PATRIMOIO Y TURISMO BINOMIO DE DESARROLLO

El 30 de noviembre de 2011 publiqué este artículo en Acento.com. Hoy, casi seis años después lo volví a leer, y se me ocurrió sacarlo de mi archivo, y hacerle algunas mejoras, con el doble propósito de darle otra oportunidad de demostrar su vigencia, con solo algunas diferencias. Lo concerniente a los treinta millones de dólares en vías de digerirse, sin que todavía se vea un final, y el caso de la Habana Vieja, casi convertida en la Nueva Habana, abarrotada de turistas, son solo dos ejemplos de lo que quiero decir.

 A continuación el artículo:  

Durante el transcurso de los últimos tiempos hemos estado leyendo diversos comentarios sobre el recién exitoso lanzamiento de Cuba como destino caribeño del turismo internacional. El “Dragón del Caribe”, como han empezado a llamar a la mayor de las Antillas, degradada en el transcurso del último medio siglo, se vislumbra como la más peligrosa competencia que en materia turística puedan tener los demás destinos caribeños, al que pertenece nuestro país.

En reportajes que han aparecido últimamente, tanto en medios nacionales como internacionales, los responsables de recuperar y poner en valor la Habana Vieja la han convertido en una empresa rentable, que financia su propia restauración y puesta en valor. Los autores de dicha empresa proclaman, que “el pago de los servicios prestados van dirigidos sobre todo al turismo, y cuantos más beneficios obtengamos, más podremos invertir en las obras”. ¡Qué visión!

Pero esta condición no solo se presenta en la vistosa capital cubana. Lo mismo sucede, desde hace mucho más tiempo, en el Viejo San Juan de Puerto Rico, Cartagena de Indias, Colombia, Willemstad, Curazao, y otros centros históricos, convertidos en destinos turísticos de la región del Caribe.

  

  

En todos estos casos, las autoridades responsables de intervenirlos se han dado cuenta de su importancia en el crecimiento económico y social de sus respectivos países, entendiendo que los problemas derivados de la conservación y restauración del patrimonio histórico-arquitectónico, no solo competen a los programas puramente culturales, como normalmente se piensa.

Como lo determina el “Informe de la Reunión sobre Conservación y Utilización de Monumentos y Lugares de Interés Histórico y Artístico”, mejor conocido como “Las Normas de Quito” (1967), “La inclusión del problema que representa la necesaria conservación y utilización del patrimonio monumental en la relación de esfuerzos multinacionales que se comprometen a realizar los Gobiernos de América, resulta alentador en un doble sentido. En primer término, porque con ello los jefes de Estado dejan reconocida, de manera expresa, la existencia de una situación de urgencia que reclama la cooperación interamericana, y en segundo lugar, porque siendo la razón fundamental de la Reunión de Punta del Este el común propósito de dar un nuevo impulso al desarrollo del Continente, se está aceptando, implícitamente, que esos bienes del patrimonio cultural representan un valor económico y son susceptibles de erigirse en instrumentos de progreso”.

Reunión de los delegados con el presidente del Ecuador, Otto Arosemena, en el Palacio Presidencial. Presentes: Guillermo De Zéndegui (OEA), José Manuel González Valcárcel (España), Graciano Gasparini (Venezuela), Carlos Flores Marini (México), Renato Soeiro (Brasil), Manuel E. Del Monte Urraca (República Dominicana), además de representantes de Haití, Ecuador, Colombia, Guatemala, Estados Unidos, entre otros.

Al referirse a la “Valoración Económica de los Monumentos”, el citado informe dice: “Partimos del supuesto de que los monumentos de interés arqueológico, histórico y artístico constituyen también recursos económicos al igual que las riquezas naturales del país. Consecuentemente, las medidas conducentes a su preservación y adecuada utilización, no ya tan solo guardan relación con los planes de desarrollo sino que forman o deben formar parte de los mismos”.

