprendió, como de costumbre, a la concurrencia.

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A propósito de la oscuridad que había vuelto a ensombrecer las calles y plazas de la Ciudad Colonial, el Comité Gestor Pro Turismo Cultural decidió cumplir con lo prometido en el encuentro del Nicolás de Ovando, consistente en devolver el esplendor perdido a la Ciudad Colonial, debido al poco interés puesto por las autoridades del gobierno anterior (2000-2004). El 18 de agosto de 2004 fue celebrado en el Parque Colón un conmovedor acto en el que se volvieron a encender las luces, que la Oficina Patrimonio Cultural (OPC) y la Agencia Española de Cooperación habían instalado, hacía cuatro años. En el acto, al que asistió en vicepresidente de la República, Dr. Rafael Alburquerque, y el Lic. José Manuel López Valdez, presidente de la Asociación de Bancos de la República Dominicana, que había donado la suma de un millón y medio de pesos para adquirir bombillas, transformadores, y otros elementos, en la misma fábrica española de Pamplona, y en el que pronuncié unas palabras. Me despedí de todo lo que tuviera que ver con lo que había estado luchando por más de cuarenta años, y desee suerte a quien asumiera la dirección del programa, que permanecía acéfalo desde que cancelaran al que lo dirigió durante los cuatro años del gobierno anterior.

Al finalizar el acto, el Secretario de Cultura se me acercó para pedirme que aceptara el cargo que había desdeñado, lo que provocó una discusión, a la que intervinieron otros invitados al acto. La conclusión fue, que no estaba dispuesto a que se repitiera un nuevo calvario. Que la situación lucía muy parecida, sino peor, a la anterior.

De regreso a casa, me encontré con un grupo de amigos, que al salir del acto se fueron a tomar una cerveza en la cafetería La Esquizofrenia, frente al Parque Colón. Allí fui aconsejado a que meditara bien lo que finalmente decidiría. Di las gracias, y me despedí junto a mi esposa.

Al día siguiente, 19 de agosto de 2005, fui a ver al vicepresidente Alburquerque, y le plantee la situación como yo la veía. Después de un intento fallido, transcurrieron casi siete meses sin que se resolviera el impasse, y sin que se volviera a hablar de tema. Viéndose la DNPM en la desgracia de tener que navegar a la deriva, hasta que una mañana del 1 de marzo de 2005 recibí una llamada telefónica del vicepresidente Alburquerque, quien me dijo, “Manuel, aquí tengo tu nombramiento, pasa por mi despacho cuando puedas”. Sin articular palabra, cerré el teléfono, y me fui a cambiar de ropa, para dirigirme al Palacio. Una vez allí me recibió el Dr. Alburquerque, quien de inmediato me entregó el decreto mediante el cual fui designado, por tercera vez, Director de la nueva OPC. Palabras no muy agradables hubieron de mi parte, a las que el vice me confió en que todo sería diferente. Llamó al Secretario de Cultura para decirle que yo iría a verlo para coordinar la toma de posesión correspondiente. Agradecí a mi viejo amigo Rafaelito su noble empeño, y me dirigí a la antigua sede del Partido Dominicano, donde se encuentra instalada la Secretaría de Cultura.

Una vez allí, y después de hacerme esperar una media hora, fui recibido por el flamante funcionario, quedando en posponer lo acordado para el otro día. Día en que se inició la desavenencia entre los dos. El acto, de relativa importancia para la administración gubernamental, se vio colmado de personalidades, entre las cuales figuraban varios Embajadores y representantes de organismos internacionales. Antes del inicio del mismo el Secretario se me acercó para decirme que empezaríamos el acto tan pronto yo quisiera, y que tendríamos que celebrarlo en el lugar en que nos encontrábamos (galería del primer piso y patio), ya que “la claque” que yo había convocado no cabria en el despacho del director.

