PASAGES DE UNA VIDA PLENA DE SATISFACCIONES (IV)

Decidido a continuar por el camino que el destino me había deparado, y escogido por mí mismo, sin mirar pa´ tra´, ni pa´ coger impulso, la vida empezó a tratarme mejor. Por un lado la salud de mi hijo Manuel Emilio Jr. mejoraba, Palmas del Mar iba viento en popa, y la cruz que Dios había puesto sobre mis hombros se convirtió en la oportunidad que Él mismo me dio para que pudiera demostrar quién soy. Sobre todo, viviendo en un país en el que no se le permite a nadie empujar por sí solo. Y si te atreves, refuérzate con una coraza, y mandar pa´l carajo a tus adversarios. Sin importarte quienes  son, y cuantos tenga la pandilla.

A seguidas continuaré exponiendo, muy sucintamente, lo relacionado con una de las primeras obras que desarrollamos. Fuera del programa que nos habíamos trazado, y propuesto cumplir, fue necesario hacer un paréntesis, y ocuparnos de un proyecto emanado del propio Presidente Balaguer. Sucedió, que para complacer viejos amigos el gobierno adquirió la llamada Casa de Tostado. Y se le ocurrió restaurarla. Sin tener una idea del uso que se le daría se iniciaron los trabajos de restauración. Al poco tiempo de iniciados surgió la idea de instalar un museo dedicado a la familia dominicana del Siglo XIX. Y así fue como al poco tiempo el Presidente Balaguer dejó inaugurada la casa puesta en valor, y el museo.

Con la idea de un museo de objetos originales del Siglo XIX se rescataron infinidad de estos procedentes de la única época que quedaba algo en bastante buen estado de nuestro azaroso pasado más reciente. Evitándose la instalación de otro museo de copias intrascendentes, de períodos de los que no heredamos nada, que no fuera lo que se conservaba en las iglesias. Para complementar la colección que se adquirió, la señora Graciela Vda. Chotin donó una extraordinaria pieza de porcelana consistente en un ánfora antigua, proveniente de las casas famosas de Francia.

  

Transcurrían aquellos agitados días, cuando realizando un recorrido por la Ciudad Colonial, en compañía de Ricardo Alegría, Director del Instituto de Cultura Puertorriqueña, al pasar por la calle Pellerano Alfau nos sorprendió ver que se estaba trabajando en una casa sin que los mismos hubieran sido registrados en la OPC. De inmediato nos dirigimos al periódico El Caribe, a corta distancia de allí, donde denuncié lo que fue calificado por el periódico de Restauraciones Clandestina. Resultando que la obra, dirigida por el Arq. Eugenio Pérez Montas, se la había conferido el Presidente Balaguer. No quise revolver el avispero, a sabiendas de que aquello se convertiría en una costumbre muy dominicana.

Al pasar el tiempo recibí una llamada del Encargado de Protocolo del gobierno, diciéndome que el Presidente me había ordenado organizar la inauguración de la que llamarían Casa de Diego Caballero. A lo que yo le contesté diciéndole, que me parecía que se estaba cometiendo un error. Que esa no había sido una obra de la OPC, y que por tanto se lo comunicara al presidente. Pero no valió de nada el pataleo. El acto de inauguración fue organizado como procedía, y en mi condición de Director tuve que pronunciar las palabras centrales.

A continuación proseguiré con lo que dejé pendiente la semana pasada, que se trata de una obra que teníamos en carpeta. El hostal del que le había mencionado hacía algún tiempo al Presidente, y a él le parecía muy atractivo. Una mañana me volvió a llamar el Ing. Martínez Brea para sugerirme que fuera a ver al Presidente. Tan pronto se presentó la oportunidad me dirigí a Palacio, y fui a verlo. Una vez con él me dijo que el señor Enrique Apolinar Henríquez le había hecho llegar un telegrama, que me entregó y conservo, en el que le decía que se oponía a que la casa del primer gobernador de Santo Domingo fuera convertida en un lugar de turistas trashumantes, y otros disparates más. El Presidente, quien había valorado al señor Henríquez en un millón de votos, me sugirió que lo invitara a la obra, en compañía de otras personas. Y así fue como le hice la invitación, conjuntamente con al Arq. José A. Caro y el Embajador de España y Sra. Resultando el encuentro tan exitoso, que despejó el camino para que fuera aprovado.

