UNA NOCHE BUENA DIFERENTE

Este fin de año, al igual que muchos otros, lo pasamos en un lugar diferente al acostumbrado. Esta vez se nos ocurrió pasarlo en Calabasas, un pueblo de Los Ángeles, California, donde vive nuestra hija Gricel con su familia desde hace poco menos de un año. El encuentro familiar resultó ideal, ya que nuestra otra hija, Carolina, su esposo y sus dos hijas, también vinieron desde New York a celebrar la Navidad junto con nosotros.

La celebración de la Noche Buena resultó ser en el transcurso de una tarde fabulosa, pues en esta época del año la temperatura suele descender bastante, impidiendo que se puedan utilizar los exteriores, que en esta región son encantadores. Pero esta vez la naturaleza fue sumamente complaciente, logrando que la misma se mantuviera a niveles aceptables. Fue así como los anfitriones y el medio centenar de invitados logramos disfrutar del patio, junto a la piscina y a la profusa vegetación compuesta, entre otros, de árboles de olivo, higos y granada.

La cena estuvo compuesta de platos iraníes y dominicanos, como correspondía a la familia de nuesto yerno, Mehran, y a la nuestra. No faltando, en este caso, el clásico moro de guandules, además de los pasteles en hoja, y los pastelitos y empanadas, traídos desde Santo Domingo, conjuntamente con el ron.

A la mañana siguiente, día de Navidad, la celebración empezó desde temprano, junto al acostumbrado árbol, rodeado de regalos procedentes de todos los familiares.

La fotografía de ese momento fue tomada, automáticamente, desde un celular, estando algunos de nosotros, todavía, en ropa de dormir.

Esperamos que la víspera del 2019 estemos vivos, y podamos celebrarla en similares condiciones de salud y alegría, y preparados para darle frente al mismo con similar entusiasmo.

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De izquierda a derecha, Gricel, Carolina, Jeffrey Bersch, Resa Moarefi, y Mónica de Moarefi.

 

Gricel junto a su hija Leila, y sus sobrinas Alyssa y Amanda Berusch Del Monte

 

Manuel y Urania ready to go.

 

Manuel y Urania en compañía de una hermana de Mehran, y de su hermano mayor y su esposa.

Las fanilias Del Monte Alvarez, Moarefi Del Monte, y Berusch Del Monte, posan temparano la mañana de Navidad listos para repartir los regalos. La foto fue tomada por un celular preparado automaticamente. Lo que se nota la falta de un ojo humano detrás.

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PALMAS DEL MAR CABAÑAS CLUB

Así fue como llamamos al complejo de cabañas originales, consistente en 13 unidades de dos y tres dormitorios. Ampliado con 30 villas de dos pisos, y tres dormitorios. Las 13 cabañas eran propiedad nuestra, y las 30 villas de igual número de personas. De las cuales se alquilaban las que quisieran sus propietarios.

Transcurría el año 1969, cuando de repente nuestro único hijo varón, Manuel Emilio Jr. enfermó de gravedad. Después de haber sido tratado por su pediatra, en el Centro Médico UCE, y haber sido dado de alta en deplorables condiciones, decidimos llevarlo a Puerto Rico, donde había nacido. Afortunadamente, allí le salvaron la vida, aunque quedando con algunas deficiencias. Antes de ser dado de alta del Hospital Auxilio Mutuo, ubicado en Hato Rey, San Juan, P.R., el Dr. Mirabal, quien puso todo su empeño, nos recomendó que hiciéramos lo posible por llevarlo a la playa, para que con el ejercicio de natación, el salitre del mar, y el sol, le ayudaran a devolverle sus movimientos de los músculos de su pierna y brazo derechos, causado por una hemiplejia.

Con fines de cumplir aquella recomendación me fui a la playa de Juan Dolio, una de las más cercanas de la capital. Al llegar allí me dirigí a unos terrenos ubicados al lado de una quinta abandonada que pertenecía al gobierno, en la que un hijo de Lope Balaguer se la pasaba tirando tiros al aire. Como fuimos por la carretera que comunica la capital con San Pedro de Macorís, bordeada de ambos lados por una especie de monte virgen, al llegar al lugar tuvimos que desbrozar una trocha para acceder al viejo camino que servía de comunicación entre los terrenos, y las pocas casas existentes. Incluyendo la gubernamental.

