COMISION DE MONUMENTOS (i)

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Transcurría el año 1972, y doce días antes de mis 35vo cumpleaños, salió publicada la noticia que daba un golpe administrativo a la institución que había sido creada por el mismo que puso fin (1967) al desorden institucional en que se encontraba todo lo relacionado con nuestro patrimonio cultural.

¿Qué fue lo que sucedió, que un estadista de la talla del Dr. Baguer violara su propia iniciativa, y se atreviera a escindir un programa, y unos conceptos tan bien definidos? Estoy, como estuve convencido siempre, que a un político de su talla no le tiembla el pulso para hacer lo que más le convenga a sus intereses, y no a los que están en juego en un momento determinado. Que de la misma manera que expresara lo de la Constitución, comparándola con un pedazo de papel, gobernaba con firmeza absoluta, y como dice el refrán sabía que: tirar la piedra y esconder las manos, forma parte del quehacer de quien quiera hacerse respetar, y cumplir con el sueño que conserva en su mente desde niño.

No puedo ocultar, que durante los once años y pico que le serví a su gobierno, el presidente Balaguer  me mantuvo en el cago de director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), y no dejó de respaldarme. Muchos son los ejemplos que no me dejan mentir. Y como siempre es bueno mostrar uno. En una ocasión me llamó el Ing. Martínez Brea, entonces director de la Oficina Bienvenido Supervisora de Obras del Estado, que creara el presidente Balaguer, para sugerirme que fuera a ver al Doctor. Dicho y hecho, me presenté, como acostumbraba, en el despacho presidencial, y después de saludarme, me entregó, para que la leyera, una carta que le había enviado el CODIA (5/7/1972), en la que decían, que yo no podía ocupar el cargo que tenía. Que no me había graduado, y por tanto no llenaba los requisitos legales de la institución que dirigía. Después de enterado de lo que decía el documento que, por cierto, guardo en mis archivos, y poner el cargo a su disposición, como correspondía, el presidente me dijo, Que Leonardo De Vinci, no Miguel Ángel, se habían graduado. A lo que yo le contesté, que en su época no existían títulos, ni nada parecido. Después de guardar silencio por un rato, dijo algo que yo ignoraba. Que Le Corbusier tampoco se había graduado, y está considerado el padre de la arquitectura moderna. Y completó su afirmación diciéndome, ¿por qué no podía usted pasar a la posteridad como el responsable de haber iniciado el rescate, y revalorización del patrimonio cultural de nuestro país?

Siga usted trabajando como lo ha estado haciendo, que mientras yo sea el presidente, usted no tendrá problemas mayores. Y así fue, hasta el último día de su mandato, no obstante los desaciertos que cometió. No con migo, sino con su propia creación.

Es por lo que acabo de narrar, y muchas otras razones, por lo que siempre me he preguntado, por que hizo lo que él sabía que no era correcto. Pues, pasados los años lo entendí. Dicen, que la política es así, que el poder es para usarlo. Y punto.

En el caso de aquella Comisión de Ornato Cívico, El presidente Balaguer sentía la necesidad de complacer a una persona poseedora de un talante del carajo. Y de otros atributos. Como el de haber rescatado la titularidad de terrenos, que iban desde la hoy Ave. Winston Churchill, hasta los predios del Country Club. Y no deseaba entrar en crisis con ella.

Y en el caso que estoy comentando en esta oportunidad, el presidente Balaguer cedió a la presión de un grupo de arquitectos, lidereados por un ingeniero que se las sabía todas. Que tuvo necesidad de complacer al Generalísimo, demoliendo lo que quedaba del Castillo de San Gerónimo, para trazar la continuación del Malecón por encima de lo que fuera.

Y para completar el tollo de lo que acababa de crear, dispuso que me incluyeran en la lista de los miembros de la Comisión. Según sus palabras, para responder la inquietud de los demás integrantes presentes les repuso, que yo no pertenecería a la misma como director de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC), sino como Manuel Emilio Del Monte Urraca. Y así continuó el drama, entre altas y bajas, hasta que el presidente Leonel Fernández, complaciéndome, decretó en 1997, pasar la Comisión de Monumentos a la Oficina de Patrimonio Cultural, que yo volvía a dirigir por disposición de este.

Si la violación, nada menos que por el responsable de haber sido su creador, ocurrió a dos años de iniciado el programa y su agencia rectora (1969) con la creación de la Comisión de Ornato Cívico de Don Quiqui, por un capricho político, que pudo haberse tratado de otra manera, y salvar la institucionalidad, la “tapa al pomo” se la puso el propio Presidente Balaguer, tres años después (1972) con la creación de la Comisión para la Consolidación y Ambientación de los Monumentos Históricos de la Ciudad de Santo Domingo de Guzmán, de don Moncito, que no solo se repartieron el “botín” entre los mismos arquitectos, sino que le dio el palo acechao, que desde hacía tiempo se veía venir.

No hizo más que recibir su bautizo de fuego, en 1967, la que tantas intrigas resistiera del mismo grupito, por el hecho de haber perdido la oportunidad de alzarse con el santo y la limosna, que la Esso Standard Oil los empujara para lograr, que empezaron a crearle dolores de cabeza a quienes se habían comportado de buena fe, y obrado por el librito institucional. Logrando un entusiasmo generalizado, y un gran apoyo de quien sabíamos sería el responsable de hacer lo que hizo. Joaquín Balaguer fue un apasionado del patrimonio histórico que heredamos de los colonizadores  españoles, que bajo el mandato del Comendador Frey Nicolás de Ovando, logró plasmar en la tierra que más amó quien la descubrió.

A mi humilde entender, Balaguer pudo haber sorteado la situación que se le presentaba de otra manera, tan política como la que le propusieron los causantes del inoportuno desmembramiento. Algo que le estaba devolviendo a raudales lo que él esperaba de nosotros. Y no es que lo diga yo. Lo decían los productos que se venían cosechando desde el mismo 15 de junio del sesenta y siete.

A pesar de las obras realizadas por la Comisión de Monumentos, y el gran empeño puesto por su presidente, el Ing. José Ramón Báez López-Penha, así como el sabor de la venganza logrado, todo ese empeño se fue esfumando, como todo lo que se logra a base de malas mañas. Mientras la OPC ha proseguido su camino, mal que bien, sufriendo cambios en su denominación, en su ubicación y, en lo que ha sido peor, su dirección, y composición, la Comisión de Monumentos desapareció, repentinamente, después de sus miembros haberse desbandado, y desentendido con lo que se habían comprometido, y dejando la responsabilidad de lo que mal o bien hicieron, al origen de todo, la OPC,  posteriormente denominada DNPM.

Destutanada la Comisión, y pasada su responsabilidad a la institución que le correspondía, los arquitectos conservadores dejaron de serlo, quedando sus respectivas atribuciones en una suerte de limbo. Y las de la OPC, en algo similar, después que las cosas tomaran otros rumbos, hasta llegar a convertirla en una anomia institucional. De ahí el desorden imperante, y la toma de su poder por cualquier cosa que le sirviera a los intereses del gobernante de turno.

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