Después de una improvisada bendición, impartida por el Nuncio Apostólico de Su Santidad, Monseñor Timothy Broglio, y de las palabras del Secretario, me correspondió clausurar el acto, en el que, después de dirigirme al Secretario, y al Nuncio, hice lo propio con los amigos de “la claque”, a quienes di las gracias por su asistencia, sin que de mi parte los hubiera invitado. Como comprenderán, en ese momento debí haber renunciado, y no volver jamás a pisar el lugar que dependía de la Secretaría de Cultura. De una cultura muy diferente a la que yo he concebido desde siempre y, lamentablemente, la que sería convertida en un ente personalizado por el que pronto sería convertido en ministro, al servicio de su amado jefe.

Continuará…

PEDRO DE VALDIVIA

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Pedro de Valdivia (Villanueva de la Serena, Extremadura, España, 17 de abril de 1497 — Tucapel, Nueva Extremadura, 25 de diciembre de 1553) militar y conquistador español de origen extremeño. Descendía de una familia de hidalgos, muchos de cuyos antepasados habían seguido la carrera militar. Su padre fue Pedro Oncas de Melo y su madre Isabel Gutiérrez de Valdivia.

Inició su carrera militar como soldado hacia 1520, prestando servicios al emperador Carlos V en Italia, donde le tocó participar en la famosa Batalla de Pavía. En Flandes, sirvió bajo las órdenes de Enrique de Nassau y en Italia fue subalterno de Próspero Colona y del Marqués de Pescara.

Se embarcó para América en 1535. Junto a él viajó Gerónimo de Alderete y ambos participaron en la conquista de la provincia de Paria en Venezuela, donde se creía que existían abundantes riquezas.
Estando en Santo Domingo, debió sumarse a la expedición que la Real Audiencia de esa ciudad envió al Perú -conformada por 400 hombres al mando de Diego Fuenmayor- para auxiliar a Francisco Pizarro, quien estaba combatiendo una insurrección indígena. Su participación en este conflicto y la que tuvo luego en la guerra civil entre pizarristas y almagristas, fue recompensada con la asignación de un repartimiento de indígenas -encomienda- en el valle de la Canela y una mina de plata en Porco.

Arribando al final de su exitosa carrera como conquistador de un territorio hermoso, cuyos habitantes se distinguieron por ser de los más aguerridos, Valdivia llevó a cabo su último encuentro con los araucanos.
En enero de 1550 inició una nueva campaña hacia el sur siguiendo la ruta que había tomado tres años atrás. Valdivia estaba nuevamente enfermo, pero se hizo transportar por los yanaconas durante el trayecto, tomando de cuando en cuando su caballo a cargo de su paje, Lautaro. El 24 de enero llegó a la zona de Penco y alcanzó el Bío-Bío y lo cruzó, mientras grupos de locales le vigilaban, de noche una masa de dos mil de ellos le atacaron siendo rechazados, tras esto el 22 de febrero llegó al río Andalién, donde acampó.

Valdivía se afortinó en el lugar, el cual daría fundamento a la ciudad de Concepción. Nueve días más tarde se presentaron otra vez los araucanos formados en escuadrones armados con hachas, flechas y lanzas, más mazas y garrotes y atacaron el fuerte. La batalla se decidió en una sola carga de caballería, en el cual murieron o quedaron malheridos 900 indios. En esta batalla murió Michimalonc.

A los sobrevivientes, Valdivia los mandó a amputar su mano derecha y nariz como señal de escarmiento y los liberó para que sembraran el pánico, esta forma de hacer la guerra se volvería contra los mismos españoles. Esta acción, además, fomentó el odio de un indio que tenía como paje llamado Lautaro.
Valdivia permaneció todo ese año de 1550 en el fuerte de Penco fundando formalmente Santa María De La Inmaculada Concepción, el cual sería el tercer poblado importante después de la Serena y Santiago. Allí se instalaría la Real Audiencia.

Junto a esto, Valdivia estableció una relación con María Encio, venida con él desde Perú y traída desde Santiago, e hija de uno de sus prestamistas.