Los terrenos pertenecían a la familia Soñé, uno de la cual, Eduardo, había sido compañero mío de colegio. Tan pronto fue posible nos pusimos de acuerdo, y formalizamos el contrato de compra venta de un solar de unos tres mil metros cuadrados, con frente a la playa.

Imposibilitado de adquirir el terreno, y construir una cabaña por mi cuenta decidí planificar un conjunto de estas, que se alquilarían, contribuyendo así a poder cumplir nuestro objetivo. Sin pérdida de tiempo desarrollamos un proyecto en el que ubicamos seis cabañas, otra estructura para instalar algunos servicios y la servidumbre, así como un estacionamiento. A todo esto tuvimos que agregarle un poso y una cisterna, al igual que un generador eléctrico, y un servicio de telefonía. Completado el proyecto lo pusimos en manos del Ing. Hugo Bueno Pascal para que realizara un estudio de factibilidad, necesario para solicitar un préstamo bancario.

Como había sido creado un programa de financiamiento a cargo de INFRATUR, agencia que fuera creada a tales efectos por el Banco Central de la República  Dominicana, allí acudí. Siendo mi sorpresa el que los financiamientos de este programa solo estaban destinados para proyectos en la costa norte. Es decir en Puerto Plata. Pero, como quien me atendió fue el Gobernador, Lic. Diógenes Fernández, que me conocía desde pequeño, y sabía lo que yo estaba haciendo en la Ciudad Colonial, llamó al Ing. Samuel Conde, Presidente del Bando Hipotecario, a quien le solicitó que me recibiera, y tratara de complacerme.

Y así fue como mi proyecto fue aceptado, convirtiéndose en el segundo en ser financiado por el Banco Hipotecario, al que posteriormente le agregaron el término Dominicano. Resuelto el problema del financiamiento me dirigí a los demás organismos del Estado en procura de los permisos correspondientes. Y de ahí a la construcción de las seis cabañas de dos y tres dormitorios, cada una con sala comedor, cocina, baño, amplia terraza cubierta, y cuarto de servicio. Además de una ducha ubicada antes de acceder a la terraza, y un amplio BBQ. Fueron equipadas con aire acondicionado y abanicos de techo, calentador de agua, nevera, estufa, extractor eléctrico, y cacharros de cocina, vajilla, cubertería, y cristalería. Para encargarlo de la ejecución de las obras escogí a un amigo italiano, Mario Pérsico, a quien había conocido por ser el esposo de una hermana de uno de mis mejores amigos, Eugenio Cabreja, quien se portó a la altura de sus genes.

El estacionamiento recién terminado el proyecto de las 13 cabañas.

El estacionamiento actualmente. Ya un Juan Dolio en franca vía de desarrollo.

El éxito obtenido con el alquiler fue tan positivo que al poco tiempo adquirí otro solar de las mismas dimensiones, del lado occidental del primero, en el que construí siete cabañas similares a las primeras, que sumaron un total de trece. Baya número, que tan buena suerte nos trajo.

La playa frente a los terrenos fue limpiada, mejorada sus condiciones de seguridad, y tratada con esmero. Se construyeron unos seis o siete quioscos techados de cana, y se replantaron varias palmas de coco.

Debajo de uno de los quioscos originales que se llevó a su paso el huracán George, se encuentran mi mamá, mi esposa Urania, mi tía Josefa, y mis hijos, Carolina, Manuel Emilio y Gricel.

Aunque los quioscos no estaban muy cerca del agua, y estaban bien sembrados, la furia de George los arrancó de cuajo, y el agua llegó hasta unos cuantos metros de distancia de las cabañas delanteras.

Dos de los viejos quioscos recostruidos. La grama esplendorosamente crecida, y los caminos todavía presentes, despues de más de cincuenta años. La verja que separa el área de las cabañas de la playa fue necesario instalarla como protección de ladrones y desaprensibos, que no aparecían en su época primigenia.

