JUAN DE LA COSA

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Juan de la Cosa (Santoña, entre 1450 y 1460-Turbaco, Colombia, 28 de febrero de 1510) fue un navegante y cartógrafo español conocido por haber participado en siete de los primero viajes a Antillas, y en 1499 participó como piloto mayor en la expedición de Alonso de Ojeda a la costa norte del continente sudamericano. A su regreso a Andalucía (1505) dibujó su famoso mapamundi, y poco después volvió a embarcarse hacia las Indias, esta vez con Rodrigo de Bastidas. En los años siguientes alternó viajes a América bajo su propio mando con encargos especiales de la Corona, incluyendo una misión como espía en Lisboa y la participación en la Junta de Pilotos de Burgos de 1508. En 1509 emprendió la que sería su última expedición, de nuevo junto a Ojeda, para tomar posesión de las costas de la actual Colombia.
En 1492 participó en el Primer Viaje de Cristóbal Colón a las Indias a bordo de su nao, que según los cronistas posteriores fue rebautizada Santa María para la ocasión. Ejercía el cargo de maestre, siendo Colón el capitán. La embarcación naufragó la noche del 24 al 25 de diciembre del mismo año frente a las costas de La Española. El Diario escrito por Bartolomé de las Casas supuestamente a partir de las notas de Colón acusa personalmente a De La Cosa por el incidente, diciendo que ocurrió bajo su guardia y que además huyó en vez de prestar socorro al barco.
Martes, 25 de diciembre día de Navidad
(…) Quiso Nuestro Señor que a las doze oras de la noche, como avían vista acostar y reposar el Almirante y vían que era calma muerta y la mar como en una escudilla, todos se acostaron a dormir, y quedó el governallo en la mano de aquel muchacho, y las aguas que corrían llevaron la nao sobre uno de aquellos bancos. (…) El moço (…) dio bozes, a las quales salió el Almirante, y fue tan presto que aún ninguno avía sentido qu’estuviesen encallados. Luego, el maestre de la nao, cuya era la guardia, salió y díxoles el Almirante a él y a los otros que halasen el batel que traían por popa y tomasen un ancla y la echasen por popa, y él con otros muchos saltaron en el batel, y pensava el Almirante que hazían lo que les avía mandado. Ellos no curaron sino de huir a la caravela…
Miércoles, 26 de diciembre
(…) si no fuera por la traiçión del maestre y de la gente, que eran todos de Palosdos, o los más de su tierra, de no querer echar el ancla por popa para sacar la nao, como el Almirante les mandava, la nao se salvara…Diario de Cristóbal Colón. Edición facsimilar de Jesús Varela Marcos. (pp.122-123)
Sin embargo, en 1494 De La Cosa recibió una compensación económica de parte de los Reyes por el hundimiento de su nao en el primer viaje. Se le otorgaba el derecho a transportar «doscientos cahíces de trigo» desde Andalucía hasta Vizcaya eximiéndole de pagar ciertas tasas. Este documento, que habla del marino en términos elogiosos (“buenos servicios que nos habedes fecho”) hace pensar a los historiadores que en realidad Juan de la Cosa no tuvo culpa de la pérdida de su barco, contrariamente a lo que afirma el Diario.
La Cosa viajó nuevamente a La Española para participar en un viaje al mando de Alonso de Ojeda, que acababa de ser nombrado gobernador de Nueva Andalucía. La Cosa recibió de la Corona el cargo de teniente gobernador y una importante ayuda económica ya que iba a instalarse allí junto a su familia. La expedición partió de Santo Domingo el 10 de noviembre de 1509 con tres embarcaciones y unos 300 hombres, entre ellos un soldado llamado Francisco Pizarro. La Cosa resolvió la disputa entre los dos nuevos gobernadores (Ojeda y Nicuesa) sobre qué lugar exacto del golfo de Urabá sería el límite de sus respectivas gobernaciones, señalando el río Atrato como la frontera entre Veragua y Nueva Andalucía.
Al llegar a Nueva Andalucía en diciembre, Ojeda decidió desembarcar en la bahía de Calamar desoyendo los consejos de La Cosa que recomendaba que no se perturbara a los indios de la zona donde estaban, ya que eran indígenas que usaban flechas envenenadas. El cántabro proponía dirigirse a las orillas del golfo de Urabá, donde vivían indios menos belicosos a los cuales La Cosa había conocido cinco años atrás, pero finalmente acató la orden de Ojeda. Poco después los expedicionarios se vieron envueltos en un combate con indígenas que se saldó con victoria española, lo que incitó a Ojeda a adentrarse en la selva, persiguiendo a los indígenas en su huida hasta el poblado de Turbaco. Al llegar al poblado, Ojeda, La Cosa y los demás hombres fueron sorprendidos por los indígenas, que dispararon flechas envenenadas. La Cosa cayó muerto, así como la mayoría de sus hombres, pero Ojeda pudo huir.
Al volver Ojeda a la bahía de Calamar se encontró con la expedición de su rival Nicuesa. Enterados del hecho ocurrido en Turbaco, los castellanos dejaron de lado sus diferencias y los hombres de ambas expediciones se vengaron destruyendo el poblado de Turbaco y asesinando a casi todos sus habitantes. Algunas crónicas afirman que cuando hallaron el cadáver de La Cosa parecía un erizo lleno de flechas; otras dicen por el contrario que el cuerpo había sido devorado por los indios.
La viuda de La Cosa recibió 45.000 maravedís y todos los indígenas que tenía en posesión el navegante como indemnización por los servicios prestados. Se desconoce el destino del hijo de La Cosa, el cual debería teóricamente haber heredado el cargo de Alguacil Mayor de Urabá.

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El mapamundi de Juan de la Cosa es una de las obras más importantes de la cartografía de finales del siglo XV e inicios del siglo XVI. Fue redescubierto en 1832 por el barón de Walckenaer, ministro plenipotenciario de Holanda en París, que lo compró a un precio muy barato. A la muerte del barón en 1853, se subastó el mapamundi y el gobierno español, aconsejado por Ramón de la Sagra, lo adquirió por 4.321 francos. Desde entonces está expuesto en el Museo Naval de Madrid.

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SER O NO SER NO ES LO MISMO QUE ESTAR O NO ESTAR

El periódico DIARIO LIBRE del 29 de septiembre del presente año 2014 trajo unas declaraciones del Ministro de Cultura de República Dominicana, en las que se refiere a lo ocurrido en el Baluate (Puerta) del Conde, hace algún tiempo, en la que encargados del mantenimiento de plazas, parques, y avenidas, del Ayuntamiento del Distrito Nacional, efectuaron una intervinieron.

Como sabemos, este monumento ha sido objeto de modificaciones, tanto en su estructura, como en apariencia externa. A raiz de que se efectuaran aquellos trabajos, se suscitó una polémica, como muy pocas veces. El baluarte, al igual que casi la totalidad de los monumentos coloniales de nuestra Ciudad Colonial, ha sido objeto de intervenciones caprichosas, que no guardaban el respeto debido, provocandoles distorciones tan graves, que han transformado su apariencia.

A raiz de que se lo despejara de la hiedra que lo cubrió exteriormente por un tiempo, los encargados de actuar tuvieron el tino de dajarla como debió haber lucido en casi todas las épocas. Una mezcla de mampostería (piedra irregular con argamaza) en casi toda su estructura, y sillería en torno a las puerta. Y así permaneció por un tiempo, llegando a convertirse en la imagen que el pueblo conserva.