El poblado era un fuerte y estaba rodeado de zonas semi pantanosas, además de ser una región de grandes lluvias e inviernos largos. Valdivia debido a la convalecencia de su enfermedad no pudo avanzar más, en parte también por el avance del invierno. En el futuro Concepción sería plaza fuerte principal en la Guerra de Arauco.

Dentro de esta campaña, llega al valle de Guadaba lafquén (actual ciudad de Valdivia), y al notar que ésta se encontraba a orillas del Ainilebu (río de los Ainil) que habían denominado siete años antes en honor a él con el nombre de Valdivia, decide fundar una ciudad que llevara por nombre su apellido, es así como funda la ciudad de Valdivia, el 9 de febrero de 1552, a las orillas del río Valdivia, continuación del río Calle-Calle. Un testigo describe el hecho:

Visto el Gobernador tan buena comarca y sitio para poblar una ciudad y ribera de tan buen río, y teniendo tan buen puerto (dice) fundó una ciudad y la llamo ciudad de Valdivia, e hizo Alcaldes y regimiento. Fundose (concluye) el nueve de febrero año de MDLII.

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Valdivia personalmente al mando salió con 50 jinetes más auxiliares desde Concepción el 23 de diciembre de 1553 en demanda del fuerte de Tucapel, donde creía ya reunidas las fuerzas de Gómez de Alvarado. Pernoctó en Labolebo, a orillas del río Lebú, y temprano en la mañana envío una patrulla de avanzada con cinco soldados a cargo de Luis de Bobadilla.

Estando ya a media jornada del fuerte de Tucapel, era muy extraño no tener noticia alguna del capitán Bobadilla. El día de navidad de 1553, se pone en marcha de madrugada y al llegar a las inmediaciones de la loma de Tucapel se sorprende del silencio absoluto reinante. El fuerte estaba totalmente destruido y sin un español en las inmediaciones.

Mientras hacían campamento en las humeantes ruinas, de súbito el bosque se llenó de rugientes chivateos y golpes en el suelo. Sin más aviso, una masa bien encuadrada de indígenas se precipitó hacia la posición española. Valdivia, capitán de mil batallas, apenas pudo armar sus líneas defensivas y aguantar el primer choque. La caballería cargó sobre la retaguardia del enemigo, mas los mapuches tenían prevista esta maniobra, y dispusieron lanceros que contuvieron enérgicamente la carga. Con su habitual valor y resolución, los españoles lograron descomponer la primera carga de los indígenas, que se retiraron con crecidas bajas desde la loma a los bosques. Los de Valdivia comenzaban a saborear su acostumbrada victoria.

Pero apenas bajaban las espadas cuando irrumpió desafiante un nuevo escuadrón indígena; hubo que rearmar líneas y volver a dar carga con la caballería. Los mapuches, además de los lanceros, tenían ahora hombres armados con mazas, boleadoras y lazos, con los que lograban desmontar a los desconcertados jinetes españoles, y asestar un definitivo mazazo en el cráneo cuando intentaban erguirse del suelo.

Se repitió una vez más el cuadro: al toque de un lejano cuerno el segundo escuadrón se retiró dejando algunas bajas, y un tercer contingente se presentó fresco a la batalla. Esta vez estaba detrás el arquitecto de la invencible estrategia de los batallones de refresco, Lautaro.

La situación de los castellanos era desesperada. Valdivia ante el cansancio y las bajas, reunió a los disponibles y se lanzó a la lucha encarnizada. Ya la mitad de los españoles yacían en el campo y los indios auxiliares mermaban.

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En un momento del combate, viendo que se les iba la vida, Valdivia se dirige a quienes aún le rodean y les dice:
—«¿Caballeros qué hacemos?»—
El capitán Altamirano, tan valeroso como arrebatado, responde como conquistador español:
—«¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!»—

Pronto la batalla estaba perdida y el jefe dispuso la retirada, pero el propio Lautaro cayó por el
Flanco, produciendo el desbande. Era justo lo que Valdivia no deseaba y los indios se dejaron caer uno a uno sobre los españoles aislados. Sólo el Gobernador y el clérigo Pozo que montaban muy buenos caballos lograron tomar camino de huida. Pero al cruzar unas ciénagas, los caballos se empantanaron y fueron capturados por los indios.

