1960 – 1967

Lo que van a leer a continuación no es un capítulo de una biografía, ni el ensayo para una novela historicista. No. Se trata de algo que tenía guardado en mi pecho, desde hace tiempo, con el propósito de expresar en pocas palabras quien me considero ser, y no lo que otros piensen. Al menos en un aspecto poco conocido de mí, que algunos, o muchos de mis conciudadanos, se han atrevido a juzgarme según sus propios criterios y experiencias. Conceptos que dependen de quien sea, y, o, por motivos de cual haya sido su relación con migo. Si familiar, social o profesional.

Veamos.     

Transcurrió el tiempo, vertiginosamente, a partir del 15 de octubre de 1960, día en el que me vi forzado a abandonar mi país con rumbo a New York. Debí hacerlo cuatro meses después de ser excarcelado del penal de La Victoria. Tema del que no me apetece volver a hablar más, después de esta lucubración, mientras vida tenga. Fue de esa manera como a partir de esa fecha me vi forzado a vivir  expulsado de mi patria por culpa de unos insignificantes chivatos, que organizados en el funesto Sistema de Información Nacional (SIN) se otorgaron las decisiones de manejar las relaciones del gobierno con la ciudadanía, en algunos casos sin que la más alta jerarquía gubernamental estuviera informada. Tiempo, que se tornaría indefinido, en el que se suscitaron tantas arbitrariedades, que hoy cincuenta y siete años después, disfrutando de buena salud, y una vida apacible y cargada de recuerdos me han entrado ganas de desentilichar algunos para complacer o poner a pensar a algunos.

No fue nada fácil para quienes me conocían admitir que por el simple hecho de decir “ese cargo se lo darán a quien diga Chapita”, cambiado por la fiscalía por el de haber estado escuchando Radio Rebelde de Cuba, fui encarcelado y excarcelado seis meses después. Sin que ni siquiera se tomara en consideración mi estrecha amistad con la hija del Dictador. Amistad que conservo todavía.

No llegaron a transcurrir cuatro meses para que me fuera concedido el permiso de salida del país. Gracias a un amigo que había estado preso junto con migo que fue quien llevó mi solicitud al Gobernador del Distrito junto a la de él. Con el permiso en mis manos me dirigí a la Dirección de Pasaporte, y de ahí al Consulado norteamericano. Ya, con toda mi documentación en mi poder me dirigí a la aerolínea Varig para adquirir el pasaje para viajar a New York. Y en términos de 24 horas me encontraba en el aeropuerto de Santo Domingo para tomar el vuelo.

A mí llegada a la ciudad de los rascacielos, a media noche del mismo día, fui recibido por Diamela Werzl Del Monte y Viola Selig Del Monte, dos primas hermanas que residían en Midtown Manhattan con quien nos dirigimos al edificio donde vivía mi tía Josefa Del Monte. Llegamos a nuestro destino, cargado de regalos y productos, que tiempo después no serían posible introducir a los EEUU.

Antes de subir al séptimo piso en el que vivían mis parientas abrieron la puerta de uno de los dos apartamentos de la planta baja, donde residía la familia Guerreo Castro, ansiosos por enterarse de las últimas noticias. Siendo tal la alegría y el entusiasmo del grupete reunido allí, que fue necesario llamar a la tía para que se integrara al encuentro, que duró hasta altas horas de la madrugada.

Consciente de que había llegado a una ciudad que soñaba conocer desde que tuve uso de razón me acosté sin haber visto más que por donde pasábamos, desde La Guardia, que era como se llamaba el aeropuerto de New York, hasta la calle 108 entre las avenidas Broadway y Amsterdam de Manhattan. Que no fue mucho, dada la oscuridad de la noche.

No pasaron más de tres días cuando mi prima Diamela me acompañó a sacar el carnet del Social Security, para lo que no hacía falta ser residente legal, y a seguidas fuimos hasta Brooklyn, donde según un anuncio de periódico se solicitaba un draftman (dibujante) en una compañía de arquitectos. Una vez llegamos a Borough Hall, frente al City Hall, donde se encontraba el edificio de Court Street 22, nos dispusimos a subir a la planta 22, que era donde se encontraban las oficinas de Beatty & Berlenbach Architects.

Acomodados en el despacho del Arq. George Eduard Beatty, FAIA, fui atendido por este. Terminada la entrevista, haciendo uso de mi precario inglés, fui aceptado, y contratado según los términos dispuestos para el caso. Me es imposible ocultar la emoción que sentí en lo más profundo de mi alma, al verme integrando a unas oficinas en las que la totalidad de sus componentes, si no me doblaban la edad, al menos me llevaban unos cuantos años, y que tan gentilmente me recibieron todos, desde la secretaria hasta el más joven de los arquitectos, que al ser descendiente de italianos pudimos entenderno mejor.