En sus declaraciones el Ministro, mostrando desconocimiento de los términos usados cuando se trata de monumentos de cualquier índole, manifestó que habían diferentes formas para preservar, diferenciando el término preservar del conservar. Lo primero que hay que advertirle al Ministro es, que según diccionarios consultados preservar es los mismo que “conservar, resguardar, o proteger de un daño o peligro”. Y conservar es “mantener na cosa igual a lo largo del tiempo. Para que no pierda sus características y propiedades con el paso del tiempo.” Conclusión: preservar y conservar es la misma cosa.

Por otro lado, tenemos los términos restaurar, que según los mismos diccionarios dicen, que es “volver a pomer una cosa en el estado o circunstancia en que se encontraba antes,” y remodelar, “cambiar la estructura o la forma de una obra arquitectónica.” Que como podemos ver, ninguno de estos dos términos aplica a lo que estamos tratando.

Con toda mi consideración me permito sugerirle al Minsitro, que el tema monumento, y todo lo que envuelve estas reliquias del pasado, no esta al alcance de todo mundo. Que cuando vuelva a referirse de algo similar, trate de consultar un experto en esa especializada tarea, de manera que no vuelva a quedar tan mal.

“La remodelación de La Puerta del Conde”

“Sobre la remodelación de la Puerta del Conde, uno de los monumentos icónicos de la ciudad, dijo que había diferentes formas para preservar, ya que no se trataba de conservar.

“Cuando tú vas a conservar algo lo dejas tal cual. Cuando tú vas a preservar, buscas la manera de… Va a sufrir cambios, ¿pero cambios cuáles? A lo que tú estás acostumbrado, no a lo que era el baluarte. Si nosotros fuéramos a preservar, debíamos haber vuelto a lo que era La Puerta del Conde. No a los cambios que sufrió y a lo que ha llegado”.

Explicó que en la Era de Trujillo la hiedra destruyó toda la piedra, por lo que “había que inyectarla, porque si no, iba a ser peor preservar que conservar”.

“Esa es la realidad de eso. Que no nos guste. ¡Yo soy el primero que no le gusta! A mí no me gusta, porque estaba acostumbrado a La Puerta del Conde que yo conozco. Pero cuando vi diferentes fotos, no sé con cual me quedo, ¡porque hasta la hiedra se veía bonita!”.

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (18) PANTEÓN NACIONAL

La antigua Iglesia de los Jesuitas, hoy Panteón Nacional, comenzó a construirse hacia 1714, según supone el notable historiador Fray Cipriano de Utrera. Como monumento del siglo XVIII es una de las más notables estructuras del Santo Domingo colonial. Todavía en 1740 la iglesia está en construcción, y la misma comienza a funcionar de cara a la comunidad en el año de 1743, sin que se haya terminado. Diez años más tarde queda terminado el imponente y bello edificio. Poco lo disfrutó la Orden, por cuanto fue expulsada de los territorios de América en 1767, perdiendo el Convento e Iglesia sus características eclesiásticas.
La iglesia de los padres jesuitas tuvo muy variados destinos, sirvió como almacén de tabaco, fue golpeada por varios huracanes y entre 1792 y 1795 se alojó en el local el Seminario San Fernando, mientras que para la época de la Independencia se transformaba en teatro, que en los finales del siglo pasado llevó el nombre de La Republicana, según los datos aportados por numerosos autores dominicanos como Américo Cruzado, Luis Alemar, y Francisco Veloz Molina.
Se trata de un edificio de líneas duras, rectas, contrastante con ciertas formas rococós del siglo XVIII. Sus sillares son rústicos con ventanales hacia naves laterales. Se trata de un edificio en el cual predominan formas arcaicas. La iglesia posee la cúpula sobre tambor y es semiesférica sobre pechinas.

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Sus escuetas y firmes capillas laterales están intercomunicadas con coro alto y galería sobre las capillas. Según Erwin W. Palm el patio debió recordar, en lo relativo a la zona en donde estuvo el colegio, ciertas influencias andaluzas.

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No conocemos el nombre del arquitecto, y es muy posible que en la misma intervinieran varios constructores en diversas épocas. El tipo de cúpula empleada en la iglesia de los jesuitas ya tenía un modelo en 1722 con la cúpula de la iglesia de Regina Angelorum.
El edificio fue una de las últimas edificaciones construidas por los españoles en suelo dominicano. No se sabe con certeza la fecha del inicio de su construcción pero algunos historiadores suponen que fue entre los años 1714 y 1755 y se le atribuye a Jerónimo Quezada y Garçon. Sirvió originalmente como una iglesia de la orden de los jesuitas. Aquí los sacerdotes Jesuitas daban misa de espaldas a la congregación para que así todos, incluyendo los sacerdotes, estuvieran de frente a la figura de Jesucristo y al altar. En 1958, durante la era de Trujillo, se restauró, a un costo de RD$438,938.00, (suma muy elevada para la época), bautizándolo luego como “Panteón Nacional”: un mausoleo para albergar los restos de los héroes nacionales, civiles y militares. El majestuoso candelabro que cuelga en el centro de la Capilla fue un obsequio del dictador español Francisco Franco al Generalísimo Trujillo. Justamente debajo del candelabro hay una flama que arde las 24 horas del día.

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El Panteón Nacional tiene alrededor de 36 espacios vacíos para albergar a futuros próceres. También existe un espacio vacío sin placa, dedicada al soldado desconocido. Hay una guardia de honor permanente, compuesta por efectivos de la guardia presidencial, vestidos de gala, sin mover ni un solo músculo. Uno de ellos hace un paseo solemne de ronda en el pasillo central, que va desde la entrada principal hasta justo al frente del altar mayor. En el panteón, conjuntamente con la bandera dominicana se exhiben las banderas de la Fuerza Aérea, de la Armada, y del Ejército.

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Como Panteón Nacional fue inaugurado, aún sin terminar, por el Generalísimo Trujillo antes de ser derrocado. Permaneciendo sin darle el uso al que fuera destinado por espacio de varios años. En el año 1975 fue oficialmente puesto en servicio como Panteón Nacional. Acto que presidió el Dr. Joaquín Balag uer, entonces presidente de la República, quien encendió la llama votiva. Fue bendecido por el Arzobispo de Santo Domingo, Monseñor Octavio Antonio Beras, y contó con la asistencia del Gobernador de Puerto Rico, Rafael Hernández Colón, del Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), Arq. Manuel E. Del Monte Urraca, y funcionarios civiles y militares de la Nación.

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Para quienes no están familiarizados con nuestros monumentos históricos, y aún para los más conocedores, es bueno aclarar que el escudo dominicano que se encuentra en la fachada del templo, hoy Panteón Nacional, fue añadido en el lugar que debió haber existido algún otro escudo, o por las circunstancias ocurridas durante su erección no haber tenida nada, lo que de hecho constituye un agregado que confunde al profano. Lo que está prohibido en casos como este, por normas internacionales de conservación de monumentos.

