ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (21) UNA FACHADA DESASTROSAMENTE INTERVENIDA

Hablando como los locos le dije a un amigo, que lamentablemente en nuestro país no hay mucho que hacer. Que todo está bien, nada mejor, lo mismo un burro que un gran profesor.
Y no era ningún loco el que decía esta lapidaria expresión. Se trata de Cambalache, un tango argentino compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo para la película El alma del bandoneón. La canción, originalmente compuesta durante la Década Infame a la que denuncia en sus letras.

Si bien la canción tuvo un origen y un contexto en su creación, su letra denunciando los males de su sociedad la transforman en un tema universal, y aplicable a cualquier país del mundo; además que al representar a la sociedad humana de siempre será un tema vigente en cualquier época.

¡Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor!…/ ¡Ignorante, sabio o chorro,/ generoso o estafador!/ ¡Todo es igual!/ ¡Nada es mejor!/ ¡Lo mismo un burro/ que un gran profesor!

He traído esto a colación, por una situación que viene afectando la sociedad dominicana desde hace algún tiempo, tanto en términos sociales, políticos, y económicos, como, culturales. Que es lo que más afecta mis propios intereses.

Hoy nos da lo mismo quien sea el Ministerio de Cultura, el director del Teatro Nacional, de Bellas Artes, etc., y, para el colmo, quien se ocupe de decidir qué hacer, con nuestros recursos monumentales. De ahí lo que ha venido sucediendo en nuestra Ciudad Colonial, en la que el Ministro de Turismo es el responsable de lo que se está haciendo en la misma. Que, aunque, afortunadamente, no afecta los monumentos, propiamente dichos, ni las edificaciones coloniales particulares, causan la impresión de ausencia institucional, y falta de capacidad para dirigir la cultura, en sentido general. Siendo lo único que nos conturba el que nos dé lo mismo un “burro que un gran profesor.”

Es más que bien sabido, que los dominicanos contamos con algunos de los más importantes monumentos coloniales del Continente. Que no son en demasía, pero sí algunos de los de mayor valor histórico, arquitectónico y artístico que existen. Entre estos, podemos estar seguros que pertenecen a estos valores los templos coloniales.

Como sabemos, o deberíamos saber, la casi totalidad de ese patrimonio fue objeto, durante sus cinco siglos de existencia, de intervenciones caprichosas, tanto en sus fachadas como en sus interiores. De ahí que ninguno de nosotros, ni de nuestros antepasados, haya podido tener una idea de cómo eran estas valiosas joyas, originalmente. Después de la debacle en que dejara el corsario inglés Francis Drake la capital de la primera colonia española en América, jamás pudo la misma lucir sus galas, y decirle al mundo que fue el lugar donde se fraguaron los sucesivos descubrimientos, conquistas, y colonizaciones del Nuevo Mundo, y que siguieron copiando los pasos de La Española, y Santo Domingo su capital.

Cuando se inició el programa de rescate y puesta en valor de ese patrimonio (1967), ciertos hálitos de ilusión embriagaron a quienes incursionamos en el mismo. Voluntad política, respaldo gubernamental, cierto entusiasmo ciudadano, y determinación de quienes llegamos a pensar que había llegado el momento, fue lo que percibimos por un tiempo, que no llegó a cumplir la totalidad del mandato del único gobernante que fue capaz de hacer lo que nunca se había hecho.

Para poner un solo ejemplo de lo que quiero decir, y he dicho tantas veces, tomemos uno de los más valiosos ejemplares de la arquitectura eclesiástica con que cuenta nuestra Ciudad Colonial. Se trata de la Iglesia del ex Convento de Santo Domingo, y concentrémonos en su fachada principal, que ha llegado hasta nuestros días sin modificación alguna, en cuanto a su composición arquitectónica. Y es así, como Dios la preservó durante sus cinco siglos de existencia, no obstante haber sufrido sus interiores las más tremendas destrucciones, producto de los terremoto de 1673 y 1684.

CONVENTO DOMINICOIglesia del Convento Dominico

IGLESIA DE SANTO DOMINGOscan0157

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Aunque catalogada de severa la estructura general del templo, contrasta con su frontispicio, que ofrece una nota pintoresca. Y al referirse a la misma el investigador alemán Erwin W. Palm expresa lo siguiente: “La fachada conserva el portal antiguo, ostentando finos azulejos en las enjutas. También el emplazamiento del gran rosetón central pertenece a la disposición del imafronte original.” Sostengo, que Palm se quedó corto, simplificando los atributos originales del bellísimo frontispicio. Ya, que a mi juicio, ninguno de sus otros elementos sufrieron daños, permitiéndole a la misma que se conservara casi intacta.

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Habiendo sido así, ¿Por qué, entonces, no liberarla del recubrimiento que le fuera agregado sabrá Dios cuando, y que fuera modificado brutalmente, y pintoreteado de un color que jamás existió en la ciudad de Santo Domingo.

Aunque comprendo que muchos de mis lectores no entenderán muchas de las cosas a las que me refiero, lo hago con el propósito de que los que sí lo entienden se lo explique a quienes no puedan, y si no, busquen la manera de entenderlo, si es que verdaderamente les interesa.

Para concluir tan dolorosa descripción de lo que nunca debió haber sido, confirmaré, que tanto el frontispicio, como la mayor parte de la fachada norte, fueron construidas de sillares regulares, que debían permanecer completamente vistos. Y los detalles en ladrillo de las pilastras, como donde aparecen unos esgrafiados, debieron ser tratados con sumo cuidado, y evitar ser pintoreteados en rojo y blanco, como se hizo no hace mucho tiempo.

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Aunque estoy consciente de los años que llevo sobre mis hombros, y de la situación política que vivimos y, que parece no cambiar en el tiempo que me queda, espero, que algo extraordinario suceda en mi país, para que con la implementación de una verdadera institucionalidad, y respeto a los valores patrios, podamos ver, algún día, las cosas como fueron, y como deben seguir siendo, duélale a quienes le duela.

En mi próxima anécdota, como colofón, presentaré una serie de fotografías de los monumentos eclesiásticos de nuestra Ciudad Colonial.

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