Carmen de Vals, Del Monte, Arq. José Antonio Cara, Don Quiquí, Aurelio Vals Embajador de España.

Pero antes de esa “simpática” experiencia con don Quiquí, como llamaban cariñosamente al personaje, se había presentado otra no menos inoportuna. En otra ocasión recibí otra llamada del Ing. Martínez Brea para comunicarme que al día siguiente traería al Presidente a mi oficina, y que estuviera preparado con lo del proyecto del hostal. Y así fue como a la mañana siguiente se apareció el Dr. Balaguer acompañado del Ing. Martínez, y otras personas de su escolta. Una vez en la oficina nos dirigimos hacia el segundo piso para pasar a la Plaza España, junto al Alcázar de Colón.

Ubicándonos frente al palacio virreinal le mostramos un “rendering” a colores de lo que sería el Hostal Nicolás de Ovando. Al concluir mi exposición el Presidente me dijo que empezara la obra. A lo que yo le contesté, que no lo podía hacer en esos precisos momentos debido a que los arquitectos de las obras de restauración de las Casas Reales tenían ocupadas las casas de Ovando como depósito de materiales de sus obras.

A seguidas el Presidente preguntó por el Arq. Pérez Montas, a quien había visto por ahí. De inmediato el arquitecto se puso frente a este, poniéndose a su disposición. El Dr. Balaguer, sin adelantar palabra alguna, le ordenó que desalojaran las edificaciones, que el arquitecto Del Monte iba a comenzar a trabajar en su proyecto lo antes posible. Al despedirnos el ingeniero Martínez Brea me pidió que fuera a verlo cuanto antes.

Culminada la primera etapa de aquella aventura sin haber sucumbido, y disponiendo de un decidido respaldo presidencial, que estaba dispuesto a que lo que estaba viendo, constantemente, continuara viento en popa, me dio confianza para continuar. Igualmente sucedía con una cantidad de ciudadanos dominicanos y extranjeros, que sorprendidos con lo que veían nos dieron su apoyo incondicionalmente. De ahí que decidiéramos trazarnos una nueva ruta, integrando a la OPC una pléyade de jóvenes arquitectos entre los que se encontraban, Roberto Prieto, Virgilio Dalmau, Chichí Ricart, José Ramón Prat (Pusiso), Pichi Vega, y otros. De la misma manera, reclutamos los obreros especializados que todavía quedaban disponibles de los que trabajaron con el arquitecto Javier Barroso en la restauración del Alcázar de Colón, y continuamos recibiendo la colaboración de historiadores, arqueólogos, y periodistas.

Así las cosas, continuamos con la ejecución de interesantes proyectos de restauración, como los de las casas de Ovando, y su conversión en hostal, la Casa del Cordón, la segunda etapa del Sector de la Atarazana, para convertirla en zona franca turística, las monumentales Atarazanas Reales y otras.

Al mismo tiempo surgía toda una serie de actividades, que ponían de relieve la obra que se estaba desarrollando. Tales como los aniversarios de la OPC, celebrados en los diferentes monumentos restaurados,  exposiciones de arte, conciertos y recitales, conferencias, recepciones y despedidas de personalidades, visitas importantes, etc., que colmaron el ambiente recién creado en la Ciudad Colonial de lo que parecía un nuevo resurgir.

  

Almuerzo de la Cámara Amercana de Comercio.

  

Conjuntamente con todo ello fuimos invitados a participar en conferencias internacionales llevadas a cabo de diferentes partes del Mundo. La primera de estas tuvo lugar en la ciudad de Quito, Ecuador, organizada por la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la que se proclamaron La Normas de Quito. Al poco tiempo volvimos a Sur América para participar en la reunión interamericana relacionada con el Arte Sagrado Colonial, que se llevó a cabo en Bogotá, Colombia. Seguida de otro encuentro de especialistas en restauración celebrada en El Cuzco, Perú, y más adelante otro encuentro del Centro de Roma, celebrado en Venecia, Italia, en 1972, en el que fue ratificada la Carta de Venecia.

Los delegados a la Reunión de Quito reunidos con el presidente ecuatoriano.