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En cuanto al su interior, es de saber, que todo el repertorio decorativo, incluyendo pisos de mármol, ventanal detrás del ábside, y otros agregados, fue instalado a propósito de la conversión de iglesia abandonada, a Panteón de la Patria.
Igualmente conviene hacer saber, que como resultado a la caída del régimen de Trujillo, propulsor de la obra, la Ciudad Colonial se libró de haber perdido todas las edificaciones que se levantan en su entorno, desde antes de haber sido construida la iglesia de la Compañía. Desastre que contemplaba el proyecto del arquitecto Barroso, del que nos libramos los amantes del conjunto histórico más antiguo de América.

VASCO NÚÑEZ DE BALBOA

VASCO NUÑEZ DE BALBOA

Vasco Núñez de Balboa (Jerez de los Caballeros, c. 1475 – Acla, Panamá, 15 de enero de 1519) fue un Adelantado, explorador, gobernante y conquistador español. Fue el primer europeo en divisar el océano Pacífico desde su costa oriental y el primer europeo en fundar una ciudad permanente en tierras continentales americanas.
En 1500, animado por su señor y las noticias de los viajes de Cristóbal Colón y de otros navegantes hacia el Nuevo Mundo, decidió enrolarse en la expedición de Rodrigo de Bastidas al mar Caribe. Siguiendo a Bastidas y a su piloto Juan de la Cosa, en 1501 recorrió las costas del Mar Caribe desde el este de Panamá, pasando por el golfo de Urabá, hasta el cabo de la Vela (actual Colombia). Las naves pusieron finalmente rumbo a la isla Española, donde una de ellas naufragó. Balboa, con las ganancias conseguidas en dicha campaña, se compró un terreno en la isla y allí residió varios años ocupándose de la agricultura y la crianza de cerdos. Pero no tuvo demasiada suerte en esta actividad: la climatología era adversa, por tratarse de una zona muy expuesta a los huracanes; los pobladores de la isla estaban sumidos en la pobreza, y los cerdos salvajes representaban una competencia para sus productos. Balboa comenzó a endeudarse y finalmente no vio más salida que huir de la isla.

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En 1509, queriendo librarse de sus acreedores en Santo Domingo, Núñez de Balboa se embarcó como polizón dentro de un barril en la expedición comandada por el bachiller y Alcalde Mayor de Nueva Andalucía Martín Fernández de Enciso. Llevaba consigo a su perro Leoncico, que era hijo de un perro de Juan Ponce de León. Fernández de Enciso se dirigía a socorrer al gobernador Alonso de Ojeda, quien era su superior. Ojeda junto con setenta hombres, había fundado el poblado de San Sebastián de Urabá en Nueva Andalucía. Sin embargo, cerca del establecimiento existían muchos indígenas belicosos que usaban armas venenosas, y Ojeda había quedado herido de una pierna. Poco después, Ojeda se retiró en un barco a La Española, dejando el establecimiento a cargo de Francisco Pizarro, que en ese momento no era más que un soldado en espera de que llegara la expedición de Enciso. Ojeda le pidió a Pizarro que se mantuviera con unos pocos hombres por cincuenta días en el poblado, o que de lo contrario usara todos los medios para regresar a La Española.

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Núñez de Balboa quedó a partir de entonces con el mando absoluto de Santa María y de Veragua. Una de sus primeras acciones fue juzgar al bachiller Fernández de Enciso por el delito de usurpación de autoridad; fue condenado a la cárcel y sus bienes fueron confiscados, aunque posteriormente Balboa lo dejó en libertad a cambio de que se volviera a La Española y después a España. En el mismo barco fueron dos representantes de Núñez de Balboa, con la misión de dar la versión de Balboa de los sucesos de la colonia y de pedir más hombres y suministros para proseguir con la conquista de Veragua.
Mientras, Núñez de Balboa comenzó a mostrar su faceta de conquistador embarcándose al oeste y recorriendo el istmo de Panamá, sometiendo a varias tribus indígenas y forjando alianzas con otras, como las de los caciques Coíba, Careta y Poncha. Atravesó ríos, montañas y pantanos malsanos en busca de oro y esclavos. En una carta enviada al rey de España expresó que: «He ido adelante por guía y aun abriendo los caminos por mi mano». También pudo aplacar revueltas de varios españoles que desafiaban su autoridad.
Logró la siembra del maíz y recibió provisiones de La Española y de España. Hizo que sus soldados se habituaran a la vida de exploradores de tierras coloniales. Núñez de Balboa logró recoger mucho oro, en parte de los adornos de las mujeres indígenas y el resto obtenido por formas violentas. En 1513, escribió una extensa carta al rey de España en la que le solicitaba más hombres aclimatados en La Española, armas, provisiones, carpinteros para construir buques y los materiales necesarios para levantar un astillero. En 1515, en otra carta hablaba de su política humanitaria para con los indígenas y aconsejaba al mismo tiempo, que las tribus caníbales o temidas fueran castigadas con severidad extrema.
A finales de 1512 e inicios de 1513, llegó a una comarca donde dominaba el cacique Careta. Careta fue derrotado fácilmente y luego se hizo amigo de Balboa, recibiendo el bautismo cristiano y pactando una alianza con los castellanos que aseguró la subsistencia de la colonia, ya que el cacique prometió suministrarles alimentos. A cambio los españoles le entregarían productos de hierro, metal desconocido en el continente americano y que se convirtió rápidamente en objeto de prestigio para los indígenas. Para sellar la alianza, Balboa tomó “como si mujer fuera legítima” a la hija o sobrina del cacique Careta. Núñez de Balboa prosiguió su conquista llegando a las tierras del vecino y rival de Careta, el cacique Ponca, y éste huyo de su comarca hacia las montañas, dejando sólo a los españoles y los indígenas aliados de Careta que saquearon y destruyeron las casas de la comarca. Poco después, fue hacia los dominios del cacique Comagre, territorio fértil pero muy salvaje, aunque cuando llegaron fueron recibidos pacíficamente a tal punto que fueron invitados a un agasajo; de igual manera Comagre fue bautizado.
Es en esta comarca donde Núñez de Balboa escuchó por primera vez de la existencia de otro mar al otro lado de las montañas. Durante una disputa entre españoles con el poco oro que estaban encontrando, Panquiaco, hijo mayor de Comagre, se enojó por la avaricia de los españoles y tumbó la balanza que medía el oro y replicó: «Si tan ansiosos estáis de oro que abandonáis vuestra tierra para venir a inquietar la ajena, yo os mostraré una provincia donde podéis a manos llenas satisfacer ese deseo». Panquiaco relató de un reino al sur donde la gente era tan rica que utilizaban vajillas y utensilios en oro para comer y beber. También advirtió de que necesitarían al menos mil hombres para vencer a las tribus que habitaban tierra adentro y los que estaban en las costas del otro mar.