Según algunos historiadores, en un acto de justicia por las mutilaciones y masacre a los indígenas que ordenó luego de la batalla de Andalién, Valdivia fue llevado al campo mapuche donde le dieron muerte después de tres días de atroces torturas, que incluyeron cercenamientos similares a las realizados por el conquistador para escarmentar a los indios en aquella batalla. El martirio continuó con la amputación de sus músculos en vida, usando afiladas conchas de almeja, y comiéndolos ligeramente asados delante de sus ojos. Finalmente extrajeron a carne viva su corazón para devorarlo entre los victoriosos toquis, mientras bebían chicha en su cráneo, que fue conservado como trofeo. El cacique Pelantaru lo devolvió 55 años después, en 1608, junto al del gobernador Martín Óñez de Loyola, muerto en combate en 1598.

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Aunque La Española no está grabada en la historia de Pedro de Valdivia como caítulo importante, me he permitido incluirlo en estas narraciones por haber sido uno de los más aguerridos conquistadores que registra la historia de la conquista de América, y menos conocida. Al igual que la mayoría de ellos hicieron escala en nuestra isla, y desde aquí salieron a cumplir su misión de conquistar y fundar de ciudades.

Con este relato culmino esta serie que, con la ayuda de Internet, me he permitido hacer, con el propósito de colaborar con la incomprendida historia de un acontecimiento que jamás volverá a repetirse, así como del arrojo de unos hombres, que mucha falta están haciendo.
A diferencia de lo acontecido con algunos de los conquistadores de América, como es, precisamente, el caso de Nicolás de Ovando, su coterráneo extremeño Pedro de Valdivia ha sido aclamado por el pueblo chileno, y su figura reverenciada con uno de los monumentos más extraordinarios que se hayan erigido en memoria de estos. Y es en la plaza de armas de Santiago, justamente frente a la Catedral, donde se levanta el singular monumento.

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Espero hayan disfrutado esta serie de los Conquistadores, aunque no estén de acuerdo con lo narrado. De haber sido así, no estaría de más que los reenviaran a los jóvenes estudiantes que conozcan, de manera que puedan completar, o variar, la idea que les hayan transmitido en sus escuelas los enemigos de la gesta descubridora, y conquistadora del Nuevo Mundo.

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (22) NO PODÍA FALTAR LA POLÍTICA (3)

Fue así, como nuestro empeño en resolver lo de los cables y la iluminación de nuestra Ciudad Colonial se fue a la porra, como solemos decir los dominicanos. Y con ella el empeño de un reducido grupo de soñadores de ambas nacionalidades, que nos vimos obligados a terminar cuanto que se pudiera con los recursos españoles. Y así, a medio talle, quedó la iluminación, hasta que, finalmente, hace un año se buscaron los fondos necesarios, y se retomó el proyecto descontinuado hace 16 años, que espero llegue a buen término.

Sintiéndome acorralado por la ineficiencia administrativa, y por el mismo desinterés que ha primado en el dominicano, que con un “yo no me doy cuenta” resuelve lo que no es capaz de resolver, solicité un par de veces audiencia al presidente Fernádez, sin que las mismas se vieran complacidas. Al cabo de un tiempo recibí un oficio del señor Juan Delancer, asistente del presidente, en el que, además de excusarlo, me decía que no le iba a ser posible por “ahora”.