 

En compañía de los arquitectos José Manuel González Valcárcel (Centro), de España, y Carlos Flores Marini, de México, en Bogotá, Colombia.

Una de las últimas reuniones a la que asistimos tuvo lugar en la ciudad de San Agustín, Florida, EEUU, en la que se produjo un choque de trenes, como consecuencia de las presentaciones de dos arquitectos dominicanos, Roberto Berges Febles y yo, en la que fueron leídas dos ponencias antagónicas sobre los trabajos que se realzaban en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Y en la que participaron otros especialistas que habían estado en Santo Domingo,  comprobando quien tenía razón de lo que allí se estaba diciendo.

Ni que decir de mis numerosos viajes a España. Siendo uno de estos una invitación especial del Gobierno español, en el que tuve la oportunidad de conocer varios lugares de la Madre Patria que fueron escogidos por mí. En Santiago de Compostela tuve la satisfacción de conocer bien la Catedral de Santiago Apóstol, y el Hostal de los Reyes Católicos, donde fui alojado. Y del que recibí la inspiración para llevar a cabo mi proyecto favorito: el Hostal de Nicolás de Ovando.

En Madrid conocí al Ministro de Información y Turismo, y al Director del Banco Hipotecario de España. Siendo el Señor Alfredo Sánchez Bella, incumbente de ambas posiciones, uno de mis mejores aliados en la Madre Patria. Y quien, en una ocasión pasó por Santo Domingo, vino a saludarme y recomendarme la empresa española Luz Internacional, Inc., propietaria del Hotel Luz Palacio en Madrid y otros más en España, para que dirigiera el Hostal Nicolás de Ovando, como de hecho sucedió.

Otro de mis viajes a España lo hice en compañía del señor Alejandro Grullón, presidente del Banco Popular Dominicano, con el propósito de comprar algunos objetos para ser utilizados en la restaurada Casa del Cordón. Viaje, que además, aprovechamos para ver algunos palacios antiguos rescatados y utilizados para instalar Cajas de Ahorro españolas. Aprovechando la ocasión para llevarle al presidente Balaguer unos folletos de estas, con el propósito de que pudiera comprobar lo que le había dicho para convencerlo de que autorizara ceder el palacio colonial al Banco Popular para hacer algo similar.

Hasta este punto he trazado una ruta mediante la cual me permití empezar con mi salida al exilio, mis ocupaciones en New York, y San Juan de Puerto Rico, mi regreso a la Patria, y mis avatares relacionados con el patrimonio cultural. Con la lucubración de la próxima semana concluiré la segunda etapa de publicaciones en mi Página Web: https://manueldelmonte.wordpress.com

PASAGES DE UNA VIDA PLENA DE SATISFACCIONES (III)

Me es imposible continuar con esta nueva serie sin hacer una parada, tan importante como la expresada al final del PASAGE anterior. Hasta entonces todo lo expuesto se circunscribió a lo institucional. Mis avatares en el desempeño de mi vida profesional, a partir de mí salida del país en octubre de 1960. Y algunas de las obras que se llevaron a cabo bajo mi dirección.

A continuación expondré, en lo posible, algunos asuntos relacionados con mi vida privada, y la de mi familia. Concretándome a cuanto se relacionaba con nuestra subsistencia en la nueva vida. La de Santo Domingo a partir del mes de junio de 1967.

Asumí mi muevo  rol como Director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), como funcionario del gobierno dominicano, con un sueldo de RD$300.00 mensuales, que me fueron abonados, de junio de 1967 a junio de 1968, por la OEA. Tal como habían acordado el gobierno dominicano y la Embajada de la OEA.

Con estos recursos económicos más unos ahorros que traje de Puerto Rico, además de mi carro, y nuestros enseres del hogar, debía darle frente a todo lo relacionado con el desenvolvimiento de una familia compuesta por cuatro miembros, más los gastos extras propios, algunos, de un funcionario de la categoría de la que ostentaba.

Así las cosas, decidí buscar una alternativa, que consistió en darle forma, en compañía de un amigo, a una pequeña empresa que se dedicaría a reproducir muebles de estilo, algunos de los cuales fueron copias de piezas del Alcázar de Colón. Instalamos el taller en la calle Isabel La Católica, cercano a la Iglesia de Santa Bárbara, y un local de exhibición frente al Alcázar, en una casa propiedad del señor Ángelo Porcella, que se encontraba en condiciones ruinosas, y fuera restaurada por mí con recursos aportados por su propietario.