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La noticia inesperada de un nuevo mar rico en oro fue tomada muy en cuenta por Núñez de Balboa. Decidió regresar a Santa María a comienzos de 1513 para disponer de más hombres provenientes de La Española, y fue ahí cuando se enteró que Fernández de Enciso había persuadido a las autoridades coloniales de su versión de lo ocurrido en Santa María. Entonces, Núñez de Balboa envió a Enrique de Colmenares directamente a España para buscar ayuda, en vista que no había habido respuesta de parte de las autoridades de La Española.
Mientras en Santa María se organizaban expediciones en busca del nuevo mar. Algunos recorrieron el río Atrato hasta diez leguas hacia el interior, sin ningún éxito. La petición de más hombres y suministros en España fue denegada porque el caso de Fernández de Enciso ya era conocido por la Corte española. Así, a Núñez de Balboa no le quedó más remedio que emplear los pocos recursos que tenía en la ciudad para emprender el descubrimiento. Tuvo la sabiduría de apoyarse en gran medida en los indígenas, conocedores de todos los secretos de la selva: rutas a seguir, dónde aprovisionarse de agua, cómo encender fuego.
Usando varios informes dados por caciques indígenas amigos, Núñez de Balboa emprendió el viaje desde Santa María a través del istmo de Panamá el 1 de septiembre de 1513, junto con 190 españoles, algunos guías indígenas y una jauría de perros. Usando un pequeño bergantín y diez canoas indígenas navegaron hasta las tierras del cacique Careta. El día 6 se internaron junto con un gran contingente de mil indígenas de Careta, entre ellos Ponquiaco, hacia las tierras de Ponca, que se había reorganizado; pero fue vencido, sometido e hizo alianza con Núñez de Balboa. Luego de varios días y uniéndose varios hombres de Ponca se remontaron a la espesa selva el día 20. Avanzaron con algunas dificultades, encontrando tribus de piel negra. Llegaron el día 24 a las tierras del cacique Torecha, que dominaba el poblado de Cuarecuá. En este poblado se desencadenó una férrea y persistente batalla; Torecha fue vencido y muerto en combate. Al irrumpir en la casa de Torecha, los conquistadores descubrieron a su hermano “en traje de mujer” rodeado de otros notables. Los españoles interpretaron la escena como un harén homosexual y los ejecutaron a todos echándolos a los perros. Tras la batalla, los hombres de Torecha decidieron aliarse con Núñez de Balboa, aunque gran parte de la expedición estaba exhausta y malherida por el combate y muchos de éstos decidieron hacer descanso en Cuarecuá.
Núñez de Balboa decidió proseguir el camino con un destacamento de 67 españoles y un número indeterminado de indios, entre los cuales se encontraban Ponquiaco y Francisco Pizarro. Se internaron a las cordilleras del río Chucunaque. Según informes de los indígenas, desde la cima de esta cordillera se podía ver el mar, así que Núñez de Balboa se adelantó al resto de los expedicionarios y antes del mediodía logró llegar a la cima y contemplar, lejos en el horizonte, las aguas del mar desconocido. Los demás se apresuraron a demostrar su alegría y felicidad por el descubrimiento logrado por Núñez de Balboa. El capellán de la expedición, el clérigo Andrés de Vera entonó el Te Deum Laudams, mientras que el resto de los hombres erigieron pirámides de piedras e intentaron con las espadas grabar cruces e iniciales sobre la corteza de los árboles del lugar, dando fe que en ese sitio se había realizado el descubrimiento. Todo eso ocurrió el 25 de septiembre de 1513.

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De esta manera Núñez de Balboa quedó como gobernador de hecho de Veragua. Enseguida inició gestiones para conseguir el reconocimiento oficial. Para ello envió a dos mensajeros, el alcalde Zamudio y Valdivia, a presentarse ante el virrey de las Indias, Diego Colón. De allí, Zamudio se dirigió a España. Las gestiones tuvieron éxito porque el 23 de diciembre de 1511 la Corona nombró a Balboa “gobernador y capitán” de “la provincia del Darién”.
Tras la llegada de Pedrarias Dávila, el nuevo gobernador, Balboa conservó los cargos de adelantado de la Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba, y emprendió la exploración de la costa pacífica. Al tener noticias de que su suegro iba a ser sustituido, regresó a Acla para prestarle apoyo, pero Pedrarias lo acusó de conspirar contra la Corona, y el descubridor fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado en Acla.

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Monumento en Panamá                                      Monumento en Madrid

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (16) CENTRO DE RESTAURO DE LA OPC

Me habrán oído hablar, hasta el cansancio, de mi participación como Director-Fundador de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), en el año 1967, de cuya prolongada actividad solo me he acostumbrado a referirme al tema relativo a la restauración de monumentos.

Pues bien, llegado el momento de tocar otros temas, como era de esperarse, en la presente anécdota comentaré lo que también se constituyó en otra de nuestras preocupaciones de entonces, y de siempre.

Entendiendo que las desastrosas condiciones en que se encontraba nuestro patrimonio artístico, desde el mismo inicio de nuestra gestión decidimos crear un programa, tendente a rescatarlo. Esta versión del patrimonio cultural, en su mayoría está compuesto por obras de arte religioso correspondientes a los períodos en los que Santo Domingo fue capaz de reunir una buena cantidad de pinturas y esculturas correspondientes al siglo XVI. Período en el que la Primada de América fue la colonia más importante del Nuevo Mundo.

La degradación del tesoro artístico religioso que continúan guardando las iglesias era tal, que una buena parte permanecía arrumbada en lúgubres almacenes, ubicados junto a las sacristías, torres de campanarios, y otros espacios. Cuando todavía quedaba algo, ya que la gran mayoría fue abatida por las inclemencias del tiempo, y el abandono, o descuido, por parte de la iglesia, del gobierno, y la ciudadanía.

Para iniciar los trabajos de recate y revalorización fue necesario contar con la ayuda del sector privado, ya que las condiciones económicas del gobierno de entonces apenas le permitían dar el frente a los recursos monumentales, que se encontraban, igualmente, en penoso estado de conservación. Fue así como el señor Don Ernesto Vitienes Lavandero, quien poseía una de las casas de la calle Atarazana, justamente frente a la sede de la OPC, aceptó nuestra propuesta.

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El Centro ocupó la casa No.13 de la calle Atarazana. Es la que se encuentra en la ezquina izquiera.

Complacidos por su propietario, preparamos un proyecto, que consistió en restaurar la parte frontal del inmueble, y una vez terminadas las obras instalamos los equipos estrictamente necesarios para empezar una nueva batalla, batalla que ha sido desconocida.

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Al acto de inauguración asistieron el señor Miguel Ángel Jiménez, en reresentación del presidente Balaguer, Ángel Miolán, Director General de Turismo, Francisco batista García, en representación del Secretario de Estado de Educación, el Dr. Manuel Mañón Arredondo, Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, quien impartió la bendición del local, y otras personalidades.

Para poder cumplir con lo propuesto contábamos con los servicios de una persona a quien le habían salido las muelas cuidando la rica colección del Alcázar de Colón que, aunque no pertenecía a lo que existía en el país, constituía el más rico legado artístico colonial con que cuenta el patrimonio cultural de nuestro país. Juan Fidelio Guzmán Ramos, a quien le agradezco su colaboración en lo que tuvimos que nos correspondió hacer en tan dura prueba, fue enviado por nosotros con una beca del Centro Regional Latinoamericano para la Conservación y Restauración de los Bienes Culturales, Churubusco, México, Patrocinado por la UNESCO, en el que se preparó para restaurar bienes culturales de tipo artístico. Siendo un cuadro de la Virgen de La Antigua, perteneciente a la Catedral de La Vega, una de las primeras obras en ser restauradas.

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En la fotografía aparece, de espalda Juan Fidelio Guzmán Ramos, en compañía del Director de la OPC, Arq. Del Monte Urraca, y el sacerdote e historiador dominico, Fray Vicente Rubio.