Fueron tan positivos los resultados obtenidos con esta segunda etapa, que un buen día un gran amigo puertorriqueño me sugirió que nos asociáramos, y compráramos treinta mil metros cuadrados frente al proyecto existente, separados por el antiguo camino real, en el que construimos treinta villas de dos pisos, acompañadas de piscina, quiosco de dos niveles techado de cana, servicios sanitarios, y de conserjería, y un área que serviría para instalar una cocina. Para la distribución de las mismas fueron ubicadas sin que se perjudicara ninguna, e intercomunicadas mediante caminos bordeados de jardinería, y un estacionamiento, similar al de las trece cabañas.

Volviendo atrás, debo decir que la inauguración de las seis primeras cabañas, tuvo efecto una preciosa tarde con la asistencia del Director General de Turismo, el de INFRATUR, y otras personalidades, familiares y amigos. La bendición fue impartida por Monseñor Octavio Antonio Beras, Arzobispo de Santo Domingo. Para reservas fue instalada una oficina en el edificio conocido como Conde 15, frente al Parque Colón, de la que fuera encargada la Srta. Emma Peña.

No podría dejar de decir, o más bien recordar a los olvidadizos, que al proyecto Palmas de Mar le corresponde el privilegio de haber sido el primero de esta naturaleza que se concibió en el país para servirle al pueblo dominicano, así como al turismo internacional. Que cuando empezó a operar no existían en el país alojamientos playeros para turistas nacionales o extranjeros, a no ser el Hotel Villas del Mar, al final de la playa de Juan Dolio. Y aunque no me quita el sueño, no puedo dejar de decir que jamás Palmas del Mar ha sido mencionado en los records nacionales de lo ocurrido en el país en torno al desarrollo turístico nacional. Puntualizando que en un acuerdo con el Hotel Villas del Mar, se alojaron los primeros turistas canadienses, llegados en grupo, iniciando de esa manera una la historia del turismo en nuestro país.

No obstante ello, y otros detalles que no merece la pena recordar, puedo decir con orgullo, que después de casi 45 años de existencia Palmas del Mar se conserva, con una que otra excepción, en magníficas condiciones. Las fotos que anexo a este recuento, tomadas por mí el pasado sábado 2 de diciembre hablan por sí solas. Manteniendo, permanentemente, en mi interior, la satisfacción de haberle dado este modesto aporte al desarrollo turístico de mi país, algo similar al que hice como Fundador y Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), de 1967 a 1978.

Dos muestras de como han sobrevivido las primeras trece cabañas, su entorno, y el sendero que va desde el estacionamiento hata la playa en medio de las dos hileras. 

El estacionamiento de las 30 villas, igualmente bien conservado.

Transparente como el primer día, el agua de la piscina es un ejemplo de lo que ha sido el complejo de las 30 villas. Cuyos propietarios, con una sola excepción, las han mantenido de acuerdo a sus preferencias, pero simpre conservando el concepto original del proyecto. Y mejorado su entorno. Después de muchos años sin visitar la que fuera mi obra no colonial predilecta, mi única queja ha sido la profusión de la jardinería al rededor de las villas, que en algunos casos las han cubierto, totalmente.

 

 

CASA PADRE BILLINI 15

No podía terminar con mis lucubraciones sobre el proceso de desarrollo de las obras en las que intervine como fundador y director de la Oficina de Patrimonio Cultural, OPC (1967-1978), sin incluir la que resultó ser la que con más profundo interés personal realicé. Con la que tuve el coraje de enfrascarme recién llegado a mi país para ocupar dicha dirección, después de siete años ausente, en momentos en que se habían desarrollado lamentables acontecimientos en 1965. Tiempo suficiente para que casi, casi llegara a olvidar la intrínseca manera de ser, de pensar, y de actuar, de la mayoría de  mis conciudadanos. Me había alejado mu joven, en una época en que las relaciones interpersonales eran tratadas de manera muy diferente. Y el “yo no me doy cuenta” no se había empezado a instaurar en nuestro léxico como sucediera después de pasados esos años.

http://www.cachicha.com/2013/08/si-usted-supiera-que-yo-no-me-doy-cuenta-video/

De repente me reencontré con un país bastante diferente al que había dejado en el año 1960, no obstante haber venido algunas veces durante aquel exilio forzoso, que luego se convirtió en voluntario. Para mi suerte me encontré con amigos y conocidos extranjeros que me tendieron sus manos. Y a un estadista gobernando la nación a quien no le fue nada difícil entender lo que traía con migo. Dos proyectos que contribuirían a darle curso al rumbo que me guiaría a partir de aquel entonces: La Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), y la casa de la calle Padre Billini.