  

Inauguración de la exposición de Artes de Santo Domingo en San Juan Puerto Rico. De izquierda a derecha aparecen dos funcionarios de la Corporación de Fomento de la Isla,       Arq. Manu E. Del Monte U., Juan Fidelio Guzmán, y Arq. Quique Reyes Rissi.

Como la situación económica de la mayoría de los dominicanos no estaba en condiciones de invertir en muebles de ese tipo, la empresa logró cubrir sus gastos con la venta de obras de arte de artistas dominicanos, para lo que fue instalada una galería de arte, alfombras persas que nos habían dejado en consignación, y las ventas a funcionarios de Embajadas, y de bancos extranjeros. Así las cosas, nos atrevimos a llevar a San Juan de Puerto Rico una exposición de las algunas de las mejores piezas, de las que se vendieron unas cuantas. La aventura de los novele empresarios no duró mucho tiempo, por lo que tuvimos que desistir antes de que las finanzas se tornaran más desfavorables.

Momento en que hacíamos entrega de un sillón frailero al Gobernador de Puerto Rico Don Luis Ferré, en su despacho de La Fortaleza.

Al poco tiempo de ocurrido el cierre de ARTES DE SANRO DOMINGO, INC., nos llegó algo inesperado. La enfermedad de nuestro único hijo varón, Manuel Emilio Jr., por lo que nos vimos obligados a modificar nuestro estilo de vida. Entonces, tuve que solicitar un permiso al gobierno, para ir a radicarnos en Puerto Rico, hasta que su salud estuviera en condiciones para regresar.

Al recibir el alta del Hospital Auxilio Mutuo de San Juan, Puerto Rico, donde estuvo recluido por un mes, el Dr. Mirabal, quien se hizo cargo del caso, nos recomendó baños de mar o de piscina como terapia para Manuel Emilio Jr. Algo que se convirtió en una incesante tarea, hasta que logramos resolverla.

Fue a propósito de esta misión que salimos en busca de un pedazo de tierra frente a una playa cuyo costo estuviera a nuestro alcance, que apareció en Juan Dolio. Aunque el precio era aceptable nosotros, no obstante no podíamos darle frente a la adquisición del terreno, y construir algo aceptable donde alojarnos. Por lo que tuve que disponerme a diseñar un pequeño proyecto con fines turísticos. No tardó mucho tiempo en que apareciera la solución. La idea consistió en crear un conjunto de cabañas que nos permitiera compartir.

Y así fue como logré diseñar un total de seis cabañas, además de áreas de servicio y estacionamiento. Una de las cuales sería para nuestro uso, y las otras cinco para alquilar. Enseguida me puse en contacto con el Ing. Hugo Bueno Pascal para que me preparara un proyecto de factibilidad, con el que fui, en el año 1969, al Banco Central, que había creado INFRATUR. Allí fui a ver al Gobernador, Lic. Diógenes Fernández, quien había sido muy amigo de mi familia. Y quien me dijo que ese nuevo programa financiero se había creado para financiar proyectos turísticos en Puerto Plata, exclusivamente. Y de inmediato se comunicó con el Presidente del Banco Hipotecario, Ing. Samuel Conde, recomendándome.

Sin pérdida de tiempo fui a ver al Ing. Conde al n nuevo banco hipotecario, de donde salí con la aprobación del préstamo número dos del banco.

PALMAS DEL MAR CABAÑAS CLUB fue el nombre del proyecto, que se constituyó en el lugar de playa escogido para devolverle su movilidad a nuestro hijo, al igual que para el disfrute de familias dominicanas, y de turistas. Con los beneficios obtenidos me fue posible darle frente a la vida, de manera más apropiada, complementado con la satisfacción que me proporcionaba  el desempeño del cargo como Director de la OPC.

Fue tal el éxito alcanzado, que decidí adquirir otro solar al lado del primero. Y con financiamiento del mismo banco construí siete cabañas y un mini mercado. Además instalamos un servicio telefónico y de lavandería.

A poco tiempo, en compañía de un amigo puertorriqueño construimos en el solar de enfrente treinta villas de dos niveles, piscina y restaurante, que fue totalmente vendido bajo el régimen de condominio.