Esta obra formó parte de la exposición que organizamos en la sala ejecutiva del Banco de Reservas, de la calle Isabel La Católica, antes de retornar a La Vega, acto que se llevó a cabo durante una procesión por las calles de la Ciudad Olímpica.

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Posteriormente, el Centro de Restauro fue trasladado a la parte posterior de la casa, después de haber sido intervenida con la ayuda del señor Vitienes Lavandero, por el hecho de haber sido entregada la parte frontal al Centro de Rehabilitación, donde fue instalado una galería de arte, con el propósito de recaudar fondos para el Centro.

Una de las principales tareas a las que se avocó el Centro fue la restauración de importantísimas piezas pertenecientes al Alcázar se Colón, que fueron maltratadas durante la contienda bélica de 1965, dos años antes de iniciarse el programa de la OPC.

Igualmente, se impartieron toques de mantenimiento a algunas de las piezas del tesoro de la Catedral, que fueron exhibidas en la Exposición de Arte Sacro, que tuvo efecto en el Banco de Reservas.

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (15) NUESTRAS RUINAS

Ruinas
Memorias venerandas de otros días,
soberbios monumentos,
del pasado esplendor reliquias frías,
donde el arte vertió sus fantasías,
donde el alma expresó sus pensamientos.

Al veros ¡ay! con rapidez que pasma
por la angustiada mente
que sueña con la gloria y se entusiasma
la bella historia de otra edad luciente.

¡Oh Quisqueya! Las ciencias agrupadas
te alzaron en sus hombres
del mundo a las atónitas miradas;
y hoy nos cuenta tus glorias olvidadas
la brisa que solloza en tus escombros.

Ayer, cuando las artes florecientes
su imperio aquí fijaron
y tuviste creaciones eminentes, [2]
fuiste pasmo y asombro de las gentes,
y la Atenas moderna te llamaron.

Y para cerrar este lamento incluyo el último de sus versos.

Que mientras sueño para ti una palma,
y al porvenir caminas,
no más se oprimirá de angustia el alma
cuando contemple en la callada calma
la majestad solemne de tus ruinas.
(1876)

Con estos hermosos y conmovedores versos, la reina madre del parnaso dominicano, Salomé Ureña de Henríquez, inicio esta anécdota, uniéndome al clamor de aquellos días, en los que, al igual que los de hoy, la indiferencia general oprime al más delicado sentimiento de respeto, veneración, y amor.

Si en aquella época los sentimientos se expresaban de la manera que lo hiciera la excelsa poeta, en la actual yo los expreso a mi manera, llamando la atención a los indiferentes mediante estos relatos, acompañados de gráficas. De esta manera espero llegar, por última vez, a lo más profundo de la conciencia de quienes, sin darse cuenta, viven alejados de sus mejores pertenencias.

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Entiendo, y así lo he manifestado siempre, que la tarea de rescatar y revalorizar nuestro patrimonio histórico no es una tarea fácil. Por lo compleja, siempre he manifestado la necesidad de un solo plan, en el que todos los dolientes se pongan de acuerdo, y todos a una marchen de común acuerdo, cada cual cumpliendo con el mandato de su conciencia.

Si casi cincuenta (50) años no han sido suficientes para lograr ese acuerdo, difícilmente se podrá lograr, de no existir una voluntad rectora, que despojándose de sus propios intereses, sirva de aglutinador de todas las fuerzas involucradas, para comenzar de nuevo.

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Lo que quedó después de la destrucción parcial del primer hospital del Nuevo Mundo para construir la Iglesia de La Altagracia.

Me cuesta tener que repetir, que con el mejoramiento de las calles, y la eliminación de postes y cables, no se habrá logrado todo. Ha sido un gran paso, pero no lo suficiente para colgar los guantes, y sentarse a esperar los resultados. Lo grande tiene que venir en grande. Lo que los turistas vienen a ver no es lo que se está haciendo. Eso se puede encontrar en cualquier ciudad civilizada del Mundo, desde hace tiempo. Lo que atrae a los visitantes es el conjunto de monumentos, y casas particulares en condiciones óptimas. Todo ello habitado por lo mejor de la dominicanidad. Y conducido lo más alejado posible de la política y la de la iglesia.
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Fuerte de San Gerónimo hasta principios del siglo XX

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Lo que quedó del Fuerte después de demolido para continuar el Malecón de Santo Domingo.

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Alcazar[1]

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (14) Antes, durante, y después

Es tanta la tinta que ha corrido, y las palabras que se han pronunciado, durante, y después de haberse iniciado el programa al que tanto me he referido desde entonces, que solo Dios conoce al dedillo. Tinta y palabras que se han derrochado con el propósito de ignorar, desestimar, y denostar, a quien solo trabajando y tirando pa´lante, pudo demostrar con hechos, no con palabras, y continuar predicando lo que practiqué, la obra, que inspirada en el amor a la patria, y a su patrimonio cultural, respaldada por un verdadero estadista.

Aunque sin pensarlo mucho escribí unas memorias de mi vida, que titulé BATALLAS DE UNA VIDA, y que después de publicadas me convencí de haberme quedado corto. Pero, como todo llega en esta vida, después de haberla disfrutado a mi manera, y continuar aprovechándola para hacer y decir cosas que nunca hice o dije, llegó el momento en el que siento el deseo de desembuchar algunas cosas. Y eso es, precisamente, lo que estoy haciendo al través de algunas de las anécdotas que se están leyendo desde hace unos cuantos días.

En mi anterior anécdota describí, gráficamente, algunas de las primeras obras que dirigí siendo Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC). Obras, que por su importancia empezaron a crear conciencia en la ciudadanía dominicana, al igual que en una diversidad de extranjeros, entre los que se encontraban miembros del cuerpo diplomático acreditado en nuestro país. Las mismas, por su ubicación, y deplorable estado en que se encontraban, no eran conocidas, aún cuando visitaran el Alcázar de Colón, vecino del sector al que me refiero.

Lamentablemente, este proyecto, que abarcaba desde la Cuesta de San Diego, borrada lamentablemente del mapa, hasta la muralla que pasa por detrás de la Iglesia de Santa Bárbara, que había sido planeado detalladamente, y aprobado por las altas instancias del gobierno del presidente Balaguer, tuvo su fin como consecuencia del cambio de gobierno de 1978. Quedándose inconcluso, y vuelto hacia atrás, por desidia y desinterés de los sucesivos gobernantes, que hemos tenido, hasta el sol de hoy.

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Maqueta de los sectores de La Atarazana y Santa Bárbara. En el terreno vacío se encuentran las reuinas de la Negreta

Croquis Ing. E. Tejera Davis

Plano de la Ciudad De Ovando

En esta oportunidad mostraré otro grupo de fotografías contentivo de las penosas condiciones en que se encontraba nuestra Ciudad Colonial, mayoritariamente, la zona oriental de la misma, comprendida entre las calles Duarte y Las Damas, que fue, precisamente, el área que conocemos como Ciudad de Ovando, u Ovandina. Zona en la cual podemos encontrar, todavía, el aspecto que podemos observar si la recorremos, y podemos entrar a algunas de las casas, con el interés que amerita el caso.