A partir de la formulación de la “Carta de Atenas” *( Manifiesto urbanístico ideado en el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) celebrado a bordo del Patris II en el año 1933 durante la ruta Marsella-Atenas-Marsella, debido a unos problemas con unos organizadores soviéticos, no se celebro en Moscú, tal y cómo se había previsto. Siendo publicado en 1942 por Sert y Le Corbusier), muchos han sido los congresos internacionales en los que se ha debatido el tema patrimonio cultural y, muy particularmente, el de los centros históricos, arqueológicos y naturales esparcidos por el Mundo.

Posteriormente salió a la luz otro documento, la Carta de Venecia**(Denominada también Carta Internacional para la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios), es un documento firmado en la ciudad de Venecia – Italia, en 1964 con motivo del II Congreso Internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos, celebrado en mayo de dicho año. Pero, ninguno como el que se celebrara en la ciudad de Quito, Ecuador, en diciembre de 1967, y al que tuvimos la oportunidad de asistir, en nuestra condición de fundador y director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), ha puesto tan de cerca  las manos sobre la llaga, en términos del aprovechamiento de ese recurso patrimonial, en cuanto a Hispano América se refiere.

Si Puerto Rico, Colombia, Curazao, Guatemala, Panamá, entre otros, y últimamente Cuba, al igual que los demás pequeños países de la región caribeña decidieron, en su momento, abocarse de lleno a valorar en términos económicos sus recursos patrimoniales, se debió, primordialmente, a que entendieron el mensaje de las Normas de Quito, que no son más que el resultado de la voluntad de los Jefes de Estado de América que, convocados por la OEA, se reunieron en las australes playas de Punta del Este, Uruguay, del 12 al 14 de abril de 1967, con el propósito de unificar criterios tendentes a procurar el desarrollo de sus respectivos pueblos.

De manera que nadie, ahora, puede darse el lujo de decir que ha descubierto la pólvora. La cacareada promoción de los treinta millones de dólares, que serían invertidos en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, nos produce estupor. Y no por la millonaria suma en cuestión, sino por lo que habrán de hacer con ella los responsables de desarrollar los planes propuestos. Mucho cuidado con darnos por viejo lo nuevo. Como dijera, lapidariamente, hace algún tiempo, P. R. Thomson,  seudónimo utilizado por el presbítero Oscar Robles Toledano Urraca, quien además de ser un “cura al que le ardía la sotana” fue uno de los intelectuales más completos que ha tenido nuestro país.

 *https://www.icomos.org/charters/venice_sp.pdf

 ** http://ipce.mcu.es/pdfs/1931_Carta_Atenas.pdf

Años más tarde surgió un nuevo programa, esta vez denominado Patrimonio de la Humanidad o Patrimonio Mundial es el título conferido por la Unesco a sitios específicos del planeta que han sido propuestos y confirmados para su inclusión en la lista mantenida por el Programa Patrimonio de la Humanidad, administrado por el Comité del Patrimonio de la Humanidad, compuesto por 21 Estados miembros a los que elige la Asamblea General de Estados Miembros por un periodo determinado.

Fue fundado por la Convención para la cooperación internacional en la protección de la herencia cultural y natural de la humanidad, que posteriormente fue adoptada por la conferencia general de la Unesco el 16 de noviembre de 1972. Actividad a la que me correspondió asistir en representación de mi país. Desde entonces, 190 países y los Territorios Palestinos han ratificado la convención.

En el año 1990 la Ciudad Colonial de Santo Domingo fue incluida en la lista, en la  que ha pertenecida hasta ahora. No obstante las violaciones que se han cometido, desde entonces. Siendo sujeta a suspensión temporal o definitiva. Que sepamos, sin que el país haya sido sometido, en cumplimiento a las normas establecidas.

 

Plaza España. Al fondo, en el centro, se encuentra una tarja conmemorativa de la designación de nuestra Ciuad Colonial como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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