Acostumbrado a practicar lo que predico tuve la percepción de haber dado los pasos que di cumpliendo con el dictado de mi consciencia. Siendo el seguno tratar de emula a Ricardo Alegría, responsable de dirigir el programa de rescate y puesta en valor del Viejo San Juan de Puerto Rico, donde pasé los últimos tres años en compañía de mi familia. Adquiriendo y restaurando, para convertirla en nuestra residencia, una casa tan antigua como me fuera posible encontrar, ubicada en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. En aquel entonces casi convertido en un penoso arrabal.

Al poco tiempo de estar residiendo en mi país, en la ciudad donde vine al mundo hacía treinta años, cargado de energías, y presto a llevarme por delante lo que se atravesara en mi camino, sin que tuviera que hacerle daño a nadie, ni meterme por el medio para serrucharle el palo a alguien, empecé a gestionar la búsqueda de la casa que soñaba cuyo precio, y costo de inversión en su rescate, se ajustaran a mis posibilidades económicas.

No pasó mucho tiempo sin qué finalmente encontrara la casa, que fue de dos pisos, situada en la calle Padre Billini, entre las calles Arz. Meriño e Isabel La Católica, que tenía un aspecto tenebroso, tanto exterior como interiormente. Que aunque a simple vista carecía de lo que buscaba para que me llamara la atención, mi visión de rayos X me convenció para que la adquiriera. Sucediendo algo similar a lo que me pasó cuando adquirí la casa de la Arzobispo Meriño, casi treinta años después.

Doña Urania en compañía de sus tres hijos en la puerta de la “Casa de la Argolla”, y en una de las salas de la casa.

La casa colindante con otra que se encuentra frente a la Plaza Padre Billini; patio con patio con la renglera de casas cuyo frente daba a la continuación de la calle Arzobispo Nouel, que fue convertida en la Plazoleta de los Curas, del lado sur de la Catedral; a una casa de por medio del Callejón de los Curas; y frente a una licorería justo al lado de la Casa de España. En fin, una casa y un sector de lo mejor que podía encontrar en aquel entonces. Solo que en su conjunto irradiaba un aspecto deprimente, al que contribuía la actividad de la licorería.

 

 

  

Pero como la Ciudad Colonial tenía un parecido, en términos generales, a como se encontraba el Viejo San Juan antes de su rescate y transformación, asumí el riesgo y tomé la decisión de echar pa´lante, y emprender el camino que me había propuesto. No tardé en contactar los propietarios, que resultaron ser personas conocidas, con quienes pude llevar a cabo la negociación sin la menor dificultad. Que sí comencé a tener desde el primer momento en que empecé a gestionar el préstamo que necesitaba.

Para la obtención del financiamiento me dirigí al Instituto de Auxilios y Viviendas, con la seguridad de que como funcionario del gobierno tendría éxito. Pero las cosas no salieron así. Al director no le parecía prudente que el préstamo fuera dedicado a adquirir una especie de ruina. Según su apreciación debía ser para adquirir una nueva casa, como las que se construían en la urbanización Los Prados. De allí me dirigí a Palacio con la intención de ver al Presidente Balaguer. Una vez frente al mandatario le transmití lo que me había sucedido. Y al término de mi exposición llamó a uno de sus asistentes para que lo comunicaran con el director del INAVI, a quien le autorizó aprobar mi solicitud.

De esa manera pude adquirir el inmueble a principios de 1970, por el valor de RD$15,000.00. Habiendo sido el financiamiento de RD$12,000.00, completé el total con unos ahorros que traje de Puerto Rico. De inmediato procedí a efectuar una limpieza, seguida del levantamiento correspondiente. Concluida la liberación del recubrimiento de todas sus paredes, y el bote de escombros, procedí a dar los primeros pasos, una vez obtenido los planos.

Habiendo sido lo primero en los trabajos de restauración de la casa despejar un estrecho vano en el que se encontraba el portal de entrada, que había sido modificado, totalmente. Consistente en un hermoso portal construido de sillares, casi intacto, al que solo tuve que agregar la cornisa, que la habían hecho desaparecer cuando le encaquetaron en cima el espantoso balcón corrido de concreto.