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Calle Las Damas de Norte a Sur (Antes y después)

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Portada de la Casa de Nicolás de Ovando hoy Hostal Nicolás de Ovando (Antes y después)

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Calle Las Damas de Sur a Norte (Antes y depués)

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Continuación del barrio de La Atarazana

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Fuerte de Santa Bárbara actualmente

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Barrio de Santa Bárbara

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Edificio de principios del siglo XX

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Callejón de los Curas (Antes y después)

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Calle El Conde a esquina Isabel La Católica. En el solar fue construida una edificación en la que se encuentra la Escuela de Bellas Artes. Y en frente una casa colonil restaurada, y sub utilizda,

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Calle Luperón a esquina Duarte                                                       100_3793

CASA DE LA MONEDA (Restaurada en el año 1972)

MIGUEL DÍAZ DE AUX ARMENDARIS

Después de haberme pasado un buen tiempo conociendo más a fondo los pormenores del descubrimiento, conquista, y colonización del Nuevo Mundo, tema al que mis ocupaciones no me habían dado el tiempo ni la atención para completar, como debí haberlo hecho, me topé, navegando en el Internet, con un personaje vinculado a ese trascendental acontecimiento histórico, que según mi apreciación no ha ocupado el lugar que le corresponde, entre los dominicanos. Se trata del conquistador Miguel Díaz de Aux y Armendáriz, Aragonés, criado del adelantado Bartolomé Colón, que fue alcaide la Fortaleza de Concepción de La Vega, participó en la fundación de Santo Domingo, vivió en la primera casa de piedra de la Ciudad Primada, casó con una cacica, y creó la más rica ganadería de aquella época, entre otras cosas.

Se ignora la fecha exacta de su nacimiento, al igual que del lugar donde se encuentran sus restos. Lo que sí es una verdad de a puño es que su protagonismo en los hechos ocurridos tras la rebelión del alcalde mayor de La Isabela, Francisco Roldán, empezó a darle cierta notoriedad.

Enterada la corona de la rebelión de Roldán, decidió sustituir a Colón, nombrando en su lugar a Francisco de Bobadilla. En una cédula dirigida al Almirante y sus hermanos se les ordenaba que entregasen a Bobadilla las fortalezas y demás propiedades pertenecientes a los reyes. Una de esas fortalezas era la de la Concepción de La Vega, fundada por el propio Descubridor, a cuyo mando estaba Miguel Díaz de Aux y Armendáriz. Este, en un principio, se negó a entregarla, pero Bobadilla y su tropa entraron por la fuerza sin que se opusiera resistencia.

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Una leyenda sostiene que en la fundación de la ciudad de Santo Domingo tuvo, en cierto modo, a Miguel Díaz de Aux como uno de sus principales participantes. Cuenta que, tras matar a un español en una pelea, huyó hacia el sur hasta que llegó a la desembocadura del río Ozama. Allí conocería a una cacica con la que tuvo dos hijos. La cacica le habría informado de la cercanía de unas minas de oro, y Díaz de Aux se lo habría comunicado a Bartolomé Colón, con el deseo de que le perdonase su crimen. Fray Bartolomé de las Casas acepta la posibilidad de la huida, pero niega que la cacica lo invitara a vivir en su tierra, y critica a Fernández de Oviedo por admitir como cierta la fábula. El dominico asegura que Colón, antes de regresar por segunda vez a España, dejó dicho a su hermano que enviase a Francisco de Garay y Miguel Díaz de Aux a poblar Santo Domingo, por haber minas de oro en esa parte de la isla, como en efecto ambos hicieron.

Después de la muerte del aguerrido cacique Cayacoa, su esposa la cacica bautizada como Doña Inés (en otro lugar dice que fue bautizada con el nombre de Catalina) y se casó mediante rito católico con el español Miguel Díaz de Aux. Tuvieron dos hijos: Miguelico y una hija cuyo nombre no consta. Miguelico nació en La Española.

Miguel Díaz de Aux murió en 1515 y dejó un testamento protocolizado en Sevilla en 1504. Mediante este instrumento legó 200,000 maravedís a su hijo Miguelico, doblando dicha cantidad si éste optaba por seguir un oficio sacerdotal. Dicen que Miguelico escogió seguir en los pasos de su padre, participando con Hernán Cortés en la conquista de la Nueva España. Ver artículo de Esteban Miracaballos “En Torno a los Primeros Mestizos.”

La necesidad de alimentos en la colonia obligó a que se empezara la cría de animales de corral. De ahí que se dio inicio a la fomentación de ganado ovino, cuya carne fue siempre tan apreciada por los españoles. Los precursores de la crianza de cabras y ovejas fueron dos hombres muy cercanos al rey Fernando. Francisco de Garay y Miguel Díaz de Aux, socios, se convirtieron en los más importantes ganaderos de La Española a principios del siglo XVI, y los mayores productores del Nuevo Mundo.

De Miguel Díaz de Aux no volvemos a tener noticias hasta la segunda década del siglo XVI, cuando fue nombrado por Diego Colón alguacil mayor de San Juan, Puerto Rico, cargo en el que duró algo más de un año, hasta que Ponce de León se hizo con el poder y lo envió prisionero a España. Si Díaz de Aux guardó prisión en España y cuánto tiempo estuvo en ella, no lo sabemos. Lo cierto es que volvió a América, y lo volvemos a encontrar como parte de la expedición de Francisco de Garay a las costas del golfo de México, la cual estaba encabezada por Diego de Camargo. Los nativos los acogieron en un principio con agrado, pero la paz no duró mucho, y los atacaron. Sin noticias de Camargo, Garay mandó a Díaz de Aux con 50 soldados para rescatarlo, pero no pudo encontrarlo, y como los indios se mostraban hostiles se refugió bajo la bandera de Hernán Cortés.

Una crónica colombiana, refiriéndose a Pedro de Ursúa dice, que impulsado por los relatos desaforados de su tío Miguel Díez de Aux Armendáris, a sus genes de guerrero vasco y a una “inextinguible sed de riqueza” que hierve en su sangre, este abandona a los diecisiete años Arizcun, su aldea, y cruza el charco. Tras un paso sombrío por el Perú, recala en Cartagena de Indias llamado por su tío Miguel Díaz de Aux Armendáriz, hermano de su madre y juez encargado de realizar juicios de residencia en el Nuevo Reino de Granada, entonces una maraña de gobernaciones más que un reino. Díaz de Aux y Armendáriz lo nombra gobernador de Santa Fe, y con ello desata la ira de encomenderos y cazadores de fortunas.

Por su importancia para nosotros los dominicanos, y el resto del mundo, a continuación incluyo un trabajo de M.ª Montserrat León Guerrero del Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal (UVa) que contiene la totalidad de los pasajeros del segundo viaje de Cristóbal Colón.

