LA POLÍTICA Y LA CULTURA

A un gobernante se le permite conducir la política cultural como cualquiera otra de las políticas. Pero, siempre y cuando la ejerza con mesura y disciplina.  Desprovista de politiquería. Aunque no todo está dicho, existen parámetros que un gobernante debe cumplir y hacer cumplir. Cuando, por el contrario este se aleja de dichas condiciones, y empieza a improvisar, es posible que sus caprichos no le salgan bien, y reciba un rechazo, o una lección apropiada. Lo que no ocurre en R.D.

Es el caso de la determinación que tomara el presidente Leonel Fernández de disponer de un espacio físico para instalar una embajada. Una misión diplomática de un organismo multinacional dedicado a la cultura, no de una nación. En este caso la UNESCO.

Pero resulta y viene a ser, que un organismo de carácter multinacional como este no cuenta en sus reglamentos con disposición alguna que contemple la creación de embajadas que lo representen en las naciones que lo integran. En cambio, esa representación ha estado a cargo de Comisiones Nacionales, como la que siempre ha existido en la República Dominicana, adscrita al Ministerio de Educación.

Al llegar a poder el Dr. Leonel Fernández dispuso que la edificación colonial que la OPC estaba restaurando para trasladar sus oficinas, fuera acondicionada para alojar a la UNESCO. No a la Comisión Nacional, sino a la embajada que estaba en la cabeza del presidente Fernández, no en los estatutos de la agencia internacional. Y eso lo sabía su Embajadora en el organismo.

A nuestro regreso, en septiembre de 1996, a la ahora Dirección Nacional de Patrimonio Monumental, decidimos, en lo que poníamos en orden la casa y las cosas que encontramos, asumir la continuación de los trabajos de rescate y puesta en valor de la edificación marcada con el No.105 de la calle Luperón, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, proyecto que encontramos en pésima vía de ejecución.

No habíamos dado inicio a dichos trabajos cuando recibimos una comunicación del Dr. Leonel Fernández, de fecha 20 de diciembre del 1996, mediante la cual nos informaba su determinación de “instalar una dotación en la República Dominicana, que más que una Oficina Nacional quiere que sea un gran espacio de encuentro cultural para los dominicanos y caribeños”. Y para tan nobles propósitos de índole cultural y social se comprometía a proporcionar un alojamiento adecuado para desempeño de sus funciones.

Así fue como el director de la OPC tuvo que cumplir una orden mediante la cual se nos instruía a cambiar de rumbo, y preparar los espaciosos ambientes de la casona colonial para los fines requeridos por el jefe de estado. Teniendo que modificarse el proyecto original, no solo arquitectónicamente, sino presupuestariamente. Ya que sería necesario incluir equipos, y mobiliario, que no estaban previstos.

Para tales fines se invirtió una cuantiosa suma de pesos, que después de un par de años fue a parar a un depósito. Y la casona, después de haber dado vueltas como un trompo ha terminado en poder de sus antiguos propietarios, sin que se sepa cómo se llevó a cabo la negociación.

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Una de las propietarias en compañía de una hija, en espera de los molongos que invirtiera el Estado en la que ha resultado ser su propiedad.

Pero, no todo consistió en penas y lágrimas. Antes de la debacle el presidente Fernández y su comitiva, entre la que lamentablemente me encontraba yo, se produjo una regia inauguración a la que asistió nada menos que el Director General de la UNESCO, señor Federico Mayor Zaragoza, quien con su presencia avaló lo indisponible, dejando, formalmente, instalado un grave error político Y cultural, nunca antes aceptado por el organismo.

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Sé, que no dejará de haber quienes critiquen mi posición frente a este disparate de los políticos. Que a qué vienen estas disquisiciones a estas alturas de los tiempos, dirán los mediocres. Lo que es lo mismo que decir, veinte años después. A los que se metan en lo que nadie los ha llamado, que solo cumplen con intenciones politiqueras, propias de trepadores y vividores de los privilegios, cumplo con decirles, que no todos integramos la pandilla de mediocres sepultureros. Y que ya ha llegado la hora de desembuchar, sin temor ni favor, todo lo que sea necesario para acabar con la política de improvisación y corrupción , desarrolladas por cualquiera que llegue a Palacio, y empiece a dar órdenes descabelladas como la que, responsablemente, denuncio aquí.

Después del palo dao´, ni Leonel Fernández, ni quien lo metió en ese mal bound desde París, ni el señor Mayor Zaragoza, ni ninguno de los directores que lo han sucedido, ha dicho esta boca es mía. Los que sí la han debido abrir son mis compatriotas, sobre cuyas costillas ha recaído el despilfarre de cantidad de recursos económicos tirados por la borda.

Ah, y ahí está la casona, con un letrero en su pétrea fachada, a la espera de un comprador, que suelte no se sabe cuántos millones de pesos, de los invertidos por el gobierno en un alarde de irresponsabilidad.

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