ANÉCDOTAS DE UNA VIDA PRODUCTIVA (3)‏

Transcurrido algún tiempo, y encontrándose las obras del Hostal Nicolás de Ovando bastante avanzadas, tuve que volver a ver al Presidente Balaguer, quien me había llamado para pedirme que fuera a verlo. En esta ocasión se trataba de otro asunto relacionado con el hostal.

Esta vez el presidente había recibido un telegrama del señor Enrique Apolinar Henríquez, un promitente ciudadano dominicano que en una ocasión el propio Dr. Balaguer, al referirse a él, lo evaluó en un millón de votos. Se sabía del aprecio y consideración que le tenía, y le preocupaba el asunto que me iba a tratar.

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Al iniciar la conversación el presidente me pasó el telegrama, para que lo leyera, y a seguidas me dijo: “Como usted comprenderá esto me preocupa, y dado mi convencimiento de lo positivo del proyecto, y de la altura del nivel en que se encuentran las obras, me gustaría poder convencerlo de ello, y he pensado en usted para tratar de lograrlo.”

A continuación muestro el telegrama en cuestión, que hablara por sí solo.

Sorprendido con lo que acababa de leer, entre otros motivos por tratarse de un personaje conflictivo, a quien el Dr. Balaguer cuidaba políticamente, y a quien el propio presidente lo había mezclado “maliciosamente” con el programa que recién cumplía cinco años, durante los cuales me había tenido que enfrentar, con tan solo treinta años de edad (de aquella época), con un medio similar a una jauría de leones, le respondí al presidente, que con mucho gusto lo intentaría, pero que no estaba muy seguro de salir airoso. Recibí algunos consejos del Doctor, y me despedí sin decir ni una palabra más.

Resulta, que Don Quiquí, como usualmente llamaban al personaje en cuestión, había presidido la Comisión Temporal de Ornato Cívico, una agrupación efímera, sin fines de lucro, integrada por arquitectos, arqueólogos y, por supuesto, por el director de la OPC, quien escribe esta anécdota, de los cuales me adversaba una buena parte de esta. Fue creada por Balaguer, como apéndice de la Comisión de Acción Inmediata, que encabezaba mi amigo el arquitecto Vinicio Báez Berg, y asistida económicamente por la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), del gobierno norteamericano, con el propósito de limpiarle la cara a la capital de la República, que se encontraba en pésimas condiciones después de la revolución de 1965.

Mi inclusión en la comisión, que aunque de carácter temporal, no dejaba de ser un estorbo a los planes que nos habíamos propuesto llevar a cabo, ya que según mi percepción su participación en el programa de rescate de la Ciudad Colonial le traería más mal que bien. El lavado de cara que se proponía la comisión ha estado siempre en contra de los trabajos serios de conservación, restauración y puesta en valor, de centros históricos. Y lo que se proponía la misma era intervenir fachadas de casas importantes, arquitectónicamente, en su mayoría en deplorable estado de conservación. Algo similar a lo que está haciendo ahora otro organismo, esta vez sin la inclusión de la OPC. Además, mejorar el aspecto de las plazas del entorno de la Catedral, y otros asuntos más de menor importancia.

Después de efectuar una reunión con mis compañeros de la OPC, y otras personas de confianza, determinamos convocar a una reunión con el señor Henríquez, y otras personas más o menos entendidas en el tema, para poner en claro lo que nos proponíamos hacer, y tratar de convencerlos, de la misma manera que lo habíamos logrado con el Presidente Balaguer. Al encuentro, celebrado en uno de los salones de lo que sería el hostal, fueron invitados, además, el Embajador de España, Excmo. Aurelio Vals, y señora, el Arq. José Antonio Caro Álvarez, y otras personalidades.

DON QUIQUI-HOSTAL

Acondicionamos el espacio donde se celebraría el encuentro, colgamos planos y fotografías ampliadas en las paredes, y dimos una amplia explicación del pasado, presente, y futuro de las casas de Ovando, no de las damas de corte alguna y, con la colaboración del Embajador de España expusimos varios proyectos de paradores, y hostales españoles, entre los cuales se encontraba el Hostal de los Reyes Católicos, en Santiago de Compostela, en aquel entonces buque insignia de la hostelería española.

No bien concluí mi presentación, Don Quiquí nos dijo que lo habíamos convencido satisfactoriamente, y que lo único que pedía era omitir el nombre de Nicolás de Ovando, y ponerle el de Las Damas, nombre que lleva la vía donde se encuentra la primera calle del Nuevo Mundo, como recuerdo a las damas de la corte virreinal de María de Toledo.

Esperanzado de que no me vería en la obligación de tener que apagar más fuegos, me dirigí al Palacio Nacional, donde expuse, detalladamente, lo ocurrido al Excelentísimo Señor Presidente de la República Dominicana. Quedando éste complacido.

En próximas anécdotas continuaremos comentando algunos de los pasajes más relevantes de la existencia de esta joya monumental y hotelera, que al día de hoy ha llegado a emular, aunque con sus grandes diferencias, el concepto que se tiene del maravilloso Hostal de los Reyes Católicos, como buque insignia de la hostelería, en este caso dominicana.

 

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