Al día siguiente, sentado frente a la mesa que me había sido asignada, junto al ventanal corrido que bordeaba tres de los lados del amplio salón, atraían mi atención los trabajos de restauración del City Hall, dependencia antigua de la  alcaldía del Condado de Brooklyn que se encontraba en deplorables condiciones. Y fue en esos precisos momentos en los que sentí el primer llamado que determinaría mi futuro como arquitecto restaurador de monumentos. Y desde cuando se fijó en mi turbada mente el deseo de rescatar el patrimonio histórico de mi país, entonces en precarias condiciones.

Fotografía de la Alcaldía de Brooklyn (1848) a cuyo lado derecho se encuentra el edificio en cuyo penthouse se encontraban las oficinas de Beatty & Berlenbach.

Otra de las experiencias que contribuyeron a forjar en mi espíritu la ambición de convertirme en conservador de monumentos con o sin título fue mi último trabajo para la empresa, en la que llevaba alrededor de cinco años, consistente en la responsabilidad que se puso sobre mis hombros de hacerme cargo, conjuntamente con otro compañero, de los trabajos de levantamiento de un antiguo hospital que había dirigido la Santa Madre Cabrini, y diseño del nuevo uso que sería un edificio de apartamentos en la modalidad de cooperativa, en boga en aquellos tiempos en el Estado de New York.

Mother Cabrini Memorial Hospital ubicado en Washington Hight, New York

Sin detenerme ni siquiera a pensarlo, me había envuelto en un proyecto de restauración y revalorización de una estructura histórica, que si bien no era tan antigua como las del Santo Domingo Colonial, reunía la condición de haber sido la sede del hospital que fundara y dirigiera la primera santa norteamericana.

Al ir pasando los días, las semanas, y los meses, me fui percatando de cuantos detalles me fueran necesarios para poder integrarme de cuerpo y alma, no solo a la empresa en la que estaba trabajando, sino a la gente de la ciudad y el país que me habían acogido, a quienes veía muy dispuestos a ofrecerme lo que fuera necesario para hacerme sentir parte de ellos. Lo que siempre he agradecido a Dios por permitirme obtener una formación que de no haber sido así, nunca hubiera llegado a ser lo que soy, ni realizado lo que he hecho. No obstante haber permanecido fiel a mis costumbres y enseñanzas impartidas por mis padres, y los hermanos del Colegio Dominicano de La Salle.

Junto a mis compañeros del Colegio de La Salle

No había transcurrido mucho tiempo de estar prestando servicios a la empresa cuando el Arq. Beatty, con quien trabajaba de cerca, me sugirió que debía terminar mis estudios de arquitectura en la Universidad de Columbia, para lo cual me ofreció su colaboración. A continuación le solicité al Arq. Teófilo Carbonell (Teofilito para mí), que fue uno de mis profesores en la Universidad de Santo Domingo, además de gran amigo de mi familia, mi record en la facultad de ingeniería, que era como se llamaba entonces.

Mientras esperaba el documento solicitado el Arq. Beatty le dirigió una comunicación al Decano de la facultad de Arquitectura de la Universidad newyorkina,  Kenneth A. Smith, que por su importancia incluyo aquí.

El próximo paso consistió en solicitar una beca al gobierno dominicano, presidido por Donald Reid Cabral, la que me fue concedida con los recursos necesarios para inscribirme en calidad de part time. Teniendo mi documentación en orden, le fue solicitada una cita al decano Smith, con quien tuve el encuentro solicitado.

Aceptada mi solicitud fui informado de los pasos a seguir, consistentes en tomar clases nocturnas, y los sábados. Pasos que pude cumplir estrictamente. Cumplidos varios semestres recibí la noticia de lo acontecido en abril de 1965, y poco después la cancelación de la beca. Lo que significó para mí, y mi padrino no muy buenas noticias, en cuanto a mi futuro en la empresa y mi estadía en New York.

Con esta situación quedaba imposibilitado mi deseo de terminar la carrera de arquitecto, no así mis posibilidades de ejercerla, y obtener el triunfo que el destino me tenía reservado. Si Le Corbusier, padre de la arquitectura moderna, le ocurrió algo parecido, por qué a mí, definitivamente sin el menor asomo de compararme con aquel genio, no podía pasarme algo inesperado.

Mientras trascurría el tiempo laborando en la misma empresa aprovechaba la hora del lunch, uno que otro día, para dar vueltas por Brooklyn Heights, barriada que During the 1800’s, New York and Brooklyn boomed and many of New York’s wealthiest investors settled in Brooklyn Heights.durante los 1800’s, Nueva York y Brooklyn prosperaron y muchos de los inversionistas más ricos de Nueva York se establecieron en ese lugar, vecino de donde me encontraba trabajando, que por haber sido la más antigua se había puesto de moda entre las personas que aspiraban a disfrutar de una de sus casas para restaurarlas y convertirlas en sus viviendas. Visitas que contribuyeron a continuar afianzando en mi espíritu el sueño que tenía de convertirme en restaurador de monumentos y sitios. Y lo que puse en práctica restaurando mi primera casa colonial. Que llegara a convertirse en la primera desde que se iniciara el proyecto de la Ciudad Colonial. Confirmando lo que se dice. “Practica lo que predicas”.