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No obstante las desilusiones que empecé a recibir, continué trabajando como acostumbro. El 14 de octubre de 1997 le dirigí una comunicación al presidente Fernández, que tenía reservada para entregársela personalmente, mediante la cual ponía a su conocimiento el conjunto de proyectos que habíamos elaborado. Entre estos se encontraban;

SANTO DOMINGO
1. Climatización y acondicionamiento del sistema eléctrico del Alcázar de Colón, y su entorno
2. Ambientación paisajística de la Plaza España
3. Rescate de la antigua sala de cine Rialto, y de la edificación contigua, y su conversión en una
sala para teatro, y círculo cultural.
4. Remodelación del edificio que ocupa el Monte de Piedad, y su conversión en oficinas para ser
puestas a la disposición de particulares.

SAN PEDRO DE MACORIS:
1. Restauración del edificio conocido como Casino Puertorriqueño.
2. Consolidación y ambientación de las ruinas del antiguo Teatro Colón
3. Restauración del antiguo templo que ocupa la Iglesia Evangélica “Moroviana”

PUERTO PLATA:
1. Restauración del Faro Metálico
2. Restauración de una casa victoriana para instalar las oficinas de Patrimonio Cultural de P. P.

SANTIAGO:
Restauración del Puente de Nivaje y su entorno

AZUA:
Rescate del Yacimiento arqueológico de la ciudad de Compostela de Azua (Pueblo Viejo)

EL SEIBO:
Reparación de la Iglesia de la Santa Cruz

SAMANA
Reparación de la antigua Iglesia Evangélica Dominicana

De este paquete de proyectos, cuyo monto ascendía a la suma de unos cincuenta millones de pesos, aproximadamente, solo fue aprobado el del Alcázar de Colón, a un costo de RD$6,336,345.33, de los cuales solo recibimos un 10%. Por lo que hubo que deshacer lo que se había empezado, y olvidar el resto.

En medio de aquella lamentable situación, fui elegido miembro de una comisión que se encargaría de la restauración del Palacio Nacional, con motivo del Cincuentenario de haberse construido. Después de asistir a la primera reunión, convocada por su presidente, el Secretario Administrativo de la Presidencia, Ing. Diandino Peña Presbot, jamás volví a ser convocado. De lo que me alegré, dados los desacertados pasos que se dieron, entre los cuales hay que destacar la pintura aplicada a todo el exterior, cuya terminación original es a base de “perrilla”(simil piedra Paris). “Revestimiento mural continúo de alta elasticidad que imita perfectamente la piedra natural por su composición a base de minerales y componentes cementicios”. La que por sus características debe mantenerse siempre libre de pintura, y cuando se ensucie lavarla a presión.

La conclusión del trabajo que le fuera encomendado al Secretario Peña Presbot fue la impresión de un lujoso libro de 445 páginas, en las que no se dignaron mencionar mi nombre, no como quien soy, que no me hacía falta, sino como Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), a nombre de la que fui seleccionado como miembro.

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Viendo en conjunto la situación que se me presentaba, y cumplida mi premonición, así como el concepto que tengo de lo que es un funcionario, no un sello gomígrafo, fui a ver al señor Don Antonio Fernández Collado, con quien mantenía estrechas relaciones de amistad. Al comentarle parte de lo que ya él sabía, y expresarle mi decisión de renunciar, me pidió que esperara, que las cosas podían mejorar, y si no, que le dijera lo que yo deseaba. “Don Antonio, le dije, a mi no me interesa nada que sea de esa manera. No obstante, si desean complacerme, que me nombren en una buena Embajada.” Poco tiempo después recibí una llamada del Vicecanciller Guido D´Alessandro, en la que me expresó: “Dice el presidente, que si te interesa ir de Embajador a Colombia.” Y sin pensarlo dos veces le dije que sí.

Y así fue como salieron de mí. O yo salí de “ellos”. El paso siguiente fue tomar el juramento correspondiente, el cual usualmente lo hace el propio Presidente, que es a quien un Embajador va a representar. Pero, la situación fue diferente. La juramentación se llevó a cabo conjuntamente con varias personas nombradas en diferentes cargos. A seguidas di las gracias al Presidente, y me despedí.

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Continuará…