LA HABANA

En el mes de mayo de 1991, es decir hace casi un cuarto de siglo, tuve la oportunidad de conocer la ciudad de La Habana. Para mí, que siempre he admirado el encanto que conservan las ciudades con el paso del tiempo y, como arquitecto, poseo la facultad de apreciar más a fondo las condiciones en que se encuentran los centros históricos, confieso, que aunque tenía una ligera idea de lo que iba a ver, no dejó de impactarme.

En aquella visita sostuve un cordial encuentro con el Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la ciudad de La Habana, a quien había conocido en Santo Domingo, durante su visita a esta, en el año 1975, en la que me comentara que había asumido esa posición en 1967, coincidencialmente, el mismo año en el que yo asumí la Dirección de la Oficina de Patrimonio Cultural (OPC) de mi país. Al finalizar nuestra entrevista encomendó a una de sus asistentes para que me acompañara a recorrer lugares de interés de La Habana Vieja, durante el cual pude constatar como esta se encontraba, y lo que se estaba haciendo para rehabilitarla.

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Como en aquel entonces ya no me encontraba laborando en el programa que hube de fundar y dirigir durante doce años, ni ocupaba posición gubernamental alguna que me permitiera compartir mis experiencias en términos de igualdad de condiciones, hube de conformarme con ver lo que me fue posible, quedándome con interés de volver.

La Habana Vieja, ciudad mucho más extensa y desarrollada que la Ciudad Colonial de Santo Domingo, durante el transcurso de sus cinco siglos de existencia, fue fundada el 16 de noviembre de 1519 por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar quien salió de La Española, estableciéndose, inicialmente, en Santiago de Cuba. La Habana había resurgido en varias ocasiones de los escombros a que los piratas, y corsarios la sometieron durante la primera mitad del siglo XVI. Hasta que en 1561 la Corona española dispone que la villa sea el lugar de concentración de las naves españolas procedentes de las colonias sur americanas, desde donde la Flota de Indias cruzaba la Mar Océana. Disposición que favoreció enormemente la todavía insipiente ciudad de La Habana.

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El 20 de diciembre de 1592, Felipe II confiere a La Habana el título de ciudad, veintinueve años después de que el gobernador de la Isla trasladara a esta su residencia oficial desde Santiago de Cuba, sede hasta entonces del gobierno insular. Durante el siglo XVII La Habana empieza a engrandecerse con importantes construcciones civiles, religiosas, y militares. Y en 1728 se funda la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo en el convento de San Juan de Letrán.

Como pude comprobar, muy someramente, San Cristóbal de La Habana puede ser catalogada como una ciudad perteneciente a los siglos XVII y XVIII, en la que se llega a desarrollar una importante arquitectura barroca, que la convierte en exponente de ese estilo en América, muy diferente a la gótica y plateresca ciudad de Santo Domingo.

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Catedral de La Habana

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Catedral de Santo Domingo

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Teatro Tacón

Durante esta última visita (abril de 2015) pude admirar, más detalladamente, tanto su desarrollo urbanístico como su composición arquitectónica. Y convencerme de su magnificencia y ventajas, no solo sobre la Ciudad Primada, sino de los demás centros históricos de la región caribeña. Igualmente, pude percatarme del gran impulso conservador recibido por parte de Eusebio Leal, con el apoyo del gobierno. Cuyos trabajos se pueden advertir en la Plaza Vieja, Plaza de Armas, de la Catedral, y otros ambientes, al igual que el famoso malecón habanero, cuyos diversos entornos han continuado siendo restaurados con riguroso apego a las normas internacionales de conservación.

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Me fue posible advertir el buen sentido con que algunas edificaciones particulares han sido convertidas en pequeños hoteles, bares y restaurantes (paladares), acorde a las necesidades del exigente turismo internacional. A estos hay que agregar la proliferación de museos y salas de arte, que permiten al visitante tener una idea de lo que fue La Habana en tiempos pretéritos. Ejemplos de ello son la conservación y mantenimiento de los bares y restaurantes antiguos en su mismo lugar, con sus mismos nombres y servicios, tales como El Floridita, ampliamente conocido por el Daiquiri, y las asiduas visitas del afamado escritor norteamericano Ernest Hemingway, y la Bodeguita del Medio, donde se originó el Mojito.

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No puedo concluir esta reseña de mi reciente viaje a La Habana sin decir, que la situación por la que continúa atravesando, en términos urbanísticos y ambientales, la otrora hermosa Ciudad de las Columnas, es dramática, y de difícil solución. Cantidad de casas y edificios particulares de la Habana Vieja, Centro Habana, El Vedado y, por supuesto, el Malecón y su gigantesco entorno, lucen en bastante mal estado. Lo que al ritmo que llevan los trabajos habrán de tomarle un buen tiempo para recuperar.

Aunque la oficina del Historiador de La Habana ha hecho más de lo que se podía pensar, son tan dramáticas las condiciones, y la necesidad de recursos, que yo, en mi condición de arquitecto conservador de monumentos, responsable de haber dirigido un departamento similar al del Historiador de La Habana diría, que la solución solo habría de ser posible si una mayoría de estas edificaciones fueran intervenidas con la participación de la iniciativa privada, respaldada por la voluntad política del gobierno, y siempre bajo la tutela de un organismo rector, similar a los que existen en todas partes del mundo.

Observen, que lo único a lo que me he referido ha sido lo relacionado a la histórica ciudad de La Habana, a su rica arquitectura, y su potencialidad para convertirse en una meca turística importante. Y por supuesto, a lo que a mi entender habrá de ser la capital de la Perla de las Antillas, cuando sean completados los trabajos que se llevan a cabo en la Habana Vieja. Permitiendo, que se haya podido lograr lo que parecía casi imposible.

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No me es posible terminar estas líneas sin mencionar una figura, convertida en uno de los íconos de La Habana, como es la escultura en bronce del Caballero de París, cuyo verdadero nombre fue José María López Lledín, nacido en la provincia de Lugo, España, en diciembre de 1899, y quien llegó a Cuba sin haber cumplido los quince años de edad.

Se cuenta que perdió el equilibrio mental después de haber estado en prisión, según varias versiones, por haber sido acusado de manera injusta. A partir de las primeras décadas del siglo XX, a su salida de la cárcel, comenzó a deambular por las calles de la vieja ciudad.

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