  

Promenade (Paseo costero) de Brooklyn Heigh, hermoso lugar junto al río Harlem

Mis asuntos profesionales y de trabajo se desarrollaban con normalidad. Por otro lado había contraído matrimonio y me había convertido en padre de una hermosa niña que llamamos Carolina María. No pasó mucho tiempo, y no obstante lo agradable que transcurría la vida para nosotros tres, aposentados en un simpático apartamento ubicado en Laurel Hill Terrace, calle ubicada en una simpática barriada del alto Manhattan que bordea el Harlem River Drive, y de nuestro vecindario, y vecinos, tomamos la decisión de acercarnos a la patria, a la que no procedía regresar, todavía, dadas las condiciones en que permanecía como consecuencia de la Revolución del 65´.

  

Urania y Manuel con su hija Carolina María de siete meses frente al edificio de apartamentos donde vivíamos, en Laurel Hill Terrace, especie de malecon que bordea el rio Harlem. Soportando el crudo invierno, principal motivo de nuestra ida de New York.

Así fue como el acercamiento al lar nativo, por un lado, y el alejamiento del que nos había proporcionado tanta satisfacción y alegría se produjo otro milagro. Viajar con lo que habíamos podido acumular, incluyendo nuestro carro, a San Juan de Puerto Rico. Pero como cada cosa tiene sus bemoles, y el principal de estos para nosotros era nuestro sostenimiento, fui primero a la Isla del Encanto a buscar trabajo. Uno que se pareciera al que tenía, y en el que me había ido tan bien.

La mañana siguiente a mi llegada a San Juan me dirigí a Santurce, donde se encontraban las oficinas de Toro Ferrer, Arquitectos, cuyas referencias eran excelentes. Habían sido los responsables de diseñar, entre otras obras, los hoteles Caribe Hilton, la Concha, y el Banco Popular. Una vez en compañía del Arq. Osvaldo Toro, una de las dos cabezas de la empresa, no tuve muchas cosas que decir. Fui contratado, e iniciaría mi compromiso tan pronto regresara a la Isla.

Casi tres años laborando para tan reconocida empresa fueron suficientes para volver a arreglar los bártulos de regreso a Santo Domingo. Pero, no puedo despedirme tan rápido de la que fuera uno de los exitosos eslabones de una cadena interminable, que todavía hoy (2017) no es capaz de cerrarse.

Durante el corto lapso de tres años mis modestos servicios a la empresa llegaron a ser suficientes para darme a querer por Osvaldo Toro, Miguel Ferrer, y todo el staff de la empresa. Siendo una de las muestras para ello el haberme dado la oportunidad de participar en el diseño del hotel Curazao Hilton, así como acompañar al Arq. Toro a Santo Domingo, con el fin de visitar el hotel Jaragua, que tiraba los últimos cartuchasos de su larga y exitosa existencia. El propósito de la visita era explorar las posibilidades de efectuar una remodelación para uno de sus principales clientes, la cadena hotelera Hilton. Lamentablemente, la decisión fue la de descartar la idea, y proponer la de levantar una nueva estructura dotada de lo más moderno de la hotelería.

Otro de los logros que obtuve durante mi permanencia en Puerto Rico fue mi contacto con el Viejo San Juan, que daba sus primeros pasos para su restauración integral, que estuvieron a cargo del Instituto de Cultura Puertorriqueña, con cuyo director Don Ricardo Alegría llegara a establecer una estrecha amistad. Y de cuyos contactos terminaron por inoculárseme el virus que me había contagiado durante mi permanencia en Brooklyn, New York.

Pero antes de partir de regreso a la patria, tuve la dicha de que Dio nos regalara un hijo varón, a quien le dimos mis dos nombres. Y a quien preparamos para viajar a Santo Domingo.

 

Continuará.

 

 

 

 

 

 

DE MI INTERÉS, ESPERANDO QUE TUYO, TAMBIEN

En esta oportunidad me voy a tomar un descanso. Y para sustituir mi lucubración semanal voy a dejarles algo muy interesante. Se trata del Padre de la Arquitectura Moderna, Charles Édouard Jenneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Y la única obra que diseñara, aunque no la construyera, en Sur América. Se trata de la  Casa Curuchet, erigida en la ciudad de La Plata, Argentina.

Aquí encontrarás tres links contentivos de la obra de Le Corbusier. Ábrelos y verás.

Si no eres arquitecto, o algo pardecido, no os preocupeis. Es como si no fueras artista y te enfrentas a un Miguel Angel. ¿Que tendrías que hacer? Pues extraer lo mejor de tu cerebro y ponerlo al servicio de la obra.

A partir de este sábado, día 5 de agosto de 2017, publicaré mis lucubraciones cada otra semana. De manera que, hasta el 19 de agosto, si Dios lo permite.

casacurutchet.net

edificio

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