NO TODO VALE POR IGUAL

En su artículo del jueves 23 de octubre, titulado “La ética del merenguero”, el novelista, poeta, filólogo, educador, crítico literario, ensayista, investigador y filósofo dominicano, ganador del Premio Nacional de Literatura 2004, comenta, al referirse a una de las actitudes del dominicano, lo siguiente: “En estos días está circulando un pequeño libro del reconocido filósofo español Fernando Savater, titulado “Invitación a la ética”, y copiaré su breve y sustancial definición: “Llamo ética a la convicción revolucionaria y a la vez tradicionalmente humana de que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros, de que esas razones surgen precisamente de un núcleo no trascendente sino inmanente al hombre y situado más allá del ámbito que la pura razón cubre”.

Sobre la tradicional convicción humana de que no todo vale por igual, yo me permito transferirla a los que han estado haciendo algunos arquitectos, y políticos, en el centro histórico de la ciudad de Santo Domingo, en el que al parecer, todo es igual, o vale por igual (escuchar el tango Cambalache). De ahí, que la opinión pública meta en un macuto a superficiales, y a los de verdad. El merenguero, en nuestro caso, es el que se atreve a ponerle las manos a un monumento. Al realizar su interpretación no se guía de los cánones internacionales de conservación, sino que coloca las notas del pentagrama donde mejor le parece. Y eso es, precisamente lo que ha estado ocurriendo en nuestra Ciudad Colonial. Una sinfonía de Beethoven interpretada a ritmo de merengue, como sugiriera una amiga.

Pero, de hecho, a esto no era a lo que me quería referir al señalar los valores de cada uno, a los que se refiere Fernando Savater, que nos refiere Andrés L. Mateo.

Desde hace algún tiempo, ha ocupado mis sentidos lo concerniente al reconocimiento de valor de quienes realizan alguna actuación a favor de su país, de una causa cualquiera, o de la humanidad. A unos cuantos de estos, le preguntamos cuán importante ha sido para su país, su causa, o la humanidad, para que se les hayan otorgado reconocimientos (condecoraciones, pergaminos, placas, etc.), sin que se los merecieran.

Es así, como a algunos se les han otorgado condecoraciones, al más alto grado, sin haber hecho nada importante para merecerlas, mientras a otros no les han impuesto ni una estampita de la Virgen. Como no acostumbro mencionar a quienes me refiero, ni en bien ni en mal, aprovecho la ocasión para mencionar mi nombre, entre los que han hecho bastante por la causa a la que se ha dedicado y, después de casi cincuenta años de servirla, las únicas menciones que ha recibido en su país son la de “As Intelectual del Año”, correspondiente al 1971, otorgada por el Ateneo Dominicano, Inc., y un “Voto de Reconocimiento”, por el Ayuntamiento del Distrito Nacional”, en 1973.

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Virgilio Hoepelman Pte. del Ateneo, en mi casa colonial de la Padre Billin

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Aplicando aquello que dice, que la peor cuña es la del mismo palo, o nadie es profeta en su tierra, los más altos reconocimientos recibidos, merecidos o no, han provenido de playas extranjeras. De ahí, que en el año 1977 “Juan Carlos I, Rey de España. Por cuanto queriendo dar una prueba de mi aprecio a vos. He tenido a bien otorgaros por Mi Real Decreto de 31 de mayo de 1976, la Encomienda de la Orden de Isabel La Católica.” Condecoración que me fuera impuesta el 18 de noviembre de 1976 por el Embajador de España en nuestro país, Exmo. Sr. Javier Oyarzun, en el transcurso de una cena de gala en los salones de la Embajada.

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Se podrá alegar, condecoraciones como esta son otorgadas por razones políticas, o por conexiones (enllaves) personales. Lo que no es falso. En mi caso, fue por el hecho de haber realizado una obra a favor del patrimonio nacional dominicano, de origen español. Y lo mejor de todo es, que el mismo Monarca, en su primera visita a Santo Domingo, después de haber sido proclamado Rey de España, tuvo la gentileza de decírmelo, en uno de los encuentros que sostuvimos durante tan histórica visita.

Pasados algunos años, en el 1993, tuve la satisfacción de ser honrado por el Presidente de la Nación Argentina, Carlos Saúl Menem, Gran Maestre de la Orden de Mayo Al Mérito, en grado de Caballero. Habiendo sido otorgada en el trascurso de su visita a Santo Domingo, durante la cual fue inaugurada la Casa de La Cultura Argentina, de la que fui Fundador y Presidente.

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Como ya me he referido al affair suscitado en el país a raíz de los trabajos iniciados por la firma francesa Accor en el Hostal Nicolás de Ovando, asunto que hubo de llegar a las más altas instancias de la Nación, mi actuación a favor de la causa fue determinante, para que la misma prosiguiera hasta llegar donde ha llegado. Con anterioridad, me correspondió la dicha de haber intervenido entre el Presidente Balaguer, y el Embajador de Francia, para que el gobierno dominicano le otorgara al francés, la posesión, en calidad de usufructo, de dos de las casas que fueran edificadas por el Gobernador Frey Nicolás de Ovando, en la calle Las Damas, de la Ciudad Colonial, para instalar el Centro Cultural de Francia. Posteriormente, el gobierno francés decidió trasladar la sede de su Embajada a la parte de la esquina de las edificaciones, que suscitó reacciones adversas por parte de algunos intelectuales dominicanos, que alegaban el hecho de que el local había sido otorgado para operar como centro cultural, no gubernamental. Mi intervención, en aquella oportunidad, fue determinante para que se sofocaran los ánimos opositores, el presidente Balaguer impusiera su propio juicio, y la Embajada pudiera mudarse sin ningún problema.

Fue producto de tales actuaciones, y no por una acción graciosa de parte de los franceses, que el 16 de abril de 1999, “Le President de la Republique Francais Gran Maestre de L´Ordre National du Mérite nomme, par décret de ce jour, Monsieur Manuel Emilio Del Monte Urraca, Architecte, Directeur du patrimoine cultural dominicain OFFICER DE L´ORDRE NATIONAL DU MERIT.”

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En el año 1998 fui enviado al exilio dorado como Embajador en Colombia. La misión que llevé a cabo debió ser tan positiva para los colombianos, que antes de cumplir los dos años reglamentarios para ser objeto de reconocimiento oficial, el 13 de noviembre de 2000, “El Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Gran Canciller de la Orden Nacional al Mérito certifica que: El Presidente de la República, Gran Maestre, confirió por Decreto Número 2468 de 27 de noviembre de 2000 la condecoración de Gran Cruz de la Orden Nacional al Mérito a Su Excelencia el señor Manuel Emilio Del Monte Urraca.”

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Tan solo estos honores me bastan para sentir, y repetir una parte de la definición de Fernando Savater: “que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros, de que esas razones surgen precisamente de un núcleo no trascendente sino inmanente al hombre, y situado más allá del ámbito que la pura razón cubre”.

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