Mientras estos nuevos cambios ocurrían, y el costo de la vida se incrementaba, tomé una decisión extraordinaria. Por más amor que le tuviera a la nueva misión a la que me había lanzado, y después de sopesarlo más de una vez, y de consultarlo con mi esposa, familiares y amigos de suma confianza, decidí presentar renuncia al cargo que tantas veces había soñado lograr. Y me dirigí a Palacio. Allí fui recibido por el señor Rafael Bello Andino, Subsecretario Administrativo de la Presidencia, y hombre cercano al presidente Balaguer.

Una vez reunido con el subsecretario le comenté el motivo de mi visita, y le hice entrega de la carta de renuncia. Este, al oír lo que le acababa de decir, reaccionó como alguien que no esperaba una noticia como esa. Pero, para mi sorpresa, me condujo hasta el cuarto de baño del despacho, lugar muy acostumbrado recurrir entonces en los diferentes despachos del Palacio, para tratar asuntos fuera de lo común, que no procedía que nadie se enterara. Y me dijo, con la parsimonia que lo ha caracterizado, que esa no era la solución, que él comprendía lo que yo alegaba, pero que no obstante el pensaba que debían haber otras salidas, una de las cuales era tratar de obtener contratas con el gobierno, mientras continuaba realizando mi tarea en la OPC, y en el nuevo proyecto playero. Y casi de inmediato me fue aumentado el sueldo a RD$600.00.

Y así mismo fue. Acogido a los consejos de Bello Andino aproveché el momento propicio para llevarle al Presidente tres proyectos que se encontraban listos en la OPC, y en poder de la Comisión  Consultiva desde hacía tiempo. De esa forma mataríamos dos pájaros de un solo tiro. Uno consistiendo en complacer al Presidente, quien me había llamado la atención por haber pasado un tiempo sin ver resultados como los prometidos, y el otro, que sin yo esperarlo me fue otorgado una contrata como las que se refería el Subsecretario Bello Andino.

Para ello sucedió lo inesperado al término de la reunión con el Presidente. Después de ver los planos de los tres proyectos me dijo que fuera a ver a Bebesito, a la oficina Supervisora de Obras del Estado. Lo que hice de inmediato. Al encontrarme con el Ing. Marco Subero, asistente del Ing. Martínez Brea, le argumenté cual era el propósito de mi visita, y le pregunté, qué era lo que significaba “ir donde Bebesito”. Siendo su respuesta, que me había otorgado una contrata. Y que volviera al otro día para formalizarlo.

Sorprendido, con lo que me acababa de suceder, le di mete esa noche, y a la mañana siguiente me dirigí a la oficina antes de lo acostumbrado, y lo primero que hice fue llamar a los arquitectos Virgilio Dalmau y Rafael (Chichí) Ricart Nouel, quienes habían trabajado en la elaboración de dos de los proyectos: la Fortaleza de Puerto Plata, y la Casa de Ponce de León en San Rafael de Yuma, Higuey. Para sorpresa de estos les dije lo que había pasado la noche anterior, y que yo prefería compartir la contrata con ellos. Y así fue. A seguidas nos dirigimos los tres a Palacio para resolver lo de los contratos. Y aunque todavía queda mucha tela por donde cortar, prefiero dejarlo aquí.

Para mí fue muy cómodo el hacerme cargo del proyecto del Sector de la Atarazana, ya que lo tenía enfrente de mi oficina. Lo que me permitía continuar  dándole el frente al Departamento oficial, atender el proyecto, y las obligaciones correspondientes a Palmas del Mar Cabañas.

Terminados los tres proyectos, se llevaron a cabo sendas inauguraciones en el Sector de la Atarazana e Higuey. Que no fueron las primeras, pero sí algunas de las más llamativas.

Pasado un tiempo prudente volví donde el Presidente para comunicarle como iban las cosas, y hablarle del proyecto que tenía en agenda, que era el del hostal de la calle Las Damas. Al Dr. Balaguer le parecía muy bien, pero habían algunos inconvenientes, que era prudente dilucidar antes de tomar una decisión.

Para comentar este y otros casos relacionaos con mi participación como Director de la OPC, me referiré a estos la próxima semana. Si Dios me lo permite.