Otro detalle interesante de aquella ruinosa edificación consistió la doble arcada, construida de ladrillo en época posterior a la de la construcción de la casa, para comunicar el cuerpo original, procedente de las primeras décadas del Siglo XVI, con el construido posteriormente. Un pozo artesiano y un aljibe dotado de una rara estructura, que recibía el agua de los techos mediante una tubería de barro, que fue conservada y recubierta después de tomarle las fotos que se necesitarían para cuando se escribiera el historial de la casa.

No he querido ampliar lo concerniente al proceso de restauración por lo extenso que resultaría, además de que el propósito de esta lucubración no es más que hacer los señalamientos necesarios que sirvan, una vez más, como comprobación de quien fue que se atrevió a realizar una hazaña de tal naturaleza, cuando a nadie, absolutamente, a ningún dominicano, se le hubiera ocurrido complicarse su vida en algo que solo un soñador se atrevió.

El resultado fue impresionante. La estructura antigua de la casa continuó siendo la misma, incluyendo las vigas de caoba del entrepiso y techo, pero con el agravante de servir para acomodar una familia del Siglo XX. Dotada de los servicios imprescindibles, y el confort necesario. Al igual que de una alberca en el traspatio, la que fue dotada de equipos de filtrado y cloración, que permitiera ser usada para darse un chapuzón, pero que fuera considerablemente reducida por los compradores, y propietarios actuales.

Una cocina de tamaño respetable alicatada con cerámica importada de Talavera de la Reina, y dotada del equipo necesario, fue una de las atracciones. Se convirtió en un espacio que además de servir para los propósitos culinarios, hizo las veces, conjuntamente con los demás ambientes, y los dos patios, para entretener a nuestros invitados.

A propósito de los dos patios, el del medio resultaba atractivo por la existencia de la doble arcada de ladrillo, la estructura del aljibe, la puerta de estilo mudéjar de acceso a la cocina, al igual que las plantas que fueron sembradas. El tras patio, dotado de alberca o piscina, con una boca de león esculpida en piedra colocada en la pared detrás de la misma, de donde salía un chorro de agua; el árbol de higueros, obsequiado por la Gobernadora de La Vega, procedente de la desaparecida Concepción de La Vega; y las matas de guineo manzano en la otra esquina, hacían las delicias de aquellos ambientes debajo del cielo, convertido en remanso de paz.

En la gráfica de arriba, actualmente, se puede ver la alberca reducida, considerablemente. En la de abajo, la misma alberca, haciendo las veces de piscina, como fue originalmente construida.

Lamentablemente no me ha sido posible mostrar fotografías de las que fueron tomadas, antes, durante, y después de ejecutados los trabajos. Ya que las mismas, consistentes en diapositivas, las perdí en New York, adonde me fui a dictar una conferencia en el Hunter College. Increíble, perder algo de lo más preciado.

Por ser algo tan importante para mí y mi familia, vi con desagrado que la revista HOLA Dominicana, publicara un amplio reportaje con unos comentarios de la casa en los que se omitía mi nombre, como si fuera algo ordenado por un “ser”, que solo ha asistido a farsantes. En otras palabras habiendo sido Manuel E. Del Monte Urraca quien adquirió, restauró, residió por diez años, y vendió en 1980 a sus actuales residentes, una casa que solo él fue capaz de hacer lo que se hizo, y en la época en que lo hizo.

Antes de terminar quiero enfatizar la ocurrencia de momentos inolvidables vividos en la Padre Billini 15. Reuniones familiares, sociales de diversas índoles. Cenas entre amigos, despedida de Embajadores amigos, cumpleaños, y todo lo que el lector pueda imaginarse se sucedieron durante los diez años que la ocupamos, cuyos recuerdos permanecerán siempre entre nosotros.

Cena de despedida al Embajador norteamericano Francis E. Melloy, Jr., con la asistencia del Vicepresidente Goico Morales y Sra., La Embajadora de Países Bajos y esposo, y el Ministro Consejero de la Embajada de los EEUU y Sra.

Despedida del Embajador de España, a la que asistieron varios amigos y relacionados. Nótense la alberca, y la vegetación tropical alrededor del tas patio.

 

El Embajador de España, Aurelio Vals y su esposa, Carmen Vals, bailando con los señores Del Monte, en una de las tantas noches agradables celebradas en la casa.