Esta segunda expedición compuesta por 17 naves partió del puerto de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. En esta ocasión acompañaron al genovés unos 1,500 pasajeros, entre los que se encontraba Miguel Días de Aux Armendaris. Al mencionar a este personaje tan desconocido por los dominicanos, la autora refiere lo siguiente:
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“Durante la ausencia de Colón, ocupado en su viaje a Cuba, el aragonés Miguel Díaz hirió a otro español por un enfrentamiento personal.
Temeroso de las consecuencias, pues el herido era criado de don Bartolomé, huyó de la Isabela, acompañado de cinco o seis hombres. Errando por la isla llegaron a un lugar de la costa Sur, cerca de la desembocadura del río Ozama, donde hoy está la ciudad de Santo Domingo.
Los indios los recibieron dándoles cobijo durante un tiempo. La ciudad estaba mandada por una mujer, una cacica a la que se conocería como Catalina, que no tardó en tomarle afecto al aragonés.
Temerosa de que la abandonaran se esforzó en buscar medios para atraer a los españoles a aquella parte de la isla, informando a Díaz de minas ricas en oro en la vecindad. Este hizo averiguaciones de la riqueza de las minas, observó la belleza del país, la excelencia del río Ozama y la seguridad del puerto donde desembocaba. El aragonés se hizo con guías entre los naturales y se dirigió a La Isabela, que distaba unas 50 leguas hacia el Norte.
Al llegar supo que el hombre al que había herido había curado bien la herida, presentándose ante don Bartolomé seguro de conseguir el perdón al dar a conocer noticias tan alentadoras, y así fue. El Almirante tenía intención de cambiar la localización del asiento por otro más sano y favorable, viendo en las minas del Hayna la oportunidad de llevar a España que aseguraba Miguel Díaz era cierto, dejando encargado a su hermano Bartolomé que se encargara de ver si era posible el asentamiento en la zona indicada por Miguel Díaz de Aux pruebas de la riqueza de la isla Española por lo que decidió averiguar si lo que aseguraba Díaz era cierto, dejando encargado a su hermano Bartolomé que se encargara de ver si era posible el asentamiento en la zona indicada por Miguel Díaz.”

Como se puede advertir, este personaje, aparentemente de segunda o tercera categoría, está íntimamente relacionado con dos de los acontecimientos más relevantes de los inicios de la conquista de América. La fundación de la ciudad de Santo Domingo, y la famosa pepita de oro, tan mencionada por los historiadores, y los “cuentistas” que han derramado tanta tinta desde aquella época hasta nuestros días.

Y así, más o menos, era como se sucedían los acontecimientos en aquellos tiempos sombríos de la Edad Media. Hoy, lamentablemente, interpretados de muchas maneras. Todas ellas, según el color del cristal aquel.

ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (13) Antes, Durante, y Después

Dando seguimiento a la tarea que me he impuesto, de seguir contribuyendo a crear la conciencia necesaria en la ciudadanía de nuestro país, de lo que es, significa, y representa nuestra riqueza histórico-arquitectónica para nuestro desarrollo económico y social, en esta oportunidad podrán ver algunas gráficas conteniendo el estado en que se encontraban, como se encuentran, y los cambios que han tenido, algunos monumentos, conjuntos, ambientes, y detalles varios, solo algunos años después de haberse iniciado (1967) el programa de rescate y puesta en valor del patrimonio cultural de nuestro país.

En esta oportunidad podrán observar parte del barrio de la Atarazana, las monumentales Atarazanas Reales, y su entorno inmediato, incluyendo un tramo de la muralla reconstruida, y la puerta del mismo nombre. Así como las calles Atarazana y Vicente Celestino Duarte, y algunos de los principales conjuntos históricos con que todavía cuanta la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

Como podrán observar, la situación en que se encontraba el sector antes de 1967, fecha en la que se dio inicio al programa de la Oficina de Patrimonio Cultural, no solo era de espantarse, en términos de cómo estaban sus edificaciones y sus respectivos entornos, y de las horribles condiciones en que vivía un gran número de sus residentes. Sino en la proliferación de un desorden social, y una prostitución, que se había adueñado de varias áreas del sector norte, entre la Cuesta de San Diego y la barriada de Santa Bárbara.

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Calle Atarazana de este a oeste (antes y después)

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Calle Atarazana de oeste a este (Antes y después)

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Calle Aarazana 13. Supuesta primera casa de piedra de Santo Domingo

antes y después de restaurada (1970)

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Calle Vicente Celestino Duarte (antes y después)

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Calle Colón entre calles Atarazana y Vicente Celestino Duarte

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A todo aquello se unía el paupérrimo barrio levantado en el Solar de Santa Ana, ubicado entre las calles Atarazana y Vicente Celestino Duarte, la vecindad con el muelle de Santo Domingo, donde ya no existía la muralla antigua que los separaba, cuyos obreros, vendedores ambulantes, y otros, integrantes del sistema social compuesto por toda aquella gente, y en que sigue viviendo una buena parte de los dominicanos, hacía imposible que nadie se aventurara a dar un paseo para tener una idea de lo que fue una de las primeras barriadas de la Ciudad de Ovando.

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Calle Vicente Delestino Duarte casi con intersección de Isabel La Católica

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Viviendas en el antiguo Solar de Santa Ana, demolidas y sustituidas por un estacionamiento.

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Es de lamentar, que después del gran esfuerzo realizado durante casi doce años (1967-1978), en los que se realizaron obras de la envergadura del sector de la Atarazana, Hostal Nicolás de Ovando, Casas de Tostado, del Cordón, de la Moneda, y otras, entre las principales, ninguna obra de importancia se ha hecho hasta estos momentos, cuando se está construyendo un estacionamiento soterrado de vehículos, en lugar del que había, de un solo nivel, donde se encontraba, en sus días de gloria, el llamado Solar de Santa Ana.

Es de esperarse que con las modificaciones de los pavimentos de las calles y aceras, y la eliminación del tendido eléctrico y telefónico que teje su cielo anárquicamente, se dé continuidad a lo iniciado en 1967, y que fuera suspendido once años después.

De no mucho servirán los 30 millones de dólares que se están invirtiendo en el centro histórico, si no se acude, nuevamente, a una política valiente, que tienda, entre otras cosas, a reubicar muchas de estas gentes, y pequeños talleres, a lugares adecuados, que permita rescatar, no camuflar, un sinnúmero de casas particulares, que permanecen invadidas desde que se reiniciara la democracia en nuestro país, que de no ser de esta manera será cada vez más difícil lograr lo deseado.

FRANCISCO DE GARAY

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Francisco de Garay (1475? – 27 de diciembre de 1523), adelantado, navegó a La Española con Cristóbal Colón en su segundo viaje (1493). Estaba emparentado con María de Toledo, la esposa de Diego Colón, quien a su vez estaba emparentada con el rey Fernando el Católico. Posteriormente fue nombrado gobernador de la isla de Jamaica. Obtuvo permiso de la corona española para colonizar los alrededores del río Pánuco, pero sus expediciones fracasaron.

