LOLA MORA

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Debo admitir que mis viajes a Buenos Aires me han proporcionado interesantes momentos. Y, sobre todo, han contribuido a mi enriquecimiento cultural. Y no tan solo en términos arquitectónicos, como ya lo he manifestado en varios de mis anteriores artículos. Mis encuentros virtuales con argentinos que se destacaron a finales del siglo XIX, y principios del XX, algunos de la talla de Victoria Ocampo, personaje de leyenda, como dije en mi relato sobre esta excepcional dama, me dieron la oportunidad de conocer muchos talentos que desconocía. Por otra parte, mis andanzas por la porteña ciudad me permitieron ver muchas joyas de arte, entre las cuales se encuentra la Fuente de las Nereidas, erróneamente ubicada en la Costanera, paseo junto al Rio de la Plata, que hace las veces de nuestro Malecón. Y así, sucesivamente.

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Instalación original, y la actual de la Fuente de Las Nereidas

No puedo dejar de mencionar a mi compatriota Pedro Henríquez Ureña, quien se robó la ciudad de La Plata, en la misma época que lo hicieron otros grandes inmortales de la cultura, como Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges, quienes se escribían: “Personalmente le debo mucho a Victoria Ocampo, pero le debo mucho más como argentino”, y “Poseyó, en grado sumo, ‘la gracia que no quiso darme el cielo’, el don de la confidencia siempre íntima y nunca indiscreta, que es el atractivo esencial de sus Testimonios”, y ella contestaba diciéndole en esos mismos Testimonios: “A Borges le llevo una ventaja: lo conozco. La recíproca es improbable. Lo admiro. La recíproca es impensable.”

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Victoria Ocampo y José Luis Borges jóvenes

800px-Sur_equipment[1]     Ocampo y Borges junto a un grupo de intelectuales amigos
En esta oportunidad me referiré a otro personaje argentino que, al igual que la Victoria de Borges, alcanzó la fama con su talento, no obstante haber padecido su condición de mujer, en una época equivocada para ella. Se trata de Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández, o Dolores Mora Vega, más conocida como Lola Mora.
Nacida en El Tala, provincia de Salta, Argentina, el 17 de noviembre de 1866, fue la más importante escultora argentina de todos los tiempos, aunque relativamente poco reconocida en su propia patria.

Nereidas_Lola_Mora_en_pantalones[1]       Lola Mora en su taller de Roma

Ser mujer, a mediados del siglo XIX, y oriunda de una remota región del norte de la Argentina, no se ajustaban a las condiciones ideales para desarrollar ciertas actividades. Y el arte pictórico y escultórico pertenecía, precisamente, a esas actividades. Solo la personalidad, el talento, y la preparación de Lola Mora, combinados con su arrojo, y su destino, pudieron permitirle salir airosa, y pasar, aunque por debajo de la puerta, a la gloria.

Otro personaje, igualmente mujer, y de la misma época, logró triunfar dentro de esa misma carrera. Se trata de Camile Claudel, francesa, que además de escultora fue competidora y amante de Auguste Rodin.

Camille_Claudel_atelier[1]      Camile Claudel en su taller en París

Tratando de encontrar más referencias de Lola Mora, que me confirmaran su importancia como escultora, encontré una página de FORO X ERBAR.COM, en la que aparece entre las escultoras más famosas, acompañada de las francesas Camile Claudel y Louise Bourgeois, y la surafricana Jennifer Maestre.

Como podemos ver, no son muchas las féminas que se han destacado como escultoras excepcionales, a nivel mundial. Pero, la escultura no fue tan solo la única actividad creativa en que Lola Mora se destacó. Esta genial salteña se destacó como pionera de la Minería Nacional, Inventora, Investigadora y urbanista. Escritora y precursora de la cinematografía y la TV. Como artista fue laureada con tres premios mundiales en Francia, Australia y Rusia.

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Su obra cumbre fue la Fuente de las Nereidas. Se trata de una de las obras más relevantes de la escultora, quien la realizó por encargo del intendente de la ciudad de Buenos Aires, Adolfo J. Bullrich. Éste pasó por alto la aprobación del Concejo Deliberante, lo que en su momento fue motivo de críticas.
La fuente iba a ser emplazada en la Plaza de Mayo, donde actualmente se halla la Pirámide de Mayo, pero debido a que los desnudos de la obra ofendían a los miembros de la curia se sugirió el barrio de Mataderos (Buenos Aires), por ser muy despoblado, o el Parque de los Patricios. Finalmente privó el criterio de un grupo de prestigiosos ciudadanos, entre ellos Bartolomé Mitre, de instalarla en el Parque Colón. Allí se inauguró el 21 de mayo de 1903, en lo que era la intersección del Paseo de Julio, a poca distancia de la Casa Rosada. A la ceremonia no asistió ninguna mujer.
Las polémicas moralistas continuaron: la sociedad aún “victoriana” consideró “licenciosas” y “libidinosas” las esculturas que mostraban (y muestran) sin recatos los cuerpos desnudos emergiendo triunfalmente de las aguas.

