LA PIEDRA, EL ENCALADO, Y LOS ACESORES INTERNACIONALES

El presente trabajo lo dedico a los arquitectos, y a las personas interesadas en lo que se ha venido haciendo en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, de 1967 a la fecha. Sé que no serán muchos los que presten atención a lo que voy a relatar a continuación. Pero…no olviden, que por ese desinterés es que las cosas están aquí como están.

El arquitecto dominicano que ha pretendido convertirse en conservador de monumentos, no obstante haberse comportado como seguidores del “complejo de Guacanagarix”, lo mejor es que dejen esa vaina, y se dediquen a otra. Creer que los arquitectos conservadores extranjeros están en mejores condiciones de ponderar, y determinar, lo que se ha estado haciendo en la Ciudad Colonial, es estar equivocado. Para algunos de los nuestros, las opiniones de los foráneos son más importantes que las que ellos mismos sustentan.

“El Problema es que este complejo no solo se relaciona con las inversiones extranjeras, sino también, en los profesionales. Nuestros profesionales son excelentes, pero si llega cualquiera que haya hecho su profesión o un mísero curso en algún país extranjero, los empleadores le dan preferencia por encima de nuestros profesionales locales, importándole poco si estamos mejor preparados y más capacitados, solo por el hecho de que su titulo es de fuera” (Iban Marrero)

De ahí las invitaciones a esas “primadonnas” internacionales, para que opinen sobre lo que estamos haciendo nosotros. En tal sentido, mi participación en varios congresos internacionales del área de conservación y restauración de monumentos, me permitió valorar a muchas de estas primadonnas, que aprovechándose de los cargos que les ofrecen las organizaciones internacionales se desplazan de un país a otro haciendo creer que lo que ellos dicen es palabra de Dios. Y, créanme, eso no es así. En la mayoría de los casos tienen menos conocimientos de que los que predican los mismos anfitriones.

Asistiendo a esos congresos de “guruses” latinoamericanos, me pude percatar que la mayoría de los mismos apenas estaban consientes de lo que tenían entre manos, en sus respectivos países. Y por ello, desde que se me ocurrió invitar a uno, escogí a un español, que asistía a todas las reuniones interamericanas, en su calidad de conservador de algunos de los principales conjuntos monumentales de España. Después de todo, lo que tenemos aquí es exactamente igual a lo que vino de allí, con las variantes propias de la climatología de nuestro territorio, de la imposibilidad de encontrar mano de obra especializada, y materiales de construcción, entre otros.

Cuando el arquitecto José Manuel González Valcárcel vino a Santo Domingo, a finales de 1967, acompañándome de nuestro regreso de Quito, no pudo opinar gran cosa de lo que íbamos a hacer. El terreno estaba virgen, y los trabajos que teníamos proyectados, ni siquiera se habían empezado. Su consejo fue que tuviéramos mucho cuidado antes de empezar. Que se estudiara lo más posible la historia y la configuración del monumento. Por lo demás, el propio monumento, después de despejado de su camuflaje, nos diría lo que tendríamos que hacer.

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En el encuentro de expertos convocado por el responsable de la restauración de las Casas Reales, del que anexo un comentario que apareciera en el periódico El Caribe, al que asistieron, además de González Valcárcel, el historiador alemán Erwin Walter Palm, de grata recordación para los dominicanos, y el arquitecto boliviano José Mesa, con quien compartí algunos de los congresos a los que asistí.

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Después que hayan leído el comentario periodístico, continúen leyéndome. Habrán notado, que González Valcárcel, de gran experiencia en el campo de la restauración, se mantuvo casi sin opinar. Buen diplomático como arquitecto, entendía que no era nada fácil emitir su opinión a la ligera, y, menos, contradecir los otros dos, uno de los cuales, Palm, no era arquitecto, ni experto en conservación de monumentos. Había escrito una excelente obra sobre los monumentos arquitectónicos de La Española, en momentos en que todo nuestro patrimonio se encontraba totalmente desfigurado. Su confusión fue tal, que había catalogado la casa colonial en tres estilos diferentes. Y resultó, que al nosotros empezar los trabajos de restauración del palacio de Nicolás de Ovando, pudimos comprobar que los estilos catalogados por Palm no eran como él decía. De hecho. Que no eran más que una sola edificación dividida en tres.

La conclusión de esta aclaración nos hizo pensar, que había que esperar a que le tocara su turno a cada una de las edificaciones a intervenir, para decidir el tratamiento a seguir.

El tercer experto invitado, el arquitecto Mesa, procedente de Bolivia, con toda y la sapiencia que pudiera tener, nos encontramos que la diferencia, en todo sentido, de la arquitectura colonial boliviana difiere, considerablemente, de la dominicana. Su criterio, al igual que el de Palm, de encalar los exteriores de los monumentos, no se compadecía con lo que debíamos hacer. El que la piedra tenía que ser recubierta y encalada, tampoco coincidía con mi propio criterio. Ni con el del restaurador de las Casas Reales. Por más que se lo explicara, se mostraban incrédulos de mi posición, de tener en nuestra Ciudad Colonial toda una serie de edificaciones, totalmente diferentes a las de Bolivia, y de casi todo el resto de América. Para mí sus opiniones no resultaron válidas.

En lo referente a lo expuesto por Mesa, que la piedra y el ladrillo son materiales deleznables, y la mejor forma de conservarlos es encalándolos, mi opinión es, ¿qué sería de los monumentos milenarios de Europa, y el resto del mundo, en su mayoría compuestos de piedra y ladrillo? Hoy, pasados unos cuantos años de aquellas disquisiciones, a veces arbitrarias, ¿Qué sería del Alcázar de Colón, de la Torre del Homenaje, de la totalidad de las iglesias, de las casas de Nicolás de Ovando, y de las Casas Reales, entre otras monumentales estructuras? ¿Ponerlas igual que la Iglesia del ex Convento Dominico, la Puerta del Conde, y otros, desastrosamente vueltos a camuflar?

Otro detalle que se discutió fue el de la cornisa que remata las dos edificaciones que componen las llamadas Casas Reales, colindantes, pero totalmente diferentes. La cornisa, en este caso tan llamativa, y unificadora, había sido construida en épocas relativamente recientes y aún con todo el esfuerzo que había que dedicarle, lo correcto hubiera sido eliminarla, sustituyéndola por la que debieron haber tenido. Sin duda, de piedra.

Y de esta manera se escribe la historia. Historia que es escrita según el color del cristal con que se mire. Cristal que nos permite ver a través, pero que no debe tener color alguno. Lo que no podrá nunca ser. De ahí aquello de los intereses creados, que logra hacerle cambiar el color a cualquier cosa.

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