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Cuando se investiga la vida de Garay, en los sugerentes acontecimientos y circunstancias que la rodearon, se advierte, inmediatamente, que estamos ante un personaje que goza como muy pocos, de las claves que hacen universal a una figura histórica. Especialmente reseñable es la relación cercana que mantuvo con algunas de las personas más interesantes de su tiempo. Ya desde las primeras referencias documentales le encontramos formando parte del círculo más próximo de la familia Colón, lo cual debe resaltarse, porque el Almirante se mostró siempre extremadamente receloso con las personas y, por tanto, muy cauto eligiendo a las de su confianza. Se trata de una relación que desde el principio tuvo un carácter que fue más allá del meramente contractual, pues Colón mostró hacia Garay una especial predilección que le llevó a preocuparse personalmente de instruirle y, con el tiempo, nombrarle notario, en un momento tan delicado como el de la rebelión de Roldán. Más adelante, esta relación se tornó familiar, cuando Garay emparentó con los Colón por medio de su matrimonio con Ana Muñiz de Perestrello, sobrina del descubridor. Otra persona significativa en la vida de Garay fue el mismo monarca, Fernando el Católico, con quien estableció sociedad para crear en Jamaica una serie de granjas dedicadas al cultivo y a la cría de animales, con el objetivo de aprovisionar a las flotas que llegaban desde España al Nuevo Mundo, y que permitió resolver el gravísimo problema de intendencia que se creó en los años inmediatamente posteriores al Descubrimiento.
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Se dice que en 1502 un fenomenal descubrimiento de oro cerca a Santo Domingo lanzó a Garay por el camino de la riqueza y el poder. Durante su estancia en esa ciudad, construyó la Casa del Cordón, la que lo albergó por un tiempo. Sin embargo, a los pocos años estaba fuertemente endeudado con banqueros genoveses. Esta fue quizá la motivación detrás de sus intentos por descubrir nuevas tierras.
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En 1509 el Virrey Diego Colón con su esposa María de Toledo dejaron la Torre del Homenaje, donde residieron al llegar a Santo Domingo, a Francisco de Tapia, y vivieron brevemente en la Casa del Cordón, antes de mudarse a su palacio, el Alcázar de Colón. De igual manera, allí se instaló la Real Audiencia. También habitó en ella Miguel Díaz de Aux, militar español que acompañó a Cristóbal Colón en la segunda expedición, en 1493. Fijó su residencia en una parte del territorio ocupado hoy por Haití, y se caso con la hija de un jefe de los indígenas. Se le nombró Alcaide de la fortaleza de Santo Domingo y sufrió las intrigas de Bobadilla, siendo deportado a España junto con los hermanos Colón. En la península fue indultado, y en 1512 se le reintegró a su puesto.

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Alrededor de 1510 contrajo matrimonio en Santo Domingo con Ana Muñiz de Perestrello, hija de Bartolomeu Perestrelo, y por lo tanto sobrina del gobernador Diego Colón, con la cual tuvo descendencia, establecida en el Perú.
En 1511, Garay buscó conquistar la Isla Guadalupe y falló. Subsecuentemente sirvió como alguacil mayor de La Española y alcalde del fuerte Yáquimo.

Se desconoce lo relativo a su biografía hasta 1493, cuando embarcó en el segundo viaje de Colón, aunque consta que nació en una familia acomodada de origen vasco. Una vez en la isla Española, fue amigo del almirante, quien le encargó, junto con Miguel Díaz de Aux y Armendáriz, una expedición de descubrimiento, donde encontraron las minas de oro de San Cristóbal. Colón les encargó luego ayudar a su hermano Bartolomé a fundar la ciudad de Santo Domingo en el sur de la isla. Garay ayudó a erigir la capital y fue el primero que tuvo una gran casa en la ciudad, “casa de piedra e a modo de España”, como señaló Fernández de Oviedo. Fue regidor y procurador del cabildo dominicano, y se dedicó a la minería, reuniendo una fortuna considerable. En una de sus minas se obtuvo una pepita de más de 3.600 pesos, que alcanzó celebridad en la época.

Hay indicios de que la Casa del Cordón en Santo Domingo se comenzó en 1503, al año de Ovando haber fundado la ciudad, y se encontraba en las inmediaciones del desembarcadero.
En relación a la Casa del Cordón, primera en construirse de piedra y a modo de España, el dominico Fray Vicente Rubio plateó una ponencia de que esa “casa de piedra” no es la que se ha estando considerando como tal. En cambio, propuso que es casa debía ser la casa de piedra que se encuentra en la calle Atarazana, la que sí es propincua (cercana) al desembarcadero. Por esta razón y por otras de tipo estilístico, me siento en la obligación de apoyar al padre Rubio.
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Más tarde, Garay logró que se le concediera el título de adelantado y gobernador en una amplia zona que abarcaba el litoral mexicano desde Pensacola hasta Cabo Rojo. Con el título de gobernador y adelantado, salió Garay de Jamaica en junio de 1523 llevando consigo más de 800 españoles y buen número de indios de Jamaica. Desembarcó Garay en el que llamó río de las Palmas que algunos han identificado con el Río Bravo, y llegando al río Mississippi. Tuvo allí pronto numerosos problemas que se agravaron cuando hombres de Pedro de Alvarado y Diego de Ocampo, por disposición de Hernán Cortés, lo detuvieron. Vencido, fue llevado prisionero a la ciudad de México. Aunque Cortés lo recibió con cierta cordialidad, el hecho es que poco después de haber llegado, precisamente en Nochebuena de 1523, enfermó y tres días después murió.

No faltó quien dijese que le habían ayudado a morir, porque habitaba con Alonso de Villanueva; pero esto era falso, pues murió de mal de costado, y así lo juraron el doctor Ojeda y el licenciado Pedro López, médicos que lo asistieron. Así acabó el adelantado Francisco de Garay, pobre, descontento, en casa ajena, en tierra de su adversario, pudiendo, si se hubiese contentado, morir rico, alegre, en su casa, al lado de sus hijos y mujer, en un lugar propincuo al desembarcadero de la ciudad de Santo Domingo.

Un dato interesante es el que relata que durante la incursión de Francis Drake en Santo Domingo, se instaló en la Casa del Cordón la balanza en la que se pesaban las pertenencias que debían entregar los pobladores de la ciudad al corsario inglés.

En relación a este tema, después de realizarse una profunda investigación de lo acontecido durante el período que los ingleses permanecieron en la ciudad, se debería ponderar la instalación de un museo en dicho monumento histórico, que represente todo lo relacionado con aquel lamentable acontecimiento, que marcó un antes y después de la existencia de la primera colonia española en el Nuevo Mundo.

Con ello, no solo se tendría un argumento más que factible para darle a la Casa del Cordón un uso más digno y representativo, que el que actualmente se le está dando. Que no es, por cierto, ni la sombra de lo que se convino, en su momento, entre el Gobierno y el Banco Popular Dominicano.

Garay llegó a América en el año 1493, en el segundo viaje de Cristóbal Colón, posiblemente a bordo de la nao capitana de la armada, pues fue uno de los pajes que sirvieron al Almirante. En consecuencia, formó parte de la primera generación de personas que de forma continuada se estableció en aquellas tierras, llegando a destacar en los textos de los cronistas junto a un escogido grupo de compañeros de viaje, como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Diego Velázquez o Juan
Ponce de León. Incomprensiblemente, Francisco de Garay, quien en su tiempo sobresalió claramente sobre casi todos ellos, es hoy día, salvo para los investigadores especializados, un personaje prácticamente desconocido y se encuentra relegado por la historiografía moderna a un segundo plano entre los conquistadores de Indias.

En mi próximo relato me referiré al aragonés Miguel Díaz de Aux y Armendáriz, un olvidado personaje que, después de enterarme de su afanosa existencia, me permito recomendarlo como una de los conquistadores más importantes de cuantos tuvieron que ver con el surgimiento, desarrollo, y posteriores aportes, de lo que se llegó a convertir en uno de los más extraordinarios acontecimientos que registra la humanidad.