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Todo esto causó que Lola Mora tuviera que expresarse de la siguiente manera:
“Cada uno ve en una obra de arte lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre. Yo no he cruzado el océano con el objeto de ofender el pudor de mi pueblo (…). Lamento profundamente lo que está ocurriendo pero no advierto en estas expresiones de repudio -llamémosle de alguna manera- la voz pura y noble de este pueblo. Y esa es la que me interesaría oír; de él espero el postrer fallo.”
Cuando contaba con cuarenta años de edad contrajo matrimonio con un hombre veinte años menor que ella, Luis Hernández Otero, quien la abandonó cinco años más tarde. Tanto en el acta civil como en la religiosa, Lola Mora figura con una edad de treinta y dos años.
Un extendido rumor le atribuyó una relación amorosa con su amigo el expresidente Julio Argentino Roca. Otros rumores aseguraron que era bisexual y que se casó para restarle verosimilitud, lo que habría estado probado en cartas quemadas por su familia tras su muerte. Ambos rumores son negados taxativamente por sus familiares.
Tras tres largos días de inconsciencia, insensibilidad y dificultad en su respiración, murió en la Ciudad de Buenos Aires, el 7 de junio de 1936, rodeada de sus tres sobrinas que la asistieron durante la enfermedad.
Por esos días aparecieron extensas notas necrológicas en las principales publicaciones argentinas. Caras y Caretas, por ejemplo, comentaba:
“Siempre nos sorprende la tragedia del talento olvidado. Ahora más, al herir a una mujer, a la primera mujer argentina, cuya vocación supo afrontar las dificultades del mármol, los laboriosos primores del modelado de la arcilla.”

DESAGRAVIO A LOLA MORA, UN SIGLO DESPUÉS

Las estatuas que modeló para el Palacio del Congreso fueron calificadas luego de “mamarrachos” y retiradas. Una afrenta.
RECUPERACION DE LAS ESTATUAS

Ya en 1997, con la primera restauración general de fachadas, representantes del Gobierno de Buenos Aires impulsaron la recuperación de las estatuas diseñadas por Lola Mora para coronar la entrada al Congreso. Como la escultora las había donado personalmente al gobierno jujeño, lo único posible era fabricar calcos para colocarlos en Buenos Aires. Sin embargo, en ese momento la idea no prosperó.
Recién en 2012, con el nuevo Plan Rector, la iniciativa tomó fuerza nuevamente y comenzó a concretarse. El gobierno jujeño reafirmó su propiedad sobre las estatuas de Mora, de tal forma que el Congreso Nacional firmó un tratado para la restauración de los originales y la creación de dos copias de cada obra mediante un mapeo 3D, que comenzó en enero de 2013. Los originales habían sufrido el deterioro causado por cien años de exposición al aire libre, por lo cual deberán ser conservados en un espacio cerrado y adecuado, mientras uno de los grupos de calcos serán colocados en su reemplazo en la Casa de Gobierno jujeña, y el otro conjunto se colocará en los espacios originales del Palacio del Congreso Nacional.
El 1° de marzo del 2014 las réplicas de las estatuas fueron inauguradas por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante la apertura de sesiones ordinarias.

lola-mora-congreso-nacional-estilo-femenino-8[1] (Medium)       Las estatuas en su primer emplazamiento frente al

Palacio del Congreso

581224_201403012132090000001[1]        Las estatuas en su emplazamiento, el 10 de marzo de 2014
Un mes después, el 1º de abril de 2014 visité, nuevamente, Buenos Aires. Al pasar frente al Congreso vi, con extrañeza, que habían instalado las estatuas de Lola Mora. Siendo para mí una sorpresa no muy agradable. Las esculturas, hermosas como toda su obra, esculpidas en mármol de Carrara, blanco como siempre, desentonan, a mi juicio, con la totalidad del revestimiento de piedra del Palacio. Pero, por tratarse de tan merecido homenaje, respeto la disposición oficial, y la presencia de las obras